Esplendor de Popayán

Hay en Popayán un canto de osadía antigua en cada gesto que acompaña su semana santa. Plegarias despojadas del instante lejano, rezos con hambre, oraciones rotas, misas pródigas, vigilias sin ventanas, plegarias enmudecidas, rosarios de lumbres abrasivas, penitencias con sabor a tierra, súplicas al vuelo, alabanzas desnudas, contriciones sin nombre, viacrucis con lamento, novenas que beben de la sed del pecador.

Por siente días y sus noches alimentamos el espíritu de presagios invisibles, incienso, redoblar de tambores y flores multicolores para forjar en la memoria el sello inmaculado de nacer o vivir en la ciudad blanca. Una ciudad que se estremece y cascabelea ante el osado bullicio de lo que ocurre por sus calles.

Hay latir y murmullo en los ojos del peregrino, en la voz del visitante aglomerado en andenes y puertas de cada iglesia. Le explicamos a niños y turistas la importancia del silencio y el júbilo que precede al golpe de la alcayata sobre las andas, mientras sus ojos reconocen una experiencia cercana al heroísmo y los esfuerzos sobrehumanos de los cargueros.

Las calles ya están bautizadas en el ritual ancestral y naufragan con nosotros en sombras luminosas para honrar al dios crucificado, hacedor de milagros y dador de esperanza.

El maní tostado, la naftalina de los vestidos, el sudor de los cargueros, la cera quemada, el anís del aguardiente, la luna de plata engastada, la aglomeración de la gente, la santidad arzobispal de los curas, el perfume inefable de las mujeres vestidas de negro. Todo, todo huele en este bosque de ofrendas y expiación.

Cargueros ataviados con los misterios de una fe inquebrantable, llevan sobre sus huesos un anda pulsada por sus padres, y los padres de sus padres…  imágenes que representan el sufrimiento y muerte del hijo de Dios sacrificado para exculpar los pecados del hombre.

El espejo del tiempo muestra una ciudad que se transforma en sus bullicios y silencios. Que renace en la oración y la contemplación, los reflejos de veladoras, el redoblar de tambores y la magia de la música sacra.

Al redoblar de tambores, el paso lento y firme de la duda, la fe, el dolor, el amor, la sonrisa de la luna extasiada se posa sobre las sahumadoras. Divinidades virginales de cabellos trenzados con cintas de colores, cruz en cuello, panderetas de filigrana, trajes de ñapaga y pebetero en mano levitando sobre el silencio litúrgico de las procesiones.

Hay esfuerzo y gotas de sudor se camuflan entre la plata, el oro y las piedras preciosas al paso de cada anda. Hay oraciones que atan al hombre con su Dios y la razón de su existencia. Hay sacrificio tejiéndose sobre la piel y la cicatriz que nos deja en el cuerpo y en el alma cada procesión, cada semana santa. Hay sentimiento y vértigo en las heridas que con el correr de los años nos van dejado el pasado, la historia y su esplendor.

(*) Fragmento texto publicado revista Semana Santa de Popayán.

Comentarios

Comentarios