La Cumbia

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

Dos noticias que tienen que ver con el mismo tema: una entrevista en la web de Radio Gladys Palmera a Jamar Chess, representante de los derechos editoriales de Discos Fuentes, donde habla sobre como la música tropical colombiana se ha metido en un amplio abanico de series y películas de plataformas streaming como Netflix, Disney o HBO. Y por otro lado el anuncio de la ministra de Cultura de Colombia, Patricia Ariza, de declarar la cumbia como patrimonio nacional.

¿Parece algo irrelevante, verdad? Por un lado que un sello discográfico triunfe gracias a sus grabaciones de cumbia, es más bien un asunto empresarial. Pero bien visto es la imagen de Colombia la que se pone en estas plataformas, porque absolutamente todos nos sentimos identificados con Lisandro Meza o La Sonora Dinamita. Escuchar esa música en una serie es sensacional.

Y en cuanto a la declaración ministerial, llama la atención que no se haya hecho antes con todo lo que este ritmo representa. Todos bailamos en algún momento con esta música, sea donde sea. Los Carnavales de Negros y Blancos de Pasto, por ejemplo, a miles de kilómetros de la Costa Atlántica, tienen esta música como parte ineludible de los tablados populares desde que en 1971 comenzó esta «tradición».

Pero es verdad que la cumbia sufre de un estigma en este siglo XXI. Se la considera música decembrina. A ellos ayudaron, sin quererlo, los discos recopilatorios de éxitos anuales como Superbailables o 14 Cañonazos. Las canciones incluidas se asocian ahora a la novena, la navidad y el año viejo. Por esa misma razón se habla de «viejoteca», cuando en realidad se debería hablar de «bailoteca».

En fin, que al declarar a la cumbia como «memoria viva» de los músicos, compositores, bailarines, coreógrafos, luthiers y artesanos de esta expresión cultural, se constituye en patrimonio. Ojalá sirva como primer paso para una Declaración Universal de la UNESCO. Ya hubo una aproximación en 2008, y la celebración del Comité del Patrimonio Cultural Inmaterial en 2019 reiteró la propuesta. Pero estas cosas llevan tiempo y son trabajos en los que se implican diferentes gobiernos sucesivamente.

Ahora el asunto es que hay que solventar el plan de salvaguardia creado por la Gobernación del Magdalena, la Fundación José Barros y el Ministerio de Cultura, el cual incluye «talleres en los departamentos de Atlántico, Bolívar, Córdoba, Magdalena y Sucre». Pero insisto en que ver este proceso de forma tan regional, va en detrimento de la música pues la sectoriza y la hace discriminatoria. Lo nacional va del Chocó hasta el Amazonas y estoy seguro que en ambos sitios se baila y se toca, con lo cual allí también hay gente que tiene derecho a opinar y beneficiarse estos talleres. Y el mejor ejemplo es su propio desarrollo. Veamos.

Cumbia viene de cumbé, voz de origen centroafricano que significa fiesta, y en Colombia comenzó siendo una danza de seducción que con el paso del tiempo pasó a constituirse en ritmo (en 1993 anoté esto en mi libro Música del Caribe).

Pero esa cumbia, que en Colombia recibió diferentes nombres regionales como cumbia soledeña, sampuesana o cienaguera, se hizo fundamental para las grandes orquestas que se formaron en los años 40. El caso más conocido es el de Lucho Bermúdez, pero hubo varias que viajaron por todo el continente dejando una semilla de baile y encanto.

Con el paso de los años, Argentina desarrolló su propia cumbia en La Plata, muy coral y de conjunto; Perú en el límite entre la sierra y la Amazonía, más instrumental y más eléctrica; y México en el norte, más surf y más mariachi. Y de pronto había una cumbia propia para cada país, y subgéneros fruto de su mezcla con el rock, la salsa y hasta el ska.

La cumbia es el ritmo musical por excelencia de Colombia y ha sido el protagonista de una auténtica revolución musical, cuyos frutos vemos regados hoy por todo el mundo. Cito sólo unos cuantos artistas: Frente Cumbiero, Systema Solar, Cumbiamba eNeYe, Bomba Estéreo, Puerto Candelaria… Bandas que ayer eran teloneras de grandes estrellas y hoy son cabezas de cartel en cualquier festival del mundo.

Son el relevo de la generación de Totó La Momposina, quien ha dicho hace poco adiós a los escenarios, y la demostración más fehaciente que esto no es ni «viejoteca», ni música exclusiva de diciembre.

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