Por: Tirso Benavides Benavides
El haz de la linterna nunca sube de las llantas. Esa es la primera regla, la más elemental de las cortesías en este rincón de la carretera. Cuando un vehículo dobla desde el asfalto frío de la Panamericana y encara la entrada, el hombre que aguarda en la penumbra no busca la mirada del conductor ni intenta adivinar la silueta del copiloto. Su atención se concentra en guiar el coche hacia la suite asignada, esa es su misión, asegurar que los neumáticos encajen perfectamente en el garaje, antes de que la pesada puerta metálica se cierre en seco.
El hombre se llama Willy, como la famosa orca de las películas. Su nombre combina con su anatomía. Es un bloque de carne maciza cuya robustez, lejos de evocar torpeza, impone la solemnidad de un cetáceo que domina su elemento. Su gordura le otorga la autoridad necesaria para el cargo, es el Cancerbero de este laberinto de cemento y neón, un guardián que custodia la frontera donde Villaviciosa, nuestra pacata ciudad, se quita la máscara.
A diferencia de los recepcionistas de los hoteles convencionales, atados a un libro de registros y al escrutinio de las cédulas, Willy solo ve las caras y orienta. No es el encargado del cobro pero si de dar la salida tras el reporte del paz y salvo. En la sofisticada arquitectura del desapego que define a los moteles colombianos, el cobro es un asunto incorpóreo. Ocurre al fondo de la habitación, a través de un torno de madera —un buzón giratorio y ciego— por donde unas manos anónimas que depositan los billetes, reciben el cambio y, por supuesto, recogen botellas de licor, las comidas y hasta los juguetes sexuales que ofrecen sus catálogos.
Willy es el único par de ojos vivos que atestigua el ingreso. Él es el filtro humano, los demás empleados son sombras que operan tras telones. Por eso, su silencio no es una política laboral, es un voto sagrado, un juramento de confesor que resguarda los secretos de alcoba de este pueblo grande.
A las tres de la mañana, la Panamericana es una franja desolada por la que bajan los vientos helados de la cordillera. Es la hora floja, el momento en que el flujo de clientes se detiene y la noche se estanca. Willy inicia entonces su ronda de vigilancia por los pasillos internos, arrastrando su cansancio. Huele a una limpieza obsesiva y química, el olor penetrante del Clorox industrial que las camareras esparcen sobre las sábanas como un borrador de evidencias, un aroma que intenta sofocar los rastros del sudor y los fluidos del turno anterior.
Debajo de ese vaho de desinfectante, el aire transporta el zumbido abrumador de los motores de los jacuzzis, una vibración mecánica que estremece las paredes de las habitaciones vacías y que, de tanto en tanto, se ve interrumpida por el eco amortiguado de algún gemido que escapa por las rendijas de ventilación.
En ese cuaderno invisible que Willy repasa en su memoria, la madrugada no es homogénea, el amor clandestino asume diferentes formas.
El primer turno pertenece a los dueños de la luz del día. Entre las diez de la noche y la medianoche, el motel recibe carros de vidrios polarizados que entran con una prisa que roza la imprudencia. Al bajar la ventanilla para solicitar una habitación con sauna, el destello efímero de la luz interna del vehículo delata los rostros de la Pasto burguesa: el funcionario público, el comerciante próspero, el profesional de renombre. Para ellos, el motel es un instrumento de amnesia selectiva. Pagan por desaparecer del mapa social durante algunas horas, y el silencio de Willy es la garantía de que esa desaparición será perfecta. “Con una vez que uno hable, se cae el mundo”, murmura Willy bajo el amparo del anonimato que ha pactado para esta entrevista. Sus jefes no saben que ha soltado la lengua, y el mundo, por ahora, sigue en su sitio.
A medida que la noche avanza, el desfile se vuelve más heterogéneo. La linterna de Willy ve ingresar los taxis en que arriban las prepago junto a sus clientes de turno, una transacción rápida donde el tiempo se mide con taxímetro y tarifa fija.
Pero el callejón interno del complejo “motelero” también ampara otras libertades: parejas del mismo sexo que encuentran tras estas puertas blindadas el único espacio seguro en una sociedad que todavía los señala en público, o matrimonios legítimos que escapan de la rutina doméstica y del llanto de los hijos en busca de un oasis de privacidad de pocas horas.
Ante los ojos de Willy, todos los cuerpos pesan lo mismo; la clandestinidad democratiza los deseos.
Sin embargo, el fenómeno más complejo de la madrugada ocurre en las habitaciones múltiple. Los moteles modernos dejaron de ser nichos exclusivos para dos. Es frecuente ver llegar camionetas o varios taxis compartidos de donde desciende un cupo completo de amigos que usan estos cuartos grandes no con fines estrictamente sexuales, sino como el remate definitivo de la rumba urbana. Entran cargados de licor, buscando un espacio donde la música no tenga el límite de volumen de un apartamento y donde no haya que rendir cuentas a los vecinos.
A las seis y media de la mañana, el cielo sobre el Valle de Atriz empieza a aclararse con un tono grisáceo y a tono con el frío. Las puertas de los garajes ocupados comienzan a abrirse de manera intermitente, como párpados pesados que se abren tras la fiesta, bajo la supervisión y autoridad de nuestro personaje. Los vehículos salen de reversa, despacio, mostrando sus placas limpias y sus vidrios empañados antes de reincorporarse al tráfico pesado de la Panamericana de retorno a sus vidas cotidianas.
Willy apaga su linterna y la guarda en el bolsillo de su chaqueta térmica. Su turno ha terminado. Cuenta los últimos movimientos en su mente, se asegura de que todo quede en orden y se dispone a salir a la luz pública. En unos minutos abordará su moto rumbo a Pasto, en el tráfico de hora pico se mezclará con los trabajadores de madrugón y circulará entre los mismos ciudadanos cuyos secretos más íntimos resguarda cada noche. Nadie lo mirará dos veces, para la ciudad diurna, Willy es solo un hombre gordo que regresa a casa a dormir, pocos saben que es el guardián de un reciento del placer cobra vida cuando se apaga el sol.




