El doctor mierda

77 visitas

Compartir artículo en:

 

En Latinoamérica no hay científicos; hay  repetidores. Ante un descubrimiento o un invento en otras latitudes del planeta se revela en nuestro mundo una cantidad indescriptible de explicadores. Que el aire tenía que salir por cuanto los átomos, al chocarse con los isótopos, producen una reacción hiperbólica que enajena por completo el sentido de equilibrio y entonces se genera tal consecuencia.

 Si el invento es mecánico se generan explicaciones sabias de todo tipo; se invita a foros, talleres y conferencias que comprueban en un santiamén la exactitud del problema. Grandes hombres han ganado su celebridad gracias a sus pomposas y grandilocuentes disertaciones aprehendidas en textos europeos o norteamericanos.

Un profesional latinoamericano debe pasar por seis años de universidad para analizar la mierda de sus congéneres; tarea que, según el texto de Abble, se aprende en seis meses y con menor esfuerzo. Sus clases teóricas y pomposas se le olvidan en el transcurso de los próximos seis meses a su graduación y al emplearse utiliza lo único que debió aprender: a analizar la mierda y a decir que tipo de parásitos habita ese hombre.

No se inventan métodos propios, se transcriben los descubiertos por otros y al cabo de seis años se rutiniza en su labor; descubre que para hacer lo que hace fueron innecesarias tantas materias.

Al tomar un pequeño microscopio, se encuentra que lleva el emblema ” Made in Japan “; al usar un bisturí encuentra que su marca es Zusuky; al mirar su termómetro lee U.S.A.. Todo nos viene hecho, únicamente la mierda es nuestra, producto del enlatado coreano o del embutido canadiense; la globalización económica, permitió invadir nuestros mercados con productos extranjeros con mayor libertad; vencidos ante la incapacidad colectiva, optamos por la vía fácil del consumismo.

Nos nutrimos de lecturas que nos inyectan positivismo en los tiempos difíciles y tomamos nuestro queso Roquefort sin sentir temor o tan sólo vergüenza. Si se es pedagogo hay que mencionar a toda una pléyade de investigadores irlandeses, norteamericanos, griegos o romanos; ni un solo hueso encontramos de los nuestros y sus máximas y proverbios tienen un claro tinte foráneo.

Mientras los latinoamericanos discutimos sobre cuál empresa automovilística nos conviene para otorgarle la licencia de ensamblaje, los japoneses ya están pensando en el automóvil sin ruedas. Cuando el caucho se daba abundante en esta tierra, nuestra preocupación no fue el montar industrias para trasformar directamente este elemento y exportarlo; nos enfrascamos en interminables guerras para esclavizarnos mutuamente y vender la materia prima para que los países europeos crezcan sin medida.

Y nos pasamos la vida mirando la mierda con el ojo ajeno. Enfrascados en tediosas discusiones: si la mierda es verde o amarilla; si mierda se debe escribir con M mayúscula o con m minúscula; si es una palabra grave o aguda; si es posible entender el comportamiento humano dependiendo si se defeca una o más veces; si Adán defecaba o no, si el Espíritu Santo espero a que primero Juan defeque para dejar caer sus rayos lumínicos; si la mierda algún día será reciclable y servirá para calmar el hambre de cientos de infantes que mueren en las calles latinoamericanas como ratas alcantarilla.

En un país diminuto llamado Colombia se abre una universidad cada día. Ciudades de menos de 400 mil habitantes, cuentan con más de una decena de universidades; se ofrecen programas para todos los gustos y a todos los costos.

Se paga a contado y a crédito, se ingenian modalidades de ciclos y por talleres, se permite que en ruinosas y vetustas casas se monten programas de salud mental y ocupacional; hay para todos y para todo.

No es raro encontrarse con ciudadanos que son dueños de tres o más títulos universitarios. Los hay mecánicos dentales y genetistas; licenciados en educación e ingenieros de alimentos; arquitectos y a la vez postgraduados en veterinaria.

Se estudia por estudiar, por el simple prurito de ascender en un escalafón docente o simplemente por vanidad. Nunca se ejerce, a lo sumo se reclama el trato de Doctor o de Magíster. En sus records de trabajo jamás figura su especialidad. Se es psicólogo y se desempeña en el área de contabilidad de la empresa; o ingeniero de alimentos con nota sobresalientes durante toda la carrera, con vastos conocimientos que jamás se aplicarán.

En este país como en el resto de Latinoamérica se estudia por estudiar. Por llenar vacíos o por tener qué hacer o qué charlar; por presunción o por ganarse el aprecio y la admiración de la familia. Jamás nos cuestionamos la utilidad del tiempo invertido y nos limitamos simplemente a sonreír cuando el título está  en nuestro bolsillo.

Se invierten miles de minutos y horas, cientos de miles de pesos en el mantenimiento estatal de las universidades para subsidiar el estudio y la preparación; pero jamás esa inversión se recupera. Los contribuyentes pagamos cada día más para alimentar simples vanidades que nunca darán sus frutos.

Envejecemos sin haber descubierto aquello para lo que realmente éramos buenos o aquello en lo cual podíamos brindar algún aporte a la humanidad. Nos medimos en la simple capacidad económica que nos condena a ser países dependientes y subdesarrollados.

Nuestros hijos son preparados simplemente para medrar en el trabajo de los demás. Les brindamos herramientas para despertar la compasión ajena. Cargarán como los demás latinoamericanos una serie de títulos inservibles que engalanarán el ego familiar y que a su destino como pueblo nada le significan. Ajeno el Dios que nos protege, los ritos que nos enseñan, los milagros que nos asisten, el cielo que nos cubre.

Extraño el tratamiento ofrecido a nuestros niños en la escuela, creado por pedagogos que nada nos dicen pero que es más fácil aceptar. Lejano el milagro de nuestro propio descubrimiento, jóvenes envejecidos en plena pubertad y adultos que nos limitamos a ganarnos la vida sin principios existenciales propios y sin propósitos definidos de futuro.

Y el medio de todo ese panorama, en medio de tanto doctor, la escena triste del niño latinoamericano muriendo infame mente en nuestras propias calles. Hombres, mujeres y niños envilecidos en la pústula de la prostitución, vendiendo lo único que les queda por ofrecer: su cuerpo y sus conciencias.

Doctores que en medio de sus discursos y sus agitaciones bufonescas redimen todo lo humano y terrenal; pero que en el ejercicio de sus funciones tiemblan como gelatina al primer intento de insubordinación.

Doctores que cuentan con estudios para todo lo habido y por haber, que guardan en sus sobacos estudios y más estudios con datos estadísticos de su sociedad. Doctores que recitar fórmulas mágicas como corderos degollados y que guardan en su chaleco las uñas postizas de su real disfraz. Latinoamericanos que tienen el record de producir culebreros y milagreros de todos los pelambres y estilos.

 Hombres y mujeres educados en universidades sin alma que lo único que les infundió en su espíritu fue la fórmula mágica de hacer dinero y sonreír ante el interés de los demás.

Hemos sido incapaces de examinar con nuestros propios ojos nuestra real situación y ante un niño que clama nuestra piedad le aplicamos las reglas de Budefort o las hipótesis de Keyneder, ante el hambre de las multitudes recitamos las fórmulas sagradas del Santo Evangelio y ante la muerte de miles y miles de compatriotas latinoamericanos explicamos que de haberse aplicado las teorías de Luching se habría podido evitar por lo menos la muerte de la mitad de ellos.

Recitadores y versificadores; copistas y memoristas; dicharacheros y abrazadores. Incapaces de industrias o de transformar nuestros propios productos. Aplicando siempre la filosofía del Dr. mierda que cuando está en el inodoro recita las fórmulas de sus maestros para no perder la inspiración y la oportunidad de ascender en el escalafón.

Doctores de mierda que lloran sus muertos ante su propia incapacidad de producir vida. Doctores y más doctores, doctores de doctores que clama al cielo ante su inoperancia profesional.

Y mientras usted lee esta nota, en nuestro continente reciben su título profesional cerca de 40 mil ciudadanos más. Y en nuestras calles mueren cuatro millones de niños sin más consuelo que unas eruditas notas económicas plagadas de hermosas barras estadísticas realizadas con tecnología de punta de mentes no latinoamericanas.

Pero todo es admisible mientras en nuestros hogares la nevera está repleta y nuestros hijos estudien en costosísimos colegios que los preparan para ser doctores en las distinguidas universidades latinoamericanas.

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES

PAUTE CON NOSOTROS

ARTÍCULOS RELACIONADOS