La “doctora” Juliana y sus privilegios: la meritocracia del afecto

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La “doctora” Juliana y sus privilegios: la meritocracia del afecto

Por: Tirso Benavides Benavides

En Colombia, el título de doctor ha dejado de ser un grado académico para convertirse en un simple pronombre de cortesía, una suerte de usted con ínfulas de nobleza. Acá se le dice “doctor” al que manda, al que firma o al que simplemente sabe acomodarse cerca del sol que más calienta, ignorando con una ligereza insultante el rigor, las vigilias y el ascetismo intelectual que exige un doctorado real. Hemos convertido el reconocimiento al saber en un accesorio de bisutería política, una etiqueta que se pega con saliva de lambonería en las solapas de quienes jamás han abierto un libro de investigación, pero que dominan el arte de la proximidad al poder.

Pero lo ocurrido recientemente cruza la frontera de la cortesía para entrar de lleno en el reino de lo absurdo.

En la Universidad Popular del César presentaron como “Doctora” —así, con una mayúscula que exhala cinismo— a Juliana Guerrero. Sí, la misma hoy imputada por fraude procesal y que saltó a la fama no por sus aportes al conocimiento, sino por el intento de usar títulos falsos para ser viceministra de la Juventud. En un hecho insólito Guerrero ha logrado recibir honores en actos académicos oficiales sin haber pisado un aula en calidad de estudiante.

Lo que deja de ser un chiste de cóctel para volverse una tragedia institucional es que este tratamiento de gala se le otorgue en la posesión del rector de una universidad, un espacio donde el esfuerzo académico debería ser la única moneda de cambio.

La meteórica ascensión de la joven Guerrero en la esfera pública es digna de una tragicomedia nacional. Su “presentación en sociedad” se dio en un consejo de ministros, un recinto de alta política donde nadie entendía qué hacía ella sentada, un acto que desde entonces demostró que su poder no emanaba de un decreto, sino de una voluntad superior.

Gracias a este respaldo incondicional, su poder y su influencia han volado alto, literalmente, a bordo de aviones de la Fuerza Armada para desplazamientos privados, y protegida por un robusto esquema de seguridad de la UNP que pagamos todos los colombianos. Mientras líderes sociales en las veredas más peligrosas del país esperan un chaleco que nunca llega, Juliana disfruta de una escolta de dignataria, tres camionetas blindadas, sin que medie un estudio de seguridad distinto a su omnipresencia en el entorno presidencial. Una particular protegida con fondos públicos.

Sobre su papel en las sombras, las escandalosas declaraciones de Angie Rodríguez, quien fuera la mano derecha del mandatario por más de un año, lo que la hace poseedora de valiosos secretos que la han mantenido en su cargo actual en el Fondo de Adaptación, han sido una radiografía de esta meritocracia del afecto. Así se dibuja el perfil de una figura que ha sabido instalarse en los pasillos del poder de la Casa de Nariño, donde las dedicatorias de libros y canciones por chat parecen tener más peso que una preparación certificada. El presidente la quiere cerca a toda costa, como el escándalo de sus cartones chimbos hizo inviable su nombramiento en el gabinete, decidió mantenerla como delegada, permitiéndole recibir honores en universidades, instituciones que ella parece conocer solo por el membrete de sus supuestos diplomas.

El mensaje que se envía a la juventud es desalentador. En el mandato que prometió el cambio, la ética ha sido asfixiada por la cultura del atajo y la trampa premiada. Juliana Guerrero personifica el triunfo de la audacia sobre la honestidad, recordándonos que un buen contacto en el círculo íntimo del poder vale más que una vida de estudio y rectitud profesional. El mal ejemplo elevado a política de Estado, la institucionalización del “todo vale” si se cuenta con el favor del monarca.

Esta no es una simple anécdota de la socialité política, es una prueba más de la debacle de la ética pública. Cuando la “doctora” de los títulos falsos se convierte en la representante del Estado ante la academia, queda claro que la única materia en que saca 5 el Gobierno es la desvergüenza.

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