La oralidad negra

La primera muestra de la oralidad negra en el Pacifico sur se da con la narración de rituales, leyendas, cuentos, décimas, entre otros. La segunda señal es la forma de conversar entre los interlocutores que son miembros de su misma etnia y familia, en los momentos alrededor del fuego del hogar, en las largas jornadas de pesca en el mar, y en el duro trabajo en la selva profunda. La tercera manifestación es el habla popular, en la que se usan expresiones propias del litoral para comunicarse.

El alabao (Ritual)

¿Qué hago aquí guardado en un cajón de madera colocado encima de la mesa, mientras escucho que a mi última mujer la está enamorando en la cocina el malnacido de mi compadre.

¿Y, a la vez oigo que entre mis dos mejores amigos están dirimiendo una deuda por que uno de ellos dice que la mandó a pagar conmigo, y al final percibo como mi segunda mujer en su borrachera les dice a todos los familiares y vecinos que yo era malo para el catre?

Parece que me están velando porque presumen que estoy muerto, y han colocado medio vaso de agua para que calme la sed en mi viaje eterno. Esto se dio después de recorrer el monte y  visitar a mis tres mujeres, de reconocer a los veinte hijos que tuve con ellas, y beber en cada parada un botellón de ron. Al terminar este periplo conyugal todos creyeron que estaba muerto y llegó a mis oídos que mi última mujer pensó que me había ido de este mundo, me encerró en esta caja mortuoria, y de alebrestada me preparó un alabao.

Ahora trato de recordar cómo empezó la celebración de este ritual: Primero me lavaron el barro que traía impregnado en la ropa, luego me bañaron con sahumerio, enseguida me enjuagaron la boca con yedra, y con el zumo de ésta me untaron todo el cuerpo para que no hediera durante el tiempo que iba a durar el lloro. Y yo no quería sentir a mis tres mujeres juntas porque se armaba la del diablo; tuve que esperar que llegaran con la recua de hijos, las libras de café, cigarrillos y ron para ofrecer a los asistentes, y hasta trajeron cerdo para la última noche; toda esta parafernalia para que <<Dios me saque las penas>>.

¿Penas de qué?, si lo que tengo es rabia por tenerme aquí acostado con el vestido de paño que había guardado para la fiesta del Nazareno de Payán; y más bronca aun la que me da  porque a los zapatos que no me había estrenado les abrieron unos huecos para que pudieran respirar los juanetes que poseo. De haberlo sabido no me las hubiera dado de difunto.

Difuntos es que van a quedar cuando me vean levantar de este cajón, después de haberme rezado, cantado, llorado, y bebido tres días completos. A la primera que voy a zarandear es a mi segunda mujer por levantar falsos testimonios, y sobre todo por ponerme de burla en la boca de los parientes. Dizque soy malo para el catre, y ¿no ve los veinte muchachos que les engendré? A los amigos de la deuda los dejo que se sigan peleando, pero al que no lo perdono es a mi compadre, mi compadrito del alma. ¿Cómo se le ocurre enamorar a mi última esposa?, ha debido esperar a que me echaran al hueco bajo tres capas de tierra.

Tierra es la que va a comer toda esta caterva de descarados. Nunca se había visto que un alabao durara más de dos días, y ya se han gastado tres. Es el colmo de la pesadez. Ya me voy a levantar para que ahora si lloren de verdad, y no fingidos por un trago de ron.

Cogeré mi machete, perseguiré a mi compadre si es posible hasta la selva profunda, y cuando lo atrape le daré machetazo limpio, lo traeré al pueblo, alegaré que todo fue producto de la ira e intenso dolor, pagaré la celebración de su velorio, todo esto, después de levantarme de la catalepsia en que me ha mantenido durante este tiempo la intoxicación que me produjo el exceso de ron.

Esa Negra Linda Camará (Leyenda)

Cuenta la leyenda, que en el pueblo hubo una negra hermosa “con dos chontaduros de caucho que le cimbraban en el pecho, y sonrisa perlada de tagua”, cuyo sino fue la desgracia en el amor, por haber invocado sus padres a la diosa Oshun de la Santería, para que la niña naciera bella, y no fea como el bembón de su hermano mayor.
A Oshun no le gustó la actitud de los padres, dado que ella como diosa de la fecundidad, el amor, y la belleza, era la única que decidía la fisonomía de los demás seres terrenales, y no necesitaba que la invocaran para esos menesteres. Sin embargo, quiso perdonarles la osadía, y mandó a este mundo a esa hermosura del monte soberano. Los padres sabían, que cuando Oshun reía auguraba una desgracia, así que evitaron que cualquier hombre se le acercara a cortejarla hasta que no fuera una señorita.
El pueblo estaba cerca de las riquezas del mar, del rio y del monte. A los años, corrió por todos los confines, el mensaje de que Tomasa estaba en “la edad de merecer”. Entonces, aparecieron cientos de pretendientes, de los cuales solo quedaron: un pescador, un agricultor, y un minero.

A cada uno se le dio la oportunidad de mostrar sus mejores galas, y fue así como se presentaron ante los futuros suegros:
-Yo soy Antonio, pescador de oficio, tengo mi potrillo y mi atarraya. Todas las mañanas a las cinco me voy al mar abierto y al declinar el día traigo el producido de mi pesca, lo vendo en la galería, y sepan que todos los días dispondré de dinero para satisfacer a la señorita Tomasa.
-Me llamo Francisco, poseo mi parcela cultivada con tagua. Vendo cada semana mis tres quintales de semillas, y no me faltará la plata con lo que daré buena vida a su hija.
-Me presento, soy José, el dueño de la mina de oro, les traigo a regalar tres cadenas para que vean que la plata y el oro me sobran, y no muestro más cosas porque la primera impresión es lo que vale, para tranquilidad de todos ustedes.

Los padres de Tomasa volvieron a invocar a Oshun para que su hija tomara la mejor decisión en ese entuerto amoroso. La diosa que representaba la lucha por la vida, y era la dueña del río y del mar, les recomendó que averiguaran sobre el presente sentimental de cada uno, porque ya sabía que el pescador y el minero eran enamorados de varias mujeres a la vez, y que los agricultores hacían trabajar mucho a la esposa, y no le compraban ni ropa.
También, la diosa sugirió que les hicieran la prueba de valentía y fidelidad. Al pescador lo retaron que trajera la concha de nácar más hermosa de la mar, parecida a la que sirvió de cuna a Oshun. Al agricultor le pidieron conseguir la semilla de tagua más blanca que el armiño, y al minero le solicitaron un brazalete de oro que jamás se hubiese visto en el pueblo.

Cada pretendiente trató de cumplir con la responsabilidad asignada: el pescador salió a la faena una madrugada y jamás regresó, y todos en el pueblo comentaron: “el mar da y quita”. El agricultor que estaba borracho, se hizo presente solo con un quintal del marfil vegetal, porque antes había dejado dos quintales en la casa comercial y se los habían pagado con guarapo y dormida en el desembarcadero; todos en el pueblo exclamaron “para beber si tiene”. Al final, el minero no pudo volver, porque las tres mujeres que tenia se dieron cuenta de sus intenciones con Tomasa, y le hicieron bilongo con un brebaje de pildé y amansa guapa, para que se olvidara de esa negra linda camará que lo tenía loco, tan loco que ya se había hecho forrar con oro los dientes del frente. En el pueblo todos murmuraron “el oro no es para la gente de mala voluntad”.

Descontentos, los padres decidieron enviar a su hija a la capital, a casa de sus tíos, quienes se habían ido a vivir allá a raíz del incendio que casi acaba con el pueblo. Tomasa, que había nacido con el atributo de conquistar con su belleza a cualquier hombre, triunfó en la capital como modelo y presentadora de televisión, pero no encontró el amor, a pesar de que le llovieron muchos pretendientes.
Desesperada por esta situación, regresó al pueblo, para ver si invocando a Oshun se le endulzaba la vida. Una tarde, se metió en el río hasta que las últimas burbujas de su aliento llegaron a la superficie, y no volvió a salir. Cuentan los pescadores que cuando les coge la noche en el sitio donde confluye el río con el mar, se oye el llanto de Oshun, porque Tomasa y Antonio conviven en la profundidad, y se convirtieron en Orishas…

El ombligado (Cuento)

El día que Cipriano Castillo se fue a vivir con su prima Ernestina, todos en la vereda Dosquebradas pronosticaron que alguna maldición les iba a caer. A los nueve meses de estar conviviendo, la esposa, dio a luz a un robusto niño, que para asombro de la partera apareció con una protuberancia en el ombligo. Asustada, la partera recordó cómo el oráculo popular había acertado en el vaticinio. De manera rápida, Cipriano tomó la placenta y el cordón umbilical, y los enterró debajo de la raíz de la palma de naidì, que tiempo atrás habían escogido, siguiendo el ritual de sus ancestros.

A los veintiún días, Ernestina se preocupó porque al bebé nada que se le caía el muñón. Entonces, hizo llamar a la partera para que ejecutara la segunda parte de la ombligada. De manera diligente ella atendió el llamado, y enseguida mandó a buscar con Cipriano y sus vecinos una telaraña de tarántula, que utilizaría para desinfectar la cicatriz con su polvo molido, y dar un masaje curativo para su bienestar y alejarle los maleficios. También, pidió que le trajeran el animal cuyas cualidades aguerridas forjaran en un futuro el carácter al recién nacido.

Todo estaba dado para que las cosas no salieran bien. Al rito le trajeron telaraña de arácnido doméstico, porque les dio miedo que los picara la tarántula, y como no encontraron en el monte al puma, le presentaron un burro. Con todos los diablos adentro, no solo por las perversas consecuencias para el niño, sino para la credibilidad de ella en la comunidad, la partera punzó con una aguja de tejer el ombligo, pero el bulto carnoso no disminuyó.

En su infancia, Críspulo Castillo no tuvo problemas para cubrir el cartílago pegado a su barriga, puesto que la mamá lo fajaba con abundantes vendas. Los inconvenientes empezaron en plena juventud, cuando vieron que el muchacho no estaba crecido lo suficiente para su edad, y además se le había despertado la pasión por la vecina Teodomira, quien no solo era acuerpada, sino que más alta que él.

La primera vez que salieron a bailar, Críspulo tomó sus precauciones; solo echaba pasos de lejos sin acercarse a ella; pero el mundo se le vino encima, cuando al calor de los tragos, Teodomira lo invitó a bailar un bolero de Daniel Santos. Al ritmo del primer amacice, ella palpó que su parejo estaba bien dotado, pero de una manera particular, puesto que sentía como punzadas que le subían hasta la zona pélvica, causándole un malestar inusitado. Fue cuando, ella enojada le dio una cachetada por atrevido, y le pidió explicación por tamaña desmesura. Apenado, Críspulo no musitó palabra alguna, se retiró del baile, y nunca más la volvió a cortejar.

Alejado de las mujeres, Críspulo se dedicó al estudio por completo, e ingresó a la Universidad en el país vecino, con el fin de encontrar cura para su deformidad con los conocimientos adquiridos; con tan mala fortuna que no pudo pasar del primer semestre de Medicina, a pesar de, haber intentado culminar con éxito, y tuvo que desechar cualquier propósito de estudios profesionales.

Preocupados los padres por la racha de mala suerte de su hijo, trataron de encontrar la razón para tanta desventura. Acudieron a los servicios de la partera que ya estaba muy anciana, y ella les recordó el momento del nacimiento del niño, y las ombligadas que hizo. Comentó con detalles lo de la maldición; les dijo que todo lo que sembraran en su parcela no lo cosecharían; que el muñón acompañaría a Críspulo toda la vida, y que el joven era bruto por aparecer aquel día su papá Cipriano con un burro.

La suerte de Crìspulo tenía que cambiar de alguna manera, Por esos días, en la vereda Dosquebradas se presentaba un circo ambulante de mala muerte, cuyo especialidad era la de presentar los fenómenos humanos como el hombre cangrejo, el acróbata sin piernas, el joven de las dos cabezas, el niño con cara de perro, y el favorito del público que era la mujer fornida, quien con el trasero paraba las enormes balas de goma disparadas desde el cañón de aire comprimido, debido a que en la función de hacía varias semanas, el hombre bala al ser expulsado por el cañón, se había fracturado las costillas al aterrizar en la alberca vacía, que no había sido llenada con el agua respectiva por descuido del ayudante de patios del circo.
Al enterarse del fenómeno del ombligo de Crìspulo, el dueño del circo lo convidó a hacer parte del espectáculo. Como no conocía otra forma de ganarse la vida, y no estaba contento con su día a día, Crìspulo aceptó el empleo, sin saber que su secreto se iba a descubrir, y que los asistentes a la función lo iban a mirar con horror y hasta con cierto temor. La noche de su debut, el presentador oficial lo anunció así: “Señoras y señores vean lo que debería quedar oculto y secreto, pero que el destino lo ha obligado a hacerlo. Estimado público, observen la miseria ajena que forma parte del gusto interno de la gente como ustedes que no la sufren. Con ustedes, el hombre con el ombligo más grande del mundo…”
Con el torso desnudo y la cabeza encapuchada, Crispulo apareció en la pista, y el presentador invito a tres espectadores para lanzar argollas de plástico y enchoclar en su alargado pupo. Las primeras funciones las aguantó porque nadie logró acertar la metida de las argollas, a pesar de los moretones provocados por los golpes recibidos. Pero el espectáculo se acabó aquel fin de semana, que un obeso practicante del juego de sapo dio en el blanco, y lo condicionaron a soplar el ombligo de Crispulo para recibir el premio. Era demasiada ignominia para el artista, además que el público exigió que le quitaran la capucha. Enseguida, Crispulo, raudo se puso la camisa, pidió el dinero por los servicios prestados, y se marchó a la parcela que le habían regalado sus ancianos padres.

Al cabo de los años, Críspulo murió cuando un falso Cirujano Plástico y Reconstructivo que andaba en la brigada de salud municipal por la vereda Dosquebradas, y solo rebanaba tetas y colas al por mayor y al detal, le arrancó de un tajo la protuberancia carnosa, y no pudo detener el chorro de sangre que le brotó en grandes cantidades.

El día de su entierro, cuentan los vecinos que, en la parcela de Cipriano y Ernestina, a la palma de naidì le florecieron cinco racimos de la pepa morada.

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