La bella Pasto, a pesar de sus alcaldes y concejales

Por: Omar Raúl Martinez Guerra

Dice el diario El Tiempo de 09/27/2021 que tres amigos argentinos recorrerán 10.000 kilómetros por 12 países desde Buenos Aires hasta El Salvador en una camioneta, durante dos meses, con el objetivo de difundir los conocimientos sobre el bitcóin, la criptomoneda más empleada en el mundo. Agrega el diario que “visitarán los lugares tan variopintos como Purnamarca (Argentina), Iquique (Chile), Mancora (Perú) y Pasto (Colombia)”. Léase bien: ¡no hablan de Machu Pichu, en el Perú o de San Agustín y Monpox en nuestro país!

Escribo esto dos días después de una grata permanencia de semana y media en Pasto (o San Juan de Pasto como lo prefiero). Pienso en las razones por las cuales los tres argentinos, una mujer y dos varones, la eligieran entre centenares de exóticos lugares: ¿estar al pie de un colosal volcán? Es posible, pero habrá por preguntarles cuando pasen, entre octubre y noviembre, en su Bitcoineta amarilla. (camioneta)

Luego de 18 meses de ausencia motivada en la pandemia, aterrizamos en una pista en perfecto estado y una terminal moderna y bonita. La anunciada doble calzada del aeropuerto sigue siendo una ilusión, que si acaso, se iniciará kilómetros adelante cuando terminen un puente hecho a cuentagotas uniendo la vieja carretera y el tramo hasta ahora abandonado. Aparenta ser una solución barata y parcial, pues de todos modos quedará un tramo llamado a convertirse en un cuello de botella, suficiente atascadero para que el tiempo de desplazamiento sea el mismo de ahora, o seguramente más. Ninguna capital de departamento en Colombia tiene el atraso histórico de comunicación terrestre con sus aeropuertos, como sí la capital de Nariño. Pese a ello, es un vividero inigualable.

San Juan de Pasto es una ciudad de contrastes peculiares con un impresionante desarrollo urbanístico muy centrado en la construcción por doquier de edificios o torres entre 5 y 18 pisos de todas las formas y colores, modificando el paisaje en el transcurso de dos o tres décadas. Nada parecido al evocar esa imagen apacible de casonas y casitas separadas por sus estrechas calles y carreras, de cuarenta o cincuenta años antes. Hoy es una urbe indudablemente moderna, cuenta con los bienes, los medios y servicios para hacerla atractiva, autónoma y en cierta medida autosuficiente, distinta a la vivida siendo niños, cuando un diagnóstico clínico o una cirugía, la compra de un medicamento o de una herramienta, de un libro y hasta una firma para autorizar cualquier gestión obligaban a viajar a Bogotá. Se multiplican las universidades, las empresas, los hoteles y los restaurantes.

 Atrae pasar por una excelente librería, la Shirakaba, en plena Plaza de Nariño, muy al día en publicaciones de todo género, más la admiración de una vitrina dedicada exclusivamente a exhibir los libros de autores nariñenses, entre historiadores, ensayistas, economistas y poetas. La sorpresa fue encontrar una hermosa edición de “Los estudios sobre la vida de Bolívar”, intitulado aquí “El Bolívar de Sañudo”, que tiene el singular honor de haber sido declarado como uno de los libros prohibidos en Colombia. Una hermosa edición para volver sobre la polémica versión de Sañudo acerca del Libertador. Conocimos la Fundación Universitaria San Juan de Castellanos, instalada en una joya arquitectónica, una casona de comienzos del siglo XIX, dirigida con esmero y proyección educativa y cultural hacia el futuro por Adriana y Álvaro, una pareja excepcional.

El progreso urbanístico, empresarial y tecnológico se contrasta con la vida  amigable y magnánima de nuestras gentes. Para fortuna, no se observan los rasgos de la conducta social propios de otras urbes, caracterizados por la agresividad, la indiferencia, el descomedimiento y la desconfianza frente al otro. La gente del común es atenta, amable, dadivosa, a pesar de vivir una época escabrosa afectada por la enorme inseguridad, como jamás en la historia de la ciudad, plagada de atracos y robos a mano armada que han puesto en vilo a la población, a cargo de delincuentes a pie o en moto. Mal de todas partes. Es tal el grado de inseguridad que ya no es posible siquiera visitar las majestuosas iglesias en el día, porque permanecen cerradas. Como cerradas se encuentran por falta de no sé qué, las instalaciones de la Universidad de Nariño en el centro, a través de cuyas rendijas no se observan sino señales de abandono y ruina.   Aun así, caminar por la ciudad es una fortuna, sobre sus calles limpias y pavimentadas, tanto como recorrer las vías rurales hacia Jongovito, Cabrera, Genoy y Anganoy, obras indicadoras de progresos aplazados y merecedoras de exaltarse, vengan de donde vengan. Indudablemente, el manejo del aseo urbano es una de las notas destacables, que ya envidiarían Bogotá o Cali.

A pesar de ello, dos experiencias de asistencia masiva de esos días dan a pensar en una ciudadanía no blindada-  eso es demasiado pedir- a la importación de perniciosos hábitos de otras latitudes. Hasta hace cierto tiempo, asistir al estadio Libertad era encontrarse con ese gozo inmarcesible descrito por uno de los grandes precursores de la filosofía existencialista, Albert Camus, quien consideraba el fútbol, más allá de una actividad simplemente deportiva, “como un entorno que facilita unos condicionantes educativos extraordinarios, tanto por sí mismo, como por su correspondencia con la práctica totalidad de las vicisitudes de la vida social y de desarrollo personal”.

Un estadio de futbol es también un lugar de encuentro con la felicidad, mejor si el equipo de uno no pierde. Pero si el de uno pierde, como le sucedió al súper deportivo Pasto frente al Santafé, brotan tres o cuatro, entre unos 2.000 aficionados de tribuna Occidental, lanzando lo más prosaico de los insultos contra los jugadores que acababan, literalmente, de “dejar todo en la cancha”. Algo hasta ahora no habíase visto ni escuchado en el Libertad, una especie de templo de una afición- feliz o enardecida según los resultados-, pero siempre decente como muy pocas entre quienes asisten a los estadios colombianos. Faltaría que en adelante la gente prefiera ver el partido solamente por televisión, evitándose el agravio de encontrarse con sujetos procaces y truculentos, salidos de quien sabe dónde. La segunda escena se produjo a la salida de un concierto del despecho frente al Valle de Atrìz, con bandas de borrachos y borrachas, -excúsenme el rigor en la equidad de género-, prestos y prestas a partir sus botellas de licor en la cabeza de sus casuales contrincantes, frente a la expectante mirada de los niños, en tiempo real, o en tiempo virtual a través de las redes que hoy informan o deforman, pues para eso también fueron hechas. Sesiones de catarsis dipsomaniacas para el alivio de corazones heridos, a campo abierto. Las gentes que las han soportado en los barrios del suroriente no ocultaban cierta morbosa complacencia al saber que el despecho subió de estrato.

San Juan de Pasto es una ciudad hermosa y espléndida, pero en apariencia, no necesariamente como consecuencia de la labor de sus alcaldes, ni tampoco de sus concejos municipales. Muchas veces parecieron éstos preocuparse más del lema de su campaña electoral o por magnificar sus obras, más no por ejecutarlas con sentido de realidad. De manera poco responsable y si extravagante, publicitaron cosas como tener “el sistema de semaforización más inteligente y avanzado del mundo”, en razón al simple hecho de adquirir unos semáforos con contadores de segundos para el paso de peatones. En otro caso se habló del “mejor sistema de transporte público de Latinoamérica”, al extremo de que unos incautos funcionarios paisas asistieron prestos a conocer la novedad, no pasando más allá de unos buses comunes y corrientes.

Se sigue esperando la inauguración del “Parque de alta montaña más grande de Colombia”, incluyendo el rio Pasto convertido en una fuente cristalina en donde nativos y foráneos navegarían en esplendorosas góndolas, de sur a norte, convertido en la emulación de la Venecia italiana, pero más pequeño, quizás. Cuentan que se trata o se trataba de un medio “alternativo” de transporte urbano desde San Fernando hasta Pandiaco, siempre y cuando se dragara el rio y se lo reabasteciera de agua. Hace unos veinte y pico de años, uno de sus alcaldes recorría los ayuntamientos de España, con viáticos del municipio, mientras transmitía en vivo y en directo interconectado con una emisora local, las maravillas de las calles y jardines andaluces, prometiendo trasplantarlas a las entonces desvencijadas callecitas de nuestra ciudad. Fina y pura demagogia.  El plan de desarrollo actual se conoce como el de la “Gran Capital” sin que nadie entienda su verdadero sentido, como la población del departamento tampoco entendió nunca el significado de proclamarnos habitantes de ese “Nariño corazón del mundo”. No ha faltado un plan piloto de movilidad en bicicleta, una iniciativa por demás plausible siempre y cuando se construyan los senderos sobre donde transitar.

Con razón la gente es escéptica y si se quiere, radicalmente incrédula. A la hora de la verdad, los alcaldes, salvo uno que otro en años, se han limitado  a inaugurar campeonatos barriales de microfútbol; a acompañar festivales comunitarios de música autóctona; a cortar las cintas rosadas en la pavimentación de dos cuadras del marginado barrio; a celebrar la remodelación de la sede del cabildo; a renovar los diálogos sobre la importancia del carnaval de negros y blancos, y en los últimos tiempos, a expedir decretos sobre el día sin carro o medidas sobre la pandemia. Se señala como la obra más importante la construcción de una avenida, la carrera 27, cuya originalidad estriba en tener dos calzadas de un lado y tan solo una del otro, en contra de la más elemental lógica de la movilidad urbana, y para cuya terminación, según cree la gente, se van a requerir cuatro alcaldes, cada uno responsable de construir dos o tres cuadras. Contrasta el hermoso parque de Rumipamba, financiado con recursos de compensación por espacio público pagado por los constructores y supremamente valorado.

Tal parece que muchos de nuestros gobernantes se debaten entre los extremos de la megalomanía o delirio de grandeza y la insignificancia de sus acciones. Por fortuna, logros como el programa de aseo urbano proviene de muchos años atrás y ha logrado sostenerse como política pública. Talvez sea eso, más el trabajo técnico de funcionarios comprometidos y (¿la participación de fundaciones, entes filantrópicos y quizás los gremios?), como los factores que permiten estimar la parte bella y amable. La gente tiene derecho a mostrar su malestar cuando sus gobernantes incumplen, pero no escatima nada cuando de reconocer los logros se trata.

¿Hay un proyecto de ciudad a cierto plazo? ¿Cuáles son las necesidades de desarrollo más apremiantes de la misma?  ¿Porque en San Juan de Pasto hay más carros que árboles?  Estas y otras reflexiones son materia de una siguiente columna, con la venia de mis apreciados lectores en Pagina10.

Septiembre 28 de 2021

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