La Mona, una crónica en homenaje a las tiendas de barrio

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Por: Tirso Benavides Benavides

No tengo idea de por qué en Colombia nos dio por llamar «mono» o «mona» a cualquiera que atienda detrás de un mostrador, sin importar si su cabello tira a azabache. Pero La Mona, la protagonista de esta historia, rompe la regla siendo la excepción. Ella sí que lo es, mona de verdad y con unos ojos azules que no son comunes por estos lares. Es mi Mona, la de la esquina, la testigo del vaivén del barrio.

Su vida es un reloj que no conoce pausas. Antes de que las siete de la mañana terminen de espantar el frío de Pasto, ella ya abrió las puertas y barrió las gradas, y su jornada no da tregua, hasta casi rozar la medianoche. Su día transcurre tras unas rejas necesarias, una frontera de hierro que la inseguridad impone pero que no logra enfriar su calidez. Desde allí gobierna un universo atiborrado donde conviven el brillo rojo de las Coca-Colas, los paquetes de papas Margarita, los bombombunes que ahora vienen de todos los colores, milhojas, bocadillo veleño, productos de aseo y las botellas de Aguardiente Nariño que esperan el turno de la noche, un micromundo de colores y marcas populares que ella domina a la perfección.

La esquina del barrio Paraná donde está el negocio es estratégica, a un paso de la Mariana y de ese circuito universitario que le inyecta sangre joven a la cuadra. Por eso, cuando las aulas dan un respiro, las escaleras se llenan de muchachos que buscan el refugio de su hospitalidad para refrescar el día con una Club Colombia o una Águila helada antes de volver a clases, sabiendo que en ese mostrador siempre serán recibidos por la mejor anfitriona del sector.

Para que no queden dudas de la estirpe, el letrero de la entrada reza «Las Monas», un plural que delata que lo suyo no es un accidente, sino una herencia de sangre. Para ella ser tendera es una tradición familiar, una vocación compartida con varios hermanos que regentan otros locales en el mismo cuadrante, como si se hubieran repartido el mapa para proveer el consumo cotidiano de la zona bajo un mismo sello de confianza.

La Mona conoce al barrio entero y sus secretos valen oro, aunque en su boca están más seguros que en una caja fuerte. Ella observa, anota en la memoria y sonríe con una discreción infinita, consciente de que lo que compramos nos desnuda por completo. Sabe quién prefiere el ron al aguardiente, quién fuma para hacer humo las penas o quién se ha pasado a los vapeadores modernos, y guarda el secreto de aquel vecino casado que compra unos condones innecesarios teniendo en cuenta que su esposa tiene ligadas las trompas, con el mismo celo de un confesor. Es la mayor experta en mercadeo que conozco, alguien que lee el alma humana a través de los gustos y los antojos de sus clientes.

Es también la única que conoce la verdad de las finanzas locales, desnudando las apariencias de aquellos que caminan mirando por encima del hombro. Sabe, por ejemplo, que ese vecino al que todos llaman «doctor» arrastra una deuda eterna que ella anota con un bolígrafo gastado en su cuaderno de contabilidad a la antigua. Es el viejo milagro del gremio, el «fiado», esa red de salvación que convierte a las tiendas de barrio en el único banco que financia el día a día y la canasta básica de la gente común, basándose solo en el valor de la palabra.

Nos conocemos hace casi una década y su «¿cómo está, Don Tirso?» es, muchas veces, el puente más sólido que tiendo con el mundo exterior en medio de mi rutina solitaria rodeada de dos gatas y de mil libros. La Mona sabe de mis andanzas, conoce a mis amigas y sabe jugar a la complicidad con una gracia única, pero lo que siempre llevaré grabado en el corazón es que hace años, en mis épocas de tragos duros, se plantaba con firmeza y se negaba a venderme el brandy con el que solía castigar el cuerpo, demostrando que le importaba más mi salud que el dinero que yo llevaba en el bolsillo.

Podrán poner supermercados gigantescos a la vuelta de la esquina, como aquel desaparecido Andino, pero sé que jamás cambiaré el mostrador de La Mona por la frialdad de un pasillo iluminado con luces de neón y la indiferencia de una cajera que no tiene ni idea de quien soy. Como yo, somos muchos los que seguimos buscando el calor de un saludo genuino y la complicidad de una mirada conocida por encima de cualquier oferta masiva.

Al final del día, La Mona es mucho más que la mujer que nos provee nuestras necesidades del día a día, es el retrato de miles de pequeños comerciantes que sostienen a pulso la economía popular de Colombia. Su esquina no es solo un negocio de abarrotes, sino el tejido invisible que humaniza las ciudades, recordándonos que mientras existan las tiendas de barrio, nunca estaremos del todo solos en la cuadra.

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