Cuando me dicen señorita

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Por Tirso Benavides Benavides

En el trabajo de mercadeo en salud, mi barba no existe. Tampoco mis cincuenta años ni mi voz de tenor. Al otro lado de la pantalla soy, casi siempre, una mujer joven.

Parte de mi trabajo consiste en agendar citas médicas a través de WhatsApp. Respondo preguntas, explico procedimientos, consulto horarios, confirmo disponibilidades y envío la información necesaria para que una persona pueda acceder a una consulta. La conversación suele ser breve, cordial y estrictamente profesional. Sin embargo, en nueve de cada diez ocasiones aparece una palabra que nunca deja de divertirme:

—Gracias, señorita.

A veces me rejuvenecen todavía más:

—Niña, ¿me puede confirmar la hora?

Si supieran que la “señorita” es un cincuentón de luenga barba y una relación cada vez más cercana con las canas, probablemente revisarían los términos antes de continuar la conversación. Pero no pueden verme ni escucharme. Solo leen mis mensajes. Y, ante la ausencia de un rostro, completan el personaje con los materiales que tienen guardados en la cabeza.

Quien responde amablemente un WhatsApp, organiza una agenda y consigue una cita debe ser una mujer. Preferiblemente joven. Una señorita.

La escena es graciosa, pero el mecanismo que la produce no lo es tanto. Nuestro cerebro reparte los papeles antes de que aparezcan los actores. Si alguien agenda citas, imaginamos una secretaria; si cuida a un paciente, una enfermera; si recibe a los usuarios, una recepcionista; si enseña a niños pequeños, una maestra. En cambio, cuando dirige una empresa, realiza una cirugía, diseña un edificio o explica un asunto técnico, el personaje que aparece con mayor facilidad suele ser un hombre.

No siempre ocurre, por supuesto con intención o conciencia. Tampoco creo que quienes me dicen “señorita” se percaten que estén realizando un acto de discriminación ni que, antes de escribir, hayan convocado una asamblea del patriarcado. Precisamente ahí está lo interesante: nadie necesita proponérselo. El estereotipo funciona mejor cuando es natural. Es una especie de piloto automático cultural. Ante una tarea asociada con atender, ordenar, cuidar, explicar o asistir, el imaginario selecciona una mujer. No pregunta. No verifica. Simplemente la contrata dentro de nuestra cabeza.

La Organización Internacional del Trabajo denomina segregación ocupacional a la concentración de mujeres y hombres en actividades diferentes. La considera una de las expresiones más persistentes de la desigualdad laboral y advierte que los oficios feminizados suelen estar acompañados de menor remuneración y peores condiciones.

En Colombia, un informe elaborado por el DANE, ONU Mujeres y la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer encontró que hombres y mujeres siguen concentrándose en actividades distintas, muchas veces relacionadas con los papeles que históricamente se les han asignado. Para el primer trimestre de 2022, el 18,1 % de las mujeres ocupadas trabajaba en administración pública, educación y atención de la salud, frente al 8 % de los hombres. En la construcción ocurría casi lo contrario: allí estaba el 11,2 % de los hombres ocupados y apenas el 1,2 % de las mujeres.

Las cifras no significan que toda enfermera haya escogido su profesión por imposición, ni que todo hombre que trabaja en construcción esté cumpliendo una orden secreta de la masculinidad. Las personas eligen, se forman, descubren vocaciones y toman decisiones propias. Pero ninguna elección se produce en el vacío. Desde la infancia aprendemos cuáles oficios parecen adecuados para una niña y cuáles deben reservarse para un niño. Después llamamos “vocación” a lo que la sociedad lleva años sugiriéndonos.

Durante mucho tiempo, la secretaria fue imaginada como la mujer eficiente que organizaba el tiempo de un hombre importante. Ella tomaba notas, contestaba llamadas, servía café, recordaba reuniones y protegía la puerta del jefe. El poder estaba dentro de la oficina. La mujer lo administraba desde afuera.

La enfermería padeció una clasificación semejante. Cuidar, limpiar, acompañar, consolar y permanecer junto al enfermo fueron entendidos como prolongaciones naturales de la maternidad. El médico diagnosticaba; la enfermera obedecía. Él representaba el conocimiento. Ella, la paciencia.

La realidad ha cambiado de manera considerable. Hoy las mujeres son médicas, científicas, juezas, rectoras, ingenieras, ministras, gerentes y cirujanas. Los hombres trabajan como enfermeros, secretarios, recepcionistas, auxiliares y cuidadores sin que ninguna de esas actividades disminuya su masculinidad. La competencia profesional no viene inscrita en los cromosomas. Sin embargo, el reparto imaginario conserva libretos antiguos. Podemos aceptar que una mujer dirija un hospital y, al mismo tiempo, asumir que quien responde el WhatsApp del consultorio también es una mujer. Hemos permitido que ellas entren a la oficina principal, pero todavía las seguimos ubicando mentalmente detrás del mostrador.

El caso de la enfermería resulta revelador. La Organización Mundial de la Salud continúa describiéndola como una profesión altamente feminizada. Esa presencia mayoritaria tiene una explicación histórica, pero también alimenta la expectativa: como muchas enfermeras son mujeres, suponemos que toda persona que ejerce enfermería debe serlo. La estadística se convierte en estereotipo y el estereotipo, a su vez, orienta nuevas elecciones.

Algo parecido sucede con la tecnología. Yo podría ser un bot. Quienes escriben al número no tienen cómo saber si detrás de la respuesta hay una mujer, un hombre, un equipo completo o una inteligencia artificial programada para enviar mensajes amables. Aun así, la identidad femenina aparece de inmediato.

No debería sorprendernos. Siri, Alexa, Cortana y muchas otras asistentes digitales fueron creadas con nombres y voces femeninas. La UNESCO ha advertido que esa feminización de los asistentes virtuales puede reforzar la idea de que las mujeres son serviciales, dóciles y están siempre disponibles para cumplir órdenes. La tecnología del futuro llegó hablando con uno de los prejuicios más viejos del pasado.

Alguien podría decir que todo esto es una exageración. Que “señorita” es apenas una fórmula de cortesía, una palabra inocente escrita sin mala intención. Y tendría razón en una parte, no hay ofensa en esos mensajes. Yo no me siento agraviado. Al contrario, confieso que recibir semejante tratamiento a mi edad tiene cierto efecto rejuvenecedor.

Pero las palabras inocentes también revelan asociaciones profundas. Nadie me llama “ingeniero” por agendar una cita ni “doctor” por responder una pregunta. Me dicen “señorita” porque la tarea ya viene con género asignado. El problema no es que me confundan. El problema es la facilidad con la que creen saber quién debe estar haciendo ese tipo de trabajo. Los estereotipos no siempre gritan. Algunos hablan con educación, escriben “por favor”, agregan un emoji de agradecimiento y se despiden deseando una feliz tarde. Parecen inofensivos porque caben en una palabra. Sin embargo, esa palabra forma parte de una distribución silenciosa del mundo: unas personas cuidan, otras mandan; unas atienden la puerta, otras ocupan la oficina; unas organizan la agenda, otras tienen una agenda que alguien más organiza.

Cambiar esa distribución no exige perseguir a quien se equivoca de género en WhatsApp. Bastaría con detenernos un segundo antes de completar con prejuicios el rostro que no vemos. Una secretaria puede ser un hombre. Una enfermera puede ser un enfermero. Quien conduce un bus puede ser una mujer. Quien dirige una empresa también.

Mientras tanto, seguiré respondiendo mensajes, ofreciendo horarios y confirmando consultas. Lo haré con la paciencia que corresponde, aunque tal vez un día decida enviar una nota de audio. Entonces, al otro lado de la pantalla, la niña sorprenderá por su gruesa voz

Atentamente,

la señorita de la barba.

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