El capítulo colombiano en la novela Epstein

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Por: Tirso Benavides Benavides

La muerte de Jeffrey Epstein, quien supuestamente prefirió el nudo de una sábana en su celda antes que enfrentar el veredicto de la historia, no logró sepultar sus secretos. Años después de aquel suicidio que dejó más dudas que certezas, el caso sigue siendo una noticia que el poder global no logra silenciar. Mientras el principal acusado escapó de los tribunales hacia el más allá, el mundo asiste hoy al desfile de sus fantasmas, donde otros sí están pagando las consecuencias de haber orbitado ese atractivo sol de perversión.

El alcance del escándalo es tal que las recientes imágenes desclasificadas nos ofrecen un cuadro surrealista: allí, al filo de una piscina y entre dos hermosas mujeres que toman un coctel mientras sostienen el trago del invitado, aparece la figura frágil de Stephen Hawking. Ver al genio de la astrofísica, postrado y dependiente, entre los involucrados en esta red de explotación sexual y pederasta sorprendió a más de uno, una muestra de que la naturaleza humana no deja de estar presente y hace que caiga en tentaciones carnales hasta al personaje más inesperado.

En este banquete de la infamia, lastimosamente, Colombia no es ajena. Y no llegamos como meseros, sino con silla en la mesa principal, junto a un inventario de nombres que incluye desde presidentes como Bill Clinton y Donald Trump, hasta figuras de la realeza europea y del espectáculo como Kevin Spacey, Naomi Campbell o el influyente Bill Gates. La red de Epstein era un ecosistema donde convivían todas las ideologías y sectores, unidos por el privilegio, en ese club exclusivo, el nombre del expresidente Andrés Pastrana aparece reiteradamente en los archivos del “Lolita Express”. Su presencia en los manifiestos de vuelo demuestra que para entrar en ese círculo solo se requería el apellido correcto y una ética distraída entre pieles y placeres.

Lo que se dice que pasó en nuestro territorio, como muchas cosas, adquiere tintes de realismo trágico. Circulan fotos de Ghislaine Maxwell, la “madame” de esta red y pareja de Epstein, luciendo con un desparpajo insultante el uniforme de nuestra Fuerza Aérea, ahora llamada pretensiosamente Aeroespacial por antojo de nuestro presidente. Ella en un libro y en entrevistas ha sostenido que desde un helicóptero oficial pudo ametrallar guerrilleros, toda una cacería humana sobre la que no existe claridad.

La diferencia con lo que pasa en otras las latitudes debería servirnos de ejemplo. En Inglaterra, el príncipe Andrew, otro compadre de Epstein, fue despojado de sus títulos monárquicos, de sus honores militares y de su vida pública. Mientras la Corona inglesa entendió que el peso de la ley debe ser más fuerte que el de la sangre en Colombia no pasa nada. Los delfines, como se conoce a los herederos de las castas políticas tradicionales son nuestros príncipes y al parecer son intocables. Mientras en Londres el privilegio se derrumbó, aquí los apellidos se blindan con cartas de apoyo firmadas por exministros que, en un acto de fe ciega, corren a limpiar el pedestal de su ex jefe.

Afortunadamente, el pacto de silencio está encontrando grietas. Voces valientes del periodismo se han unido para exigir que no haya silencio en este caso en lo relacionado con Pastrana. El silencio en estos casos no es una opción.

Si la lista de los involucrados en esta novela sin ficción incluye desde Hawking hasta Pastrana, es evidente que la inteligencia no era un requisito para entrar a la red. Lo verdaderamente importante era el dinero y el poder de sus invitados, de quienes Epstein sacaba provecho con una frialdad matemática. Estamos ante una historia real y de terror que nos restriega en la cara una verdad incómoda: la libido sigue siendo una de las fuerzas más potentes que pueden dominar la voluntad humana, sin importar el coeficiente ni las neuronas.

 

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