Gustavo Álvarez Gardeazábal, conciencia crítica de Colombia

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Pablo Emilio Obando A.
En estos tiempos en los que Colombia pareciera debatirse nuevamente entre la intolerancia y el miedo, resulta profundamente alarmante que un hombre de letras, un escritor, un cronista de la realidad nacional y una de las voces más libres del periodismo colombiano como Gustavo Álvarez Gardeazábal tenga hoy que denunciar hechos que evocan las épocas más oscuras de nuestra historia.
La reciente denuncia pública realizada por el doctor Gardeazábal, en la que relata la presencia intimidante de miembros de la fuerza pública en las inmediaciones de su residencia luego de una de sus columnas de opinión, no puede ser interpretada como un hecho menor, aislado o anecdótico. Por el contrario, constituye un motivo de profunda preocupación para todos aquellos que creemos todavía en la democracia, en el derecho a disentir y en la libertad de prensa como uno de los pilares fundamentales de toda sociedad civilizada.
Su columna, motivada por el doloroso asesinato de un joven periodista colombiano y por la creciente sensación de inseguridad que hoy rodea el ejercicio del periodismo crítico, no hacía otra cosa que expresar una angustia legítima: la posibilidad de que Colombia esté retrocediendo hacia tiempos en los que pensar distinto, escribir libremente o cuestionar al poder podía costar la vida, el silencio o el exilio.
Y es precisamente allí donde radica la gravedad de lo sucedido.
Cuando un escritor siente temor por expresar sus ideas; cuando un periodista percibe intimidaciones por ejercer su oficio; cuando la crítica comienza a ser vigilada y la palabra libre incomoda al poder, lo que está en riesgo no es solamente la tranquilidad de una persona. Lo que se encuentra amenazado es el alma misma de la democracia.
Porque las democracias no se destruyen únicamente con fusiles. También se erosionan lentamente cuando se pretende acallar las voces incómodas, cuando se intimida a quienes piensan distinto y cuando se intenta sembrar miedo entre quienes todavía conservan la valentía de escribir con independencia.
El periodismo libre no es un enemigo del Estado. Es su conciencia crítica. Es el espejo incómodo que obliga a las sociedades a mirarse sin maquillajes. Es la memoria viva de los pueblos. Y Colombia no puede permitirse el lujo histórico de volver a los tiempos en los que los periodistas eran perseguidos, silenciados o asesinados por cumplir con su deber moral de informar y opinar.
Nuestra solidaridad con el doctor Gustavo Álvarez Gardeazábal no nace solamente de la admiración por su inmensa trayectoria intelectual, literaria y periodística. Nace también del deber ciudadano de defender la libertad de expresión como un derecho sagrado e irrenunciable.
Durante décadas, su voz ha acompañado a miles de colombianos que diariamente encuentran en sus crónicas, en sus análisis y en su palabra franca una manera distinta de entender el país. Su pluma ha sido incómoda, sí, pero precisamente por eso necesaria. Las sociedades avanzan gracias a quienes se atreven a cuestionarlas, no gracias a quienes guardan silencio.
Colombia necesita más voces libres y menos temores. Más debate y menos intimidación. Más argumentos y menos amenazas.
Por eso resulta indispensable que las autoridades competentes esclarezcan plenamente estos hechos y garanticen, no solo la seguridad personal del doctor Gardeazábal, sino también el pleno ejercicio de la libertad de opinión y de prensa en nuestro país. La Constitución Política de Colombia no puede convertirse en un simple texto decorativo mientras los ciudadanos sienten miedo de ejercer derechos fundamentales consagrados en ella.
Muy respetuosamente, también queremos pedirle al doctor Gustavo Álvarez Gardeazábal que no silencie su voz. Que tome, por supuesto, todas las medidas de seguridad necesarias, porque el país necesita proteger a sus hombres de pensamiento. Pero que continúe escribiendo. Que continúe señalando, denunciando y reflexionando. Que siga acompañando con su palabra a quienes todavía creemos que la verdad, la crítica y la inteligencia son más poderosas que cualquier intento de intimidación.
Que cesen ya estas sombras que vuelven a sembrar inquietud sobre la libertad en Colombia. Que cese, de una vez por todas, esa horrible noche que durante décadas ha perseguido la conciencia nacional.
Porque cuando se intimida a un periodista, se hiere la democracia.
Y cuando una sociedad guarda silencio frente a ello, comienza lentamente a perder su libertad

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