Los tres colores

Con la resolución del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible para que los residuos sean separados por colores, Colombia entra por fin en una política uniforme de reciclaje de basuras que había tardado décadas en asumir.

Los contenedores de color blanco serán para plástico, vidrio, metales, papel y cartón; los de color negro serán para papel higiénico, servilletas, papeles y cartones usados con comida; y los de color verde serán para residuos orgánicos aprovechables. Cabe aclarar que en otros países, como España, por ejemplo, los colores y las categorías son diferentes, lo que da a entender que no hay una política universal por varias razones.

Una de ellas es que el reciclaje es una acción que no nació de políticas gubernamentales, sino de campañas ecologistas en el Siglo XX que, gracias a su impacto social, se transformaron en leyes y programas ambientales de los gobiernos. Ahora también genera grandes ingresos, pues el reciclaje es parte de un proceso industrial muy rentable. Otra de esas razones es que el volumen de residuos que cada país produce es diferente. Incluso en cada ciudad varía.

Hace un año, en la madrugada del 1 de enero, se recogieron en Pasto 72 toneladas de basura, de las cuales un 20% era papel y cartón; otro 20% era plástico; un 10%, vidrio; un 10%, tela y metal; y el 40% restante ¡era comida! Sobre esto último ya hemos hablado lo suficiente en esta columna. Tirar comida es un auténtico pecado mortal y en Colombia se tiran a la basura 9,76 millones de toneladas de alimentos cada año. En fin, al menos este nuevo reciclaje de material orgánico permitirá tener compost para procesos agrícolas.

Sin embargo, esta buena noticia del código de colores desnuda una situación alarmante en el país. Al igual que Pasto, muchas ciudades adolecen de una conciencia de reciclado. No hay contenedores adecuados, no hay un sistema de reciclaje y siempre se bota mal y se contamina. O sea, no toda Colombia aplica los llamados Planes de Gestión Integral de Residuos Sólidos, PGIRS. Botamos en cualquier sitio, botamos a deshoras y hasta quemamos la basura, produciendo más contaminación, afectando la capa de ozono, provocando enfermedades respiratorias y alérgicas, y reduciendo nuestra calidad de vida.

Déjenme decirles que en Nariño hay nueve vertederos de basura al aire libre, un sistema de desecho arcaico, peligroso, foco de virus, plagas e infecciones. Y eso es lo que ha puesto a Pasto a la cola de todo este proceso de reforma medioambiental, por mucho que la EMAS se haya esforzado en campañas de concientización ciudadana.

Si, es verdad. Pasto siempre ha estado al final de la fila del desarrollo. Los sucesivos gobiernos nunca la han visto como una ciudad importante por su falta de industria y de ingresos a la nación. Pero también es verdad es que las administraciones públicas de Pasto y de Nariño no han tenido prioridades razonables. Aurelio Caviedes Arteaga abogaba por la pavimentación y la recolección de basuras desde mediados del Siglo XX. Pero quienes lo han sucedido se han enfocado en otras cosas. Y fíjense cuanta agua ha llovido desde entonces.

Según la Superintendencia de Servicios Públicos, Colombia genera cerca de doce millones de toneladas de basura al año, de las que sólo el 12% se aprovecha en centros de tratamiento de residuos. En otras palabras, estamos desbordados y el plan del código de colores debió haberse instalado hace años. Ahora se pondrá en marcha en algunas ciudades con sus correspondientes multas (16 salarios mínimos), pero sin un plan detallado de conciencia ciudadana. Luego se intentará aplicar el PGIRS en el resto de capitales de departamento y por fin el sistema llegará a ciudades como Pasto. Atraso por lado y lado.

Pero bueno, había que comenzar en algún momento y ya se ha comenzado.

Comentarios

Comentarios