El Buen Señor y el Caballo de Troya

Por Julián Bastidas Urresty

Colombia está cerca de decidir quién será su próximo presidente. Se trata de una decisión de vital importancia en un país que va por mal camino y así lo ha manifestado un alto porcentaje de la población harta de los gobiernos anteriores que condujeron al país a un nivel inaceptable de injusticia social y a una insoportable situación de extrema pobreza como nunca se ha experimentado en la historia de Colombia, de pobreza para miles de familias y la falta de oportunidades de trabajo, sobre todo, para los jóvenes que buscan un mejor porvenir.

Esta elección presidencial es atípica pues los candidatos en contienda se diferencian claramente en la capacidad intelectual y su visión del país. Uno de ellos dotado de una inteligencia excepcional, poco frecuente en la clase política tradicional, presenta un programa de gobierno bien elaborado acorde al conocimiento profundo del país. Sus propuestas conjugan factores de la economía, de la educación y medio ambiente, entre otros. En la otra esquina está el Caballo de Troya del establecimiento, un candidato improvisado que representa el continuismo de quienes quieren que nada cambie pues viven felices apoderados de la riqueza del país.

Quien creyera, el discurso del Caballo de Troya se basa en atacar la escandalosa corrupción que ha invadido a Colombia, pero, paradójicamente, el mismo se encuentra incurso en hechos de ilegalidad y pronto deberá responder en los estrados judiciales. La periodista Salud Hernández, confesa conservadora que ha demostrado hasta la saciedad ser enemiga de la izquierda política, amiga del establecimiento colombiano, no soportó más a su candidato favorito y le recriminó las posturas totalmente alejadas de lo que se espera del presidente de una nación.

¿Y cuáles son esas posturas rechazadas hasta por sus adeptos? Una tiene que ver con la admiración declarada al dictador Adolfo Hitler cuyos repudiables crímenes de lesa humanidad, la historia nunca podrá olvidar ni perdonar. El lenguaje soez que muchas veces utiliza el troyano para excluir a la mujer de la participación en la construcción del país, como ocurría hace miles de años en una sociedad dominada por las viejas costumbres heredadas, al parecer, de la ignorancia, y la opresión social del oscurantismo medieval.

Si esto no fuera suficiente, en el país del Sagrado Corazón donde tanto se venera a la Virgen Santísima María, el viejo candidato agredió torpemente a sus aliadas naturales como son las señoras conservadoras, católicas creyentes, metiendo en el mismo costal a la Virgen Santísima y a las prostitutas o “mujeres públicas” a quienes se señala como el más denigrante oficio a erradicar por fuerza, (¿pública?). Pero la joya de la corona del troyano es afirmar que lo escrito en las leyes y en la Constitución son papeles que solo le sirven de papel de baño. ¿Habrase visto en el mundo un candidato a la presidencia de la república con tal manera de actuar y pensar? De otra parte, su espíritu beligerante lo inclina fácilmente a la violencia física y verbal. Quien creyera que su vocabulario soez es aceptado por personas sencillas que le aplauden las maneras, dichas espontáneas y casuales de decir las cosas. Otras de sus votantes acudirán a las urnas movidos por el odio que promueven los medios de comunicación contra el Buen Señor, de manera infundada, muchas veces cercanas a lo ridículo. La misoginia, el desprecio burlón de las familias pobres por parte del troyano, alcanzan el nivel que los siquiatras consideran un indicativo de grave psicopatía.

El Caballo de Troya es el candidato que rehúye a la confrontación ideológica y programática, seguramente se siente débil frente a la superioridad intelectual del adversario. En todo el mundo democrático los candidatos a la presidencia se enfrentan en debates finales y es cuando el electorado compara y escoge lo que mejor conviene al país. Sin debate no hay verdadera democracia. Hoy no es aceptable que muchos voten por doctrinas políticas caducas o por el odio infundado al rival.

Seguramente Colombia sabrá escoger al mejor entre dos aspirantes de diferencias intelectuales superlativas. El Buen Señor no es una amenaza a la propiedad, sino una real alternativa para apaciguar el descontento de más de 10 millones de colombianos que así lo han comprendido y que votaran por él. Si gana su rival continuará la injusta práctica del capitalismo puro y duro que ha favorecido enormemente a una minoría, a las clases sociales privilegiadas por la politiquería, la corrupción y destrucción de la naturaleza que no tiene punto de retorno. Es el candidato de quienes poseen una enorme fortuna material. Movidos por una ambición desmedida olvidan que tanta iniquidad social puede dar paso a una confrontación violenta. También es el candidato de un poderoso líder político en decadencia, que enriqueció desmesuradamente a las familias privilegiadas del país y, sin pudor, a su propia familia; el que hizo, de la guerra entre colombianos, su mejor aliada para lograr sus insanos propósitos.

EL cambio es una necesidad imprescindible para Colombia algo semejante a la “revolución pacífica” que le dio el triunfo a François Mitterrand en Francia, el presidente que tanto contribuyó al progreso y a la cultura de ese país pensante.

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