El milagro Petro en Nariño

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Contra los pronósticos, contra las fracturas internas y contra la vieja costumbre de subestimar el pulso político de Nariño, el Pacto Histórico terminó escribiendo una página que ya se lee como un hecho inédito en el departamento: tres curules, tres nombres y una señal política difícil de ignorar. Rosita Guevara, Erick Velasco y Christian Palacios quedaron en el centro de una victoria que, más que un resultado electoral, hoy se interpreta como un mensaje del electorado nariñense. Según reportes de resultados preliminares, la lista del Pacto Histórico para Cámara en Nariño superó los 158 mil votos y rozó el 30 % de la votación departamental.

En Nariño, la política nunca ha sido una línea recta. Este ha sido, históricamente, un territorio de rebeldía electoral, de apuestas alternativas, de resistencias locales y de gobiernos que durante más de dos décadas se presentaron como distintos, aunque en no pocas ocasiones terminaron tejiendo alianzas con sectores tradicionales. Por eso esta victoria del Pacto no puede leerse solo en clave numérica. Tiene un peso simbólico: una sola fuerza política logra una representación robusta en un departamento donde la dispersión, los acuerdos cruzados y los liderazgos fragmentados habían sido la norma.

La paradoja, para muchos en el propio progresismo, es que este resultado llegó en medio de tensiones internas. En el ambiente político regional quedó instalada la percepción de que el gobernador de Nariño, elegido bajo las banderas del cambio, estuvo concentrado en otras apuestas electorales y no en consolidar una bancada amplia del Pacto Histórico. Esa lectura fue expresada con dureza por el diputado Iván Guzmán, cercano a Erick Velasco, quien aseguró que una fotografía del mandatario con otros congresistas “no es un saludo protocolario” sino “una evidencia política” de un respaldo ajeno al proyecto que lo llevó al poder. Según Guzmán, allí hubo una decisión que privilegió apuestas personales sobre la consolidación colectiva del movimiento.

Más allá del tono de esa crítica, lo cierto es que el resultado final terminó desbordando las divisiones. El Pacto Histórico ganó tres curules en Nariño y convirtió esa conquista en un hecho histórico. En otras palabras: aun sin una alineación plena de todo el poder regional, el petrismo logró sostener y ampliar su base en uno de los departamentos donde el discurso del cambio tiene raíces profundas y una conexión emocional con amplios sectores populares, campesinos, indígenas, afrodescendientes y urbanos.

Ese es, justamente, el corazón de este episodio. El llamado “milagro Petro” en Nariño no es un fenómeno mágico ni una simple ola coyuntural. Es la expresión de un electorado que sigue viendo en el proyecto progresista una posibilidad de representación real. Es también la demostración de que el capital político del cambio en el departamento no depende de una sola figura, sino de una ciudadanía que ha aprendido a votar con memoria, con inconformidad y con sentido territorial.

Pero toda victoria trae una factura pendiente. Ahora que el Pacto Histórico logra esa representación inédita, la exigencia ciudadana cambia de tono. Ya no basta con celebrar. Lo que sigue es reclamar compromiso territorial del Gobierno nacional, con inversión concreta, verificable y de ejecución real. El antecedente del Pacto Territorial para la Vida y la Paz dejó dudas en amplios sectores por el peso de las vigencias futuras y por la sensación de que muchas promesas no aterrizaron al ritmo que esperaba el departamento. Esa experiencia dejó una enseñanza incómoda: los anuncios no sustituyen las obras, y los discursos no reemplazan la presencia efectiva del Estado.

Por eso, la nueva bancada del Pacto en Nariño llega con una responsabilidad mayor. No solo representar políticamente al departamento, sino traducir esa victoria en resultados. Infraestructura, conectividad, vías, apoyo al agro, inversión para la costa pacífica, fortalecimiento de la educación superior, salud y seguridad territorial: esa será la verdadera medida de este triunfo. También será la prueba de fuego para un sector político que no puede permitirse negar necesidades estructurales del territorio en nombre de debates ideológicos desconectados de la realidad local.

Nariño habló en las urnas. Y habló con una claridad que desacomoda a propios y extraños. Porque, a pesar de las fisuras internas, de los egos, de las apuestas individuales y de la vieja tentación de convertir los proyectos colectivos en vitrinas personales, el departamento terminó apostando por una representación amplia del Pacto Histórico.

Ese es el dato duro. Lo demás empieza ahora.

La historia dirá si estas tres curules fueron apenas una victoria electoral o el comienzo de una nueva relación entre Nariño y el poder nacional. De momento, el mensaje ya está sobre la mesa: Nariño sigue siendo un pueblo rebelde. Y cuando decide moverse en bloque, puede cambiar el mapa político del país.

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