La conspiración.

Todos tenemos cerca a un amigo que cree firmemente que la pandemia fue creada para diezmar a la población. Bueno, quizás ese amigo crea más bien en una nueva forma de Guerra Fría entre dos potencias marcada por sus laboratorios. También es posible que piense en que todo esto ha sido creado por las farmacéuticas que ahora se disputan el control de la vacuna a precios increíbles y con lobbys llenos de secretismo. En todo caso ese amigo no cree que la pandemia haya sido casual.

Tengo un cuñado que está convencido de ello y un gran amigo que cada día que pasa se convence más. ¿Por qué? Bueno, partimos de la base que la Covid-19 es un caldo de cultivo idóneo para las teorías de conspiración, porque nada ha sido claro, ni la enfermedad ni el remedio. Pero estos amigos ya pensaban antes de la pandemia que nada es accidental, que nada es lo que parece y que todo es como una gran red, donde hasta los hechos más mínimos están relacionados.

Tengo otro amigo que vive en el Ampurdán. Ya hace años que cree en el espionaje de las personas a través de las redes sociales y los celulares, y que hay una sociedad secreta que controla las guerras y manipula la Bolsa. Está seguro que el Grupo Bilderberg busca desde 1954 imponer un gobierno mundial y un dominio capitalista, y que las últimas crisis económicas son producto de sus secretísimos encuentros anuales en Leiden.

Bilderberg existe, desde luego, pero la idea de una sociedad secreta que lo controla todo viene desde el tiempo de los Illuminati y se ha alimentado con cientos de libros como los de Dan Brown, de películas como Eyes Wide Shut, de vídeo-juegos como los de Lara Croft, y de series de televisión como X-Files.

Y hay conspiraciones reales, muchas políticas que han terminado en golpes de estado, o de industrias que han ocultado contaminaciones en aras de sus intereses. ¿Se acuerdan de Erin Brockovich? Pero cuando le citas este caso al amigo mío, este instintivamente responde: “Ahí está, ya lo ves. ¿Si pasó en Hinkley, California, porque no pudo pasar en Wuhan?”. Y se reafirma en su teoría.

No es un pecado creer en una teoría conspiratoria. La evolución de la sociedad nos ha llevado a que las grandes preguntas sin respuesta generen miles de supuestos planes escondidos. El problema es cuando se comparten teorías a la ligera, sin un razonamiento previo y con una fuente de información que no está muy clara. Entonces se genera confusión, se establecen prejuicios, se crea temor y se polariza un grupo social.

Es lo mismo que con las fake news. Nuestras redes sociales y nuestros grupos de WhatsApp están llenos de ellas, y las compartimos aún a sabiendas que son falsas porque algunas nos parecen divertidas, otras siembran un manto de duda sobre una situación real y todas, en el fondo, dicen cosas que nosotros queremos creer, aunque sepamos que no son verdad. Ya lo anotaba David Pescador en ElDiario.es: “Cuando una noticia produce emociones de cualquier tipo, es más fácil creerla”.

Cuando llegue la época de las elecciones las fake news inundarán las redes y todos enviaremos a mansalva las que más convienen a nuestra forma de pensar y a nuestro candidato de turno. Izquierda y derecha obran por igual, aunque a ambas partes les gusta decir que son los otros los que usan fake news y no ellos. Y esa es otra de las consecuencias de las teorías conspiratorias: separar el mundo entre lo bueno y lo malo.

La Comisión Europea y la UNESCO, en su lucha contra la desinformación, han publicado una serie de recomendaciones para identificar, desmontar y contrarrestar las teorías conspiratorias. Una de esas recomendaciones es fomentar las preguntas y el debate abierto. Cito:

Hacer preguntas detalladas sobre la teoría tratando de propiciar la reflexión. Pedir ayuda a antiguos teóricos de la conspiración que una vez creyeron en lo mismo. Ser prudente y utilizar distintas fuentes sobre el tema. No ridiculizar. Tratar de comprender por qué estas personas creen en lo que creen. Mostrar empatía. Es posible que la persona con la que hables tenga miedo y esté realmente angustiada. Ir paso a paso. Centrarse en hechos simples y en la lógica, en lugar de querer abarcar todos los detalles. No avasallar. Presionar demasiado podría ser contraproducente. Dejar tiempo para que la persona procese la información y volver a intentarlo.

¿Un tema espinoso, verdad? Por eso las recomendaciones no van sólo a la población, sino a los medios de comunicación para que hagan hincapié en los hechos esenciales y no en las teorías conspiratorias; y que cuando sea menester, expliquen de qué manera son engañosas. La comunicación social moderna sufre por esto, porque todos tenemos un sesgo y la imparcialidad es frágil.

Y encima tengo otro amigo que está convencido que los medios de comunicación colombianos están controlados en la sombra y que todo está pensado para ocultar la verdad. Complicado de rebatir, desde luego.

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