Las fallas de Pasto

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

Las Fallas de Valencia son las grandes fiestas de la ciudad mediterránea y al igual que los Carnavales de Pasto son Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Su programación es más ferial que carnavalesca, pero tiene dos elementos comunes a las fiestas pastusas: las figuras artesanales a gran escala y la pólvora.

Esas figuras se llaman «fallas», representan de manera humorística hechos cotidianos, y son verdaderas otras de arte, al igual que las nuestras, aunque el material utilizado sea distinto. En Valencia se suele usar el poliestireno expandido y en Pasto es más común el cartón. Eso si, en ambas ciudades los armazones son de madera.

Pero en Valencia, las fallas son estáticas. Se ubican en cada barrio y la gente va allí a admirarlas, en tanto que en Pasto se convierten en carrozas que desfilan. Bueno, hasta ahora que se ha hecho un pasaje de una manera similar a la valenciana. Sólo que al final de las fiestas, las fallas se queman en una jornada llamada La Nit de la Cremà.

En síntesis, las fallas vienen a ser una mezcla de carrozas y años viejos, y posiblemente la influencia de sacerdotes valencianos de diferentes comunidades haya ayudado a forjar las tradiciones pastusas. Las primeras referencias de Las Fallas datan de 1774, las de los Carnavales de Pasto de 1851, aunque los desfiles de carrozas sólo desde 1920.

Los años viejos nos obligan a hablar de pólvora. No es que la tradición la incluya. Los años viejos originales simplemente se quemaban, pero con el paso del tiempo «totear» nuestro muñeco más duro que el del vecino, hizo escuela. Y así llegamos a lo que somos hoy.

La pólvora en Valencia si que es una tradición; nueva pero tradición al fin y al cabo. Tanto que todos los días hay una hora dedicada a ella: La mascletà, que proviene de un tipo de «papa» o petardo llamado masclet. ¡Es tremendo! La Plaza del Ayuntamiento parece levantarse cuando alcanza su máximo estallido gracias a más de cien kilos de pólvora. Los corazones laten a mil y los valores de ruido alcanzan los 120 decibelios.

Se dice que la primera mascletà se hizo en 1945, cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, aunque el hecho de hacer ruido para celebrar es algo que viene desde las batallas navales del Siglo XVI.

En fin. Resumamos que Las Fallas de Valencia tienen un presupuesto de 2,5 millones de euros, de los cuales 300.000 son para las 19 mascletás; o sea, el 12%. Aquí no existe ese rubro. Los 5,000 millones de pesos para el Carnaval se reparten entre diferentes rubros de la fiesta, sin contar la pólvora. Pero pólvora hay y mucha.

La legalización y permisos para fabricar pólvora es algo que se tomó en cuenta hace mucho tiempo en Valencia. Está reglamentado. En Pasto también, aunque las medidas fueron más tardías. Tuvo que suceder una tragedia para que se apurara la persecución a los fabricantes ilegales de «papas». Y aún sigue habiendo.

Pero ni Valencia ni Pasto han encontrado una fórmula adecuada para enseñar a manipular. No sólo eso, sino que a la capital de Nariño este asunto se le ha ido de las manos. El índice de lesiones por pólvora el 1 de enero de 2022 superó en un 135% al del año pasado, siendo Pasto la ciudad colombiana más afectada. El 2 de enero había un acumulado de 131 personas lesionadas.

No hay una enseñanza sobre su manejo, pero debería haberla más allá del consejo del Gobernador, del Alcalde y del Puesto de Salud, diciendo que hay que tener cuidado. Esos consejos están bien como actos de buena voluntad, pero su efectividad real es nula. Y además se hacen con poca convicción, pues de puertas para adentro de nuestras instituciones se piensa que es culpa del alcohol.

Con mayor razón. Si sabemos que la combinación alcohol-pólvora es mortal, lo ideal es una campaña centrada en la prevención de accidentes: la típica botellita que se cae por el peso del cohete, el típico cigarrillo a punto de acabarse que se usa para encender el volcán, el típico padre que le dice a su hijo: «venga mijo, yo le enseño a prender esto». Ese tipo de cosas.

Yo me confieso enemigo de la pólvora, pero entiendo que esta no va a desparecer. Entonces hay que reglamentarla aún más y por tres razones:

Primero, por los accidentes en humanos, de los que ya hemos hablado.

Segundo, por la sensibilidad animal. Hay pájaros que mueren cada jornada de petardos. Y según los estudios, las mascotas sufren lo indecible. «Los síntomas que pueden presentar la gran mayoría de nuestras mascotas son taquicardias, diarrea, vómitos y tendencia a huir o esconderse. Los perros también pueden jadear, deambular o temblar». Esto es intolerable.

Y tercero, el medio ambiente. Ya lo decíamos en esta columna hace un tiempo: Para celebrar la llegada del nuevo año con fuegos artificiales, utilizamos nitrato potásico, azufre y carbón para que el cuete suba, y perclorato potásico y aluminio pulverizado para que estalle en el cielo. Ya se imaginarán el efecto sobre la atmósfera.

Un amigo propone que sea la ciudadanía la que que de un paso al frente con una recolección de firmas para esta campaña; y que en este paso se involucren desde los grupos religiosos hasta los estamentos de salud. Corpocarnaval también debería decir algo.

No vamos tener nunca una mascletà, desde luego. Tampoco la necesitamos, pero es evidente que necesitamos medidas para no hacernos daño a nosotros mismos.

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