En los últimos días, mi nombre ha sido etiquetado como “enemigo de la ciudad” por el simple hecho de expresar mis opiniones y cumplir con mis deberes de control político como concejal de Pasto. Esta acusación no solo representa un ataque personal, sino que constituye una amenaza a la libertad de expresión, un pilar fundamental de la democracia. Quisiera reflexionar sobre el peligro de silenciar a quienes piensan distinto y cómo dividir a los ciudadanos bajo esta lógica del “enemigo” termina por dañar a la ciudad en lugar de beneficiarla.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
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