Manuel María Rodríguez, el humanista sin sombras

13 visitas

Compartir artículo en:

Pablo Emilio Obando A

El presente artículo tiene como punto de partida el libro “Desde la Cumbre”, del humanista Nemesiano Rincón, obra que rescata y exalta la vida, la trayectoria y el legado de destacadas personalidades que contribuyeron al desarrollo histórico, político, social y cultural del departamento de Nariño.

Al mismo tiempo, este trabajo constituye un esfuerzo de reconstrucción de un artículo publicado hace más de tres décadas en “Diario del Sur” por el periodista Nelson Ovidio Obando Hernández, cuyo contenido estuvo dedicado a exaltar y rescatar la memoria del doctor Manuel María Rodríguez, figura fundamental entre los gestores e impulsores de la creación del departamento de Nariño.

Con sincera humildad, debemos reconocer que, por esos descuidos familiares tan dolorosos como imperdonables, buena parte de los archivos periodísticos de Nelson Ovidio Obando Hernández se extraviaron con el paso del tiempo. En consecuencia, las páginas que siguen no pretenden reproducir fielmente aquel texto original —empresa hoy imposible—, sino ofrecer una aproximación respetuosa a su contenido, apoyada en la memoria, en las fuentes históricas disponibles y en el valioso aporte bibliográfico de Desde la Cumbre.

Este ejercicio es, ante todo, un homenaje a la memoria periodística de Nelson Ovidio Obando Hernández y, de manera especial, un reconocimiento al legado histórico del doctor Manuel María Rodríguez, cuyo nombre permanece ligado a uno de los acontecimientos más trascendentales en la construcción de la identidad y la institucionalidad nariñenses.

​A lo largo de las primeras décadas del siglo XX, el foro parlamentario colombiano albergó a intelectuales cuyas intervenciones no solo guiaban la legislación del país, sino que moldeaban la identidad cultural y regional. En este escenario destaca la figura del doctor Manuel María Rodríguez, humanista, jurisconsulto y orador nacido en Pasto el 7 de enero de 1868, hijo de Eleázaro Rodríguez y Sixta Paredes.

​Su vida pública articuló un compromiso profundo con la causa regional nariñense con una presencia influyente en la alta política bogotana. El análisis de su vida y obra permite comprender el papel que jugaron los pensadores de las regiones en la configuración del Estado nacional y en los grandes debates de la época.

​I. Entre la Historia y el Territorio: La Creación de Nariño y el Enclave de Pasto

​Uno de los momentos constitutivos en la carrera parlamentaria del Dr. Rodríguez fue el impulso al proyecto de ley para la creación del departamento de Nariño. Los debates parlamentarios no solo abordaron aspectos geográficos, fiscales y administrativos, sino también tensiones simbólicas e históricas profundamente arraigadas.

​En el marco de las discusiones sobre la denominación de la capital sureña, surgieron propuestas encaminadas a rebautizar a Pasto bajo los nombres de Nueva Esparta —en alusión al heroísmo militar y a la disciplina demostrada en las conflagraciones decimonónicas— o Granada.

Ante la vacilación de las delegaciones en el Congreso, la consulta elevada al filólogo y estadista Miguel Antonio Caro zanjó la disputa con una sentencia categórica:
​«Si yo fuese hijo de esa ciudad que tiene tanta historia, no le dejaría cambiar el nombre por ningún otro.»

​Esta intervención preservó la denominación histórica de la capital nariñense y reafirmó la singularidad identitaria de la región dentro de la arquitectura constitucional de la República.

​Paralelamente, Rodríguez intervino en el plano de las ideas al valorar críticamente la producción historiográfica de su tiempo. Ante la polémica suscitada por la obra revisionista de José Rafael Sañudo sobre Simón Bolívar, Rodríguez dio cabida al debate erudito, reconociendo tanto la severidad de los juicios de Sañudo como las posturas de pensadores de la talla de Luis Eduardo Nieto Caballero —quien tildó de calumniosas algunas de sus tesis— y de Agustín López de Meza.

​II. El Foro Senatorial y la Oposición al Protocolo de Río

​El ejercicio parlamentario de Manuel María Rodríguez se extendió por más de tres décadas en el Congreso de la República. Su oratoria en la Cámara Alta se caracterizó por una sobria elocuencia que la crítica periodística contemporánea describió como un tránsito reflexivo: desde un tono moderado y confidencial en el exordio hasta la fuerza de una convicción volcánica en la defensa de los principios.

​Hacia el final de su vida, su participación en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado cobró singular trascendencia histórica durante la revisión del Protocolo de Río de Janeiro (1934-1935), firmado tras el conflicto fronterizo con el Perú. Frente a las exposiciones del canciller Roberto Urdaneta Arbeláez, el senador Rodríguez adoptó una posición de abierta impugnación al tratado. Argumentó la necesidad de sostener las tradiciones pacifistas y la soberanía de la nación sin concesiones que vulneraran la dignidad republicana, manteniéndose firme en su postura hasta sus últimos días.

​III. La Ceguera, el Estoicismo y el Mito Republicano

​En el tramo final de su vida, el Dr. Rodríguez enfrentó la pérdida total de la visión. Lejos de replegarse en el retiro, su limitación física no interrumpió su asistencia regular a las sesiones del Capitolio Nacional. Apoyado por su esposa, por sus hijas y por su hijo —quien le servía de lazarillo—, continuó desempeñando sus funciones legislativas. Esta imagen llevó a diversos cronistas y colegas a evocar la figura de los senadores de la Roma clásica o la devoción filial de Antígona.

​Intelectuales contemporáneos como Luis Eduardo Nieto Caballero plasmaron en las páginas de El Tiempo la singularidad de su presencia en la vida pública:
​«Los ojos, que se le habían cerrado a la luz desde hace tantos años, acaban de abrírsele a la deslumbradora claridad prometida… Este gran hombre de bien que fue el doctor Manuel María Rodríguez, entra en la historia después de haber escrito páginas luminosas en nuestra vida republicana.»

​Por su parte, Antonio Gómez Restrepo destacó la sobriedad, la cultura humanística y el apego a los principios éticos que orientaron su conducta en momentos de alta polarización política.

​IV. La Elegía de los Pares: El Homenaje de Laureano Gómez y el Juicio Ético

​El fallecimiento de Manuel María Rodríguez, ocurrido en Bogotá el 18 de septiembre de 1935 en la Clínica Marly, movilizó a los principales sectores políticos e intelectuales del país. El Gobierno Nacional dictó decretos de honores y el Partido Conservador emitió resoluciones de duelo, mientras periódicos como El País y La Patria resaltaban su partida como la de uno de los «padres de la Patria».

​Entre los discursos fúnebres pronunciados en su honor, destaca el del dirigente Laureano Gómez, quien exaltó ante sus despojos la coherencia ética de su vida pública y privada:
​«Desfilan ante nuestra memoria tantos recuerdos grandes… Ora nos aparece el caballero que amolda su vivir a reglas inobjetables y tan austeras que no permiten sobre su conducta tacha ni sombra… el hijo amantísimo de una comarca lueñe y risueña y de una ciudad callada, laboriosa y fecunda… dando la demostración, no frecuente, de que el éxito no está reñido con la probidad.»

​Este reconocimiento evidencia cómo, por encima de las divisiones partidistas, su figura encarnó un consenso excepcional en torno a la dignidad del servicio público.

​V. La Pedagogía del Infortunio: El Triunfo de la Fuerza Moral

​El desenlace de la biografía de Manuel María Rodríguez adquiere una dimensión filosófica de marcada impronta estoica. Al ser privado de la vista, no cedió al desaliento; por el contrario, reemplazó la luz física con el ejercicio pulcro de su inteligencia y el rigor doctrinal.

​Como señala Nemesiano Rincón, la autoridad moral de Rodríguez no emanaba de la figuración ruidosa ni de la fuerza física, sino del apego irrestricto a las normas éticas. Su magisterio demostró que la influencia política perdurable se construye sobre la probidad, la templanza y el respeto por las instituciones.

​El legado del Dr. Manuel María Rodríguez trasciende la crónica parlamentaria de principios del siglo XX para situarse en la génesis misma de la institucionalidad nariñense moderna. Su significación histórica, cultural y política para el departamento se condensa en tres ejes fundamentales:

​Arquitecto de la Institucionalidad Regional: En el ámbito político, Rodríguez fue el principal gestor parlamentario en la creación del departamento de Nariño. Su liderazgo permitió articular los intereses del sur en la capital y dotar a la región de una estructura territorial propia, garantizando al mismo tiempo la preservación de la memoria histórica de Pasto.

​Puente Cultural entre la Provincia y la Capital: En el plano intelectual, encarnó al humanista de provincia capaz de debatir en igualdad de condiciones con las élites literarias y políticas de Bogotá. Su intervención en temas de trascendencia nacional —como el debate historiográfico sobre el Libertador o la política exterior colombiana— situó el pensamiento sureño en el centro de las deliberaciones de la República.

​Para la memoria histórica de Nariño, la figura del Dr. Rodríguez permanece como un referente del carácter civilista: erudito, severo en sus principios, respetuoso del contradictor y dotado de una fortaleza moral ejemplar ante la adversidad. Su vida sintetiza la vocación de servicio a la comarca natal y a la nación sobre las bases de la cultura, la probidad y la dignidad republicana.

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES