Lecciones del covid en tiempos del Joker

Por: Manolo Villota B – periodista

Parecía imposible, pero sucedió. Entre finales del 2019 y principios de  2020 llegó la noticia de que allá, muy lejos, había aparecido una enfermedad que preocupaba a los científicos. Un virus que, aunque no era nuevo sobre la tierra, hasta entonces solo afectaba a algunos animales.

Después, nos enteramos de que el pequeño ente ya era capaz de infectar, hasta matar, a los humanos. Se estaba esparciendo con velocidad por China y las primeras alarmas empezaban a sonar. Como es usual en el mundo cuando acontece una tragedia, los países seguían atentos, pero despreocupados, la evolución de la situación. Si no te afecta, al final no importa.

Aunque en principio la mayoría de personas, incluyendo gobernantes locales y nacionales, la describieron como una “gripa”, la gravedad de las circunstancias obligó a la Organización Mundial de la Salud a declarar pandemia . Acto seguido, todos los Estados, ricos y pobres, encerraban a sus habitantes para evitar que los hospitales colapsaran. El contador global de muertos por covid-19  no ha dejado de correr.

Ahora, en 2021, miramos al año que terminó y vemos  una estela de caos que no solo se alimentó de la enfermedad sino de varios hechos. Un escenario de confusión e incertidumbre que, sin embargo, nos dejó algunas lecciones que, ojalá, estén bien aprendidas:

Estamos peor de lo que esperábamos (al menos en Colombia): llegó el aislamiento obligatorio y con este la parálisis de la economía. Negocios cerraron y  gran cantidad de puestos de trabajo se perdieron (alrededor de cinco millones en abril según las cifras oficiales), pero ante todo, redescubrimos lo frágil que es nuestro mercado laboral. Según el informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), entre agosto y octubre de 2020, la tasa de informalidad total, es decir el porcentaje de personas que trabajan sin garantías ni respaldos contractuales, puntuó 48.5%. En el desglose por ciudades, la situación se pone peor para Pasto cuya informalidad fue de 57.2 % ; no se  quedan cortos quienes afirman que aquí no vivimos sino que sobrevivimos.  ¿Y qué les espera a las próximas generaciones?, vaya uno a saber.

La ignorancia va de la mano de la estupidez: una crisis sanitaria global fue el caldo de cultivo propicio para que las conspiraciones paranoicas de redes como Facebook y YouTube alcanzaran su esplendor. A pesar de que nunca antes habíamos tenido la posibilidad de acceder a toda la información disponible en el mundo, irónicamente, una parte considerable de la población sigue tragando entero, creyendo y fantaseando con supuestos hechos cuyas fuentes son memes mal escritos, charlatanes hablándole a una cámara, o el voz a voz que suele provenir de nuestros iguales, tan o más ignorantes que nosotros, pero que tienen el  ahínco y la convicción para defender sus “causas”. Así fuimos testigos de eslóganes que nos quedarán para el recuerdo: “El covid no existe”, “todo es culpa de Bill Gates”, “los médicos hacen negocio y cobran por muerto”,  “el 5G y el covid están conectados”. Unos ya vendían la fórmula mágica en un buen trago de Dióxido de Cloro y hasta un exmandatario bastante conocido insinuó a su gente que ingerir desinfectante o los rayos ultravioleta podrían ser una alternativa para tratar la enfermedad. ¿Ven porque leer es fundamental?

La salud mental es importante, muy importante:  pasar meses encerrados trajo consigo, entre otros inconvenientes, una afectación en el bienestar emocional de las personas. Según el diario El País de España, un estudio masivo llevado a cabo por  la Universidad de Ottawa encontró los principales padecimientos que las personas en distintos países desarrollaron o acentuaron durante el aislamiento. Insomnio, estrés postraumático, depresión y ansiedad, lideran la lista. La mente es un concepto real y también se enferma, es hora de dejar atrás la idea absurda de menospreciarla. Por el contrario, así como es necesario cada tanto un chequeo médico, la terapia, es un recurso indispensable para tener una vida más tranquila y armónica. ¿O acaso por qué creen que las calles están llenas de adultos disfuncionales y violentos, parejas tóxicas, padres posesivos y codependientes, entre muchos otros conflictos? Somos el resultado de nuestras experiencias.

Una pantalla se convirtió en ventana y proveedor:  al parecer son las ficciones que imaginamos las puertas hacia el futuro. Julio Verne, Aldoux Huxley, George Orwell, Isaac Asimov, entre otros escritores, predijeron, a través de sus novelas, los viajes espaciales, la llegada  a la luna,  la evolución de los gobiernos y la sociedades. El cine no se queda atrás, la clásica Volver al Futuro, ya anticipaba ciertos logros tecnológicos que hoy hacen parte de nuestra cotidianidad (aunque el mundo sigue esperando la invención de la patineta antigravedad). Así, la virtualidad se volvió nuestro nuevo espacio de interacción. Las videoconferencias, video reuniones, video llamadas, nos permitían estar y no estar ahí, en ese otro plano. Por lo tanto, el aprendizaje, los asuntos laborales, los pleitos legales, hasta los espectáculos y las fiestas, pasaron de ser una experiencia vívida y palpable a una simulación. El teletrabajo, o Home Office, si se quiere decirlo de manera alternativa, se convirtió en el modelo imperante, que valga mencionar, debe ser regulado para evitar las malas prácticas. Aprendimos a mercar por Internet, a enviar y recibir regalos a través de la web, Netflix y otras plataformas pagas se volvieron mucho más importantes. En fin, creamos nuevas relaciones con nuestros computadores y teléfonos.  Llegamos al futuro.

Recordamos la esencia de ser humanos: la pandemia fue (o es) difícil para todos, pero en un mundo desigual e injusto, claramente será más compleja para unas personas que para otras. Por situación económica, por lugar de residencia, por necesidades específicas, ciertamente no se experimentó la crisis del mismo modo, no obstante, si hay algo que nos une es el significado que podemos darle a la vida. Detenernos por un momento también fue un sacudón para no olvidar lo frágiles y efímeros que somos, para prestar atención al presente y a lo fundamental. Para entender que el tiempo nos consume y lo que una vez vivimos no se repetirá. Que nunca sobra dar un abrazo extra a los seres queridos, que siempre vale la pena tragarnos el orgullo y pedir perdón o perdonar en su defecto, que nunca sabremos cuándo dejaremos de existir, ni cuándo la última vez que veamos a alguien literalmente sea la última.  Más allá de las imágenes de animales tomándose ciudades vacías, o los aplausos al cuerpo médico como un gesto de tierna, pero poco eficaz solidaridad que nos dejaron atónitos y nos hicieron comentar sin parar por redes sociales, enfrentarnos como especie ante una amenaza colectivamente, nos hizo dar cuenta de que, en el fondo, por muy mal que el panorama se vea, tenemos un apego inconmensurable por encontrar un futuro promisorio y esperanzador, uno en el que aún seamos capaces de reír y experimentar, donde sea posible librarnos de las heridas del corazón y dónde podamos respirar con tranquilidad a pesar de todo. Tal vez, sea posible que resignifiquemos a nuestras familias, a nuestros amigos a nuestros animales de compañía y gracias a esto podamos ser un poco mejores de lo que fuimos.

El 2021 comenzó y aunque no es sinónimo de rebobinar, o mejor dicho, de resetear, el mundo, la sensación de estar en un nuevo lapso, de algún modo nos permite mirar con otros ojos el mañana con todo y  lo enigmático que es el tiempo y lo que en este acontece. Eso, a pesar de lo que digan las voces nefastas que siempre anticipan, o anhelan, lo peor, es valioso. La esperanza nos permite soñar y, como dijo alguien por ahí, “mientras haya sueños, habrá vida”.

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