La salud mental

Tita Ferro fue una persona que siempre defendió a los enfermos mentales porque los sentía como incomprendidos por una sociedad que potencia lo «normal» y lo estándar. Ella, que vivió de cerca procesos infructuosos de tratamiento en muchas personas a su alrededor, también pensaba que la medicina general avanzaba, muchas cosas avanzaban, pero el tema de la salud mental seguía detenido en el tiempo, y que cada vez había más personas que necesitaban ayuda.

La salud mental es un tema de preocupación nuevo. No es que no se haya estudiado en el pasado, sencillamente es que los preceptos y códigos, los tratamientos y remedios se establecieron cuando las sociedades funcionaban de otra manera y no han cambiado en lo sustancial. Y eso que el paso del tiempo del tiempo nos ha marcado con guerras, terrorismos, crecimientos poblacionales, colapsos financieros y pandemias que han diversificado la enfermedad mental a cada tragedia y a cada paso. Y eso sólo por hablar de las causadas por hechos externos, no por las que obedecen a trastornos funcionales y/o hereditarios.

Las consecuencias psicológicas de la Covid-19, su confinamiento y su crisis humanitaria, han despertado campañas loables en diferentes gobiernos para reactivar el tema de la atención inmediata al enfermo mental. La ONG Save The Children, por ejemplo, lanzó la campaña #CrecerSaludableMENTE, donde muestra cómo la pandemia ha triplicado en España el número de trastornos mentales entre niños, niñas y adolescentes. Su vídeo en YouTube es estremecedor al hablar de los pensamientos suicidas entre jóvenes.

En Chile el asunto ha tocado de lleno a las empresas, porque la productividad se ha visto afectada y, al menos desde ese parámetro, se empiezan a ver las cosas de otra manera. En la sede chilena de la multinacional de contratación Mercer, dicen que «las empresas han optado por apuntalar sus programas de bienestar, considerando la salud mental de sus trabajadores como punto clave para la sostenibilidad de sus operaciones».

En Colombia también hay preocupación. Desde 1998 hay una Política Nacional de Salud Mental, y desde 2013 se la incluye en el Sistema General de Seguridad Social en Salud. Pero a todas luces la mera legislación es insuficiente. Hace falta modernización en las instituciones y para la muestra está la forma en que las clínicas mentales religiosas de Bogotá usan con demasiada facilidad la camisa de fuerza y las pastillas. Parecen ancladas en el pasado.

Por esta razón, y al igual que sucedió hace años cuando no había una reglamentación sobre el uso de la terapia electroconvulsiva, los pacientes callan y las familias prefieren manejar el tema en la intimidad. Según el Ministerio de Salud de Colombia, desde 2019 las consultas por salud mental han descendido en un 20% menos cada año, en tanto los casos se han incrementado en un 28% en promedio. Los tratamientos extremos asustan; más aún en una época en que palabras como confinamiento o encierro nos ponen de los nervios.

Sin embargo, son situaciones insostenibles para las familias. Un trastorno mental en un miembro de una familia provoca automáticamente ansiedad y estrés en otro, con la consiguiente enfermedad psicosomática. No importa el trastorno, si es unipolar o bipolar, si es esquizofrenia, depresión atípica, distimia, ciclotimia o trastorno límite de la personalidad. El hecho es que se necesita ayuda profesional, pero hasta que la legislación sea más «humana» y los centros de tratamiento dejen de provocar rechazo, es imposible convencer a una familia de aceptar esa ayuda.

Buena parte de culpa la tiene la falta de información adecuada. Como no hemos puesto a la enfermedad mental en el mismo estatus de las enfermedades orgánicas, desconocemos sus síntomas y vemos el protocolo como algo demasiado lejano, costoso y lento. Si nos duele una muela, todos sabemos que hay que hacer, pero si nos volvemos irritables y cambia nuestro apetito, ¿sabemos como reaccionar?

La enfermedad mental también tiene que luchar contra los estigmas del pasado. De la misma forma que se está luchando por parte de infinidad de colectivos por erradicar conceptos misóginos, sexistas y homofóbicos, se debería luchar para quitar de nuestro lenguaje cotidiano términos como «estás mal de la cabeza» o «estás loco», sólo por usar los más comunes. Históricamente la sociedad vio mal a los enfermos mentales y los apartó. Es el momento de contarlo en los colegios, de la misma manera que van los bomberos a hablar de prevención y riesgos.

Y volviendo al tema de la campaña #CrecerSaludableMENTE, no puede ser que en el primer trimestre de 2021 haya habido 708 suicidios en Colombia, a razón de ocho por día. Se necesita atención inmediata, un CAI de salud mental. Pero sobre todo se requiere un nuevo concepto de atención inmediata.

En esta época en que la medicina debe ser preventiva, trabajando desde el punto cero para evitar males mayores, la salud mental debería seguir esa misma regla. Anticiparse es fundamental, pero saber que hacer también, y como decía Tita, nadie sabe que hacer.

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