El pan de la vida -Las arepas de Chepacorina que comió El Quijote

En un acto de vanidad suprema y después de escuchar las palabras de Gustavo Petro Urrego alrededor de los libros, la cultura y la misión del hacedor de palabras, se me hace imposible guardar y contener una vieja y olvidada carta de mi padre, Nelson Ovidio Obando Hernández, -fechada en la ciudad de Pasto en 15 de mayo de 1991-. En esos días me encontraba en una especie de exilio en la capital de la república por razones políticas que me impedían acceder a un cargo en el sector oficial y la prohibición de vincularme en la empresa privada debido a un escrito de mi juventud que fue comentado, vetado y censurado por algún sacerdote periodista que me colocó al lado de los proscritos y condenados.
Con la bendición de mis padres y los escasos recursos que me pudieron brindar, partí hacia Bogotá con la fe intacta y los sueños de escritor rotos y fragmentados. A los pocos meses de mi partida, recibo una carta que aun lacera mi intelecto y que en cierta forma me obligó a retornar, después de algunos años, a esta ciudad por la promesa de trabajar y cultivar en ella los nobles sentimientos de cultura y literatura. Promesa que he cumplido a pesar de no encontrar, muchas veces, la comprensión necesaria para llevar adelante los anhelos de una generación que encontró en el arte y la cultura su modelo de existencia.
Y son, justamente, las palabras de Gustavo Petro Urrego las que me impelen a este acto de vanidad suprema. Transcribo con profunda emoción las letras de un padre que se consagró a las letras y la cultura, que hizo de su mundo y sus posibilidades el supremo esfuerzo de edificar a su alrededor universos de libros y pensamientos. Lo recuerdo llegar a casa con el pan de la vida y los libros sagrados de los días. Mientras los primeros se consumían en un instante, los segundos aun nos consumen en una fogata que no deja de alumbrar cada uno de nuestros pasos. Su fortuna siempre fueron los libros, los mismos que una vez ausente se dispersaron por caminos distintos y no siempre gratos y nobles.
En esta carta, que hoy se confunde con el sentir de Gustavo Petro Urrego, se conjugan nostalgias y añoranzas de días vividos y que hoy nos parecen sueños de lumbre y de papel. Como Elías Canetti hago mi propio Auto de Fe y lo comparto con mis compañeros de generación, con aquellos que han hecho de su existencia el milagro supremo de los libros.
“La ausencia y la distancia sentidas en estos últimos meses acrecientan el afecto y hacen sentir la necesidad de tu compañía de la que gozaba no como un padre sino como un amigo, porque compartimos horas, días, meses y años, luchando, trabajando, gozando y sufriendo, pero por sobre todo entendiéndonos. No me acostumbro a vivir –casi- solo, necesito la compañía y el respaldo de alguien que comparta el diario vivir. Quiera Dios, que pronto estuvieras por esta tu tierra, donde tienes tantos y apreciados amigos que te extrañan porque ven en ti al amigo correcto en todo sentido; en lo que corresponde a mí, veo en ti al heredero de mis locuras, de mis gustos culturales y sociales, del invertidor de sus pocos ahorros en la compra de libros –raros y curiosos-, que si de pronto no representan valor comercial, engendran grandeza del alma y del espíritu, reajustan el cerebro y con su constante lectura “nos trasladamos a otros mundos y a otras épocas que no nos hacen envejecer” y nos aleja del stress que produce nerviosismo, envidias y raquitismo humano…”.
“En lo que corresponde a mí, veo en ti al heredero de mis locuras, de mis gustos culturales y sociales, del invertidor de sus pocos ahorros en la compra de libros…”. Una herencia que no admite otros actores por cuanto tus palabras lo señalaron y sentenciaron. Desde entonces nos hicimos la promesa de batallar por nuestra tierra y gente sin que importe la incomprensión, la desidia o el rechazo. Un pacto de sangre que hoy aflora al escuchar las palabras de un hombre, que, como tú, nos enseña a mirar más allá de un horizonte aun sabiendo que su recompensa será el ostracismo o la muerte.
Al evocar Gustavo Petro a Jorge Eliecer Gaitán rememoro aquellos días en que al compás de unos viejos acetatos de caudillos y muchedumbres nos sentábamos a escuchar la voz de este mártir de la democracia que ofrendó su vida y su existencia en su intento de forjar libertad y paz en Colombia. Una y otra vez sus frases, sentencias, palabras y señalamientos nos hicieron hervir la sangre al tiempo que contemplábamos a la muchachada en condiciones de pobreza y desnutrición que aunada a su analfabetismo los hacia presa fácil de los mercaderes del alma humana. Fue en Gaitán donde abrevaste tus ansias de una nueva patria. Fuiste campesino y labrador, arañaste la tierra en busca de sustento para los tuyos, que no siempre fueron gratos y correspondieron a tus actos de grandeza y generosidad.
No me queda duda que tu serías PETRISTA y con sus banderas convocarías una vez más a esas multitudes que te seguían en silencio al amparo de tu palabra, tu presencia y tu indiscutible honor.
Hoy convocamos a nuestros amigos, parientes, conocidos, seguidores y simpatizantes a unirse a esta voz de democracia y fraternidad que se tiende buena y generosa por el territorio colombiano para que tomemos juntos este PAN DE VIDA que se ofrece para todos en una comunión de sentimientos y pensamientos.
Es la cultura esa alquimia que nos transforma en otros seres, esa piedra filosofal que no se corrompe con el oro ni se trasmuta con la codicia humana. Muy diferente al oxido de los metales que devoran las polillas y atesoran los avarientos de la tierra que no han tenido la grandeza de ver en el HOMBRE la expresión suprema de la creación universal. Que lo convierten en simple mercancía y lo tazan y lo miden por la cantidad de bienes y propiedades. La cultura, como lo dice PETRO, es la base de la sociedad, de la democracia, de la verdadera libertad.
Todos somos herederos de la Patria, del verbo gaitanista, de la palabra justa y noble que nos convoca a construir hermandad en sentimientos de igualdad y fraternidad. Que todo artista, pintor, escultor, escritor, músico y creador se una en este sueño colectivo en el cual oficiaremos como actores principales. Junto a García Márquez, Gaitán, El Quijote y Rousseau rescatemos del olvido a estas generaciones que claman desde las tumbas por una nueva oportunidad para existir y florecer.

Comentarios

Comentarios