La estatua de Ignacio de Loyola en Pasto no es Lenin

Desde hace años ha circulado en Pasto la idea de que la estatua que está en el frontis de la Iglesia de Cristo Rey es nada más ni nada menos que Lenin. Una leyenda urbana que ha ido creciendo, como todas, alimentada no solamente por el desconocimiento de un hecho concreto, sino por un afán real de demarcar la singularidad de una ciudad dentro del contexto nacional.

Pese a todo ello, Andrés Vallejo Erazo, maestrante en Estudios Latinoamericanos, ha publicado recientemente el artículo: “Sobre la apropiación de la escultura de San Ignacio de Loyola o el Lenin connotado” (2021), en donde con muestras fehacientes se desmiente tal creencia. Claro, el objetivo del artículo no es propiamente ese, sin embargo, se colige por todo lo dicho ahí, con pruebas documentales y fotográficas, que realmente los Jesuitas en Pasto pusieron en su templo una estatua de su santo fundador, Ignacio de Loyola, y no uno del líder bolchevique, revolucionario y político ruso Vladímir Ilich Uliánov, conocido popularmente como Lenin.

El mito surgió, quizá, gracias a la pareidolia que padeció un transeúnte en las calles pastusas, al ver en la estatua de Ignacio de Loyola al mismísimo Lenin, desatando de esta manera un proceso de circulación, apropiación y recepción frente a algo que surgió de su alteración psicológica momentánea. Entonces, se desataron toda serie de conjeturas, desde decir que el escultor era un ferviente comunista y que cubrió sus intenciones engañando así a los Jesuitas, pasando por inventar que era un encargo de Fidel Castro para Cuba y que misteriosamente la estatua se quedó en Pasto, en una Iglesia, mucho antes de la revolución cubana, hasta creer que los propios jesuitas encargaron a un Lenin y no a un Loyola.

Las botas obedecen a que Ignacio era un militar, por eso funda es una orden militar llamada la Compañía de Jesús, siendo su Prepósito General y como tal se lo representa muchas veces usando ese tipo de calzado, propio de los militares en campaña. La bandera que porta no es la de los bolcheviques o de los comunistas rusos, es la bandera de las Cruzadas, en alusión al importante papel que desempeñaron los jesuitas en la consabida contrarreforma. El escultor fue el ecuatoriano Eloy Campos Garcés, de Cuenca, a quien se le deben importantes trabajos escultóricos en la Catedral de Cuenca y en otros templos importantes de su país.

La reinterpretación de la estatua, según mi modesto punto de vista, no cae bajo los postulados teóricos de la interpretación de la decodificación, ni mucho menos con la semiología que decanta en procesos de valoración de esos mismos significados. Es fácil comprobar la multitud de artículos de quienes aseveran, fundados en sus apreciaciones personales, que el monumento es Lenin, así, de tajo, sin pruebas o fundados en el mero parecido que realmente tienen los retratos de Loyola (1491-1556) con Lenin (1870-1924), alimentando precisamente la leyenda urbana desde esas subjetividades, no con la pulsión de resignificar la estatua en sí misma, sino con el fin de demarcar la singularidad de la ciudad desde algo que para muchos sigue siendo sagrado, como lo puede ser un templo católico.

Puede que en esa resignificación muchos vean a Lenin, y que los artículos que pululan así como los guías turísticos que llevan a los foráneos para mostrarles la estatua del jefe bolchevique, pese a ello, la estatua como tal para los católicos tiene un significado determinado, cumple quizá con un papel evangelizador, como lo cumplió con seguridad al momento de empotrarse a finales de los años 40, de tal manera que como anota Andrés Vallejo: “Las nuevas atribuciones de  significado  y  sentido  que  llegan  al presente,  pueden  y  deben  concebirse  también  como  supervivencias  de  un aspecto  de  lo  pasado  que  ha  quedado sedimentado  sobre  la  imagen,  las  cuales no están sostenidas sobre un soporte material,  sino  sobre  uno  inmaterial,  es  decir,  modificaciones  simbólicas  de  su significado y sentido”, de donde se colige la importancia o el valor que cierto sector de la sociedad pastusa le da a la estatua de Ignacio de Loyola.

Hemos dicho que la intención del autor del artículo en mención no tiene como objeto demostrar si la estatua representa a Loyola o a Lenin, sino en la re-significación que la misma ha tenido con el pasar del tiempo, propiamente desde los años 80 cuando surge la leyenda; pese a ello, nos hemos tomado la facultad de reseñar aquello que demuestra que realmente la estatua representa al santo jesuita, esto radica en resaltar el interés que existe por parte de algunos habitantes de la ciudad de Pasto de demarcar su singularidad, desconociendo el papel que desempeña “el otro” dentro de la misma sociedad, extendiéndolo más allá de sus fronteras, buscando comprender que en el departamento de Nariño cohabitan diferentes culturas, lo que demarca su propia singularidad dentro del contexto de la nación.

Muchos historiadores o escritores se han quedado en el interés de mostrar la supuesta validez del realismo pastuso, a veces rayano en el fanatismo, desconociendo que dentro del mismo territorio se dieron diferentes procesos que no han sido estudiados o han sido subvalorados, esto, como una antesala de lo que viene en este 2022: el bicentenario de la batalla de Bomboná, el bicentenario del asesinato de la joven patriota ipialeña Josefina Obando y el bicentenario de la navidad nefasta, efemérides que esperamos nos unan como nariñenses desde el respeto por las alteridades y desde el sentido crítico que nos debe ser también consustancial.

 

El escultor de Ignacio de Loyola

Ignacio de Loyola, monumento.

Ignatius the Pilgrim. Loyola House, Ignatius Jesuit Centre

Ignacio de Loyola, Sevilla.

Verdadera imagen de S. Ignacio, con armadura militar. Anónimo del s. XVI, escuela francesa.

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