Lo que está en juego

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Foto: 20 Minutos (Web).

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Redacción Mundo (El Espectador, 16 de octubre), en el breve análisis que hace sobre la tensión entre Israel y Colombia, anota al final que el comercio entre los dos países ascendió en 2022 a US$1.226 millones, de los cuales Israel importa US$141,1 millones y le vende al país US$1.226,5 millones, es decir que casi que quintuplica sus ganancias frente a lo que compra, exportando especial y particularmente  armamento, tal y como se deduce del mismo artículo.

Lo anterior debería poner a reflexionar seriamente al país, más allá de los señalamientos tradicionales frente a un Gobierno que por primera vez en más de 200 años trata el asunto con dignidad, ya que no solamente condena los ataques palestinos contra los israelíes, como tradicionalmente lo han venido haciendo una pléyade de expresidentes, sino que ahora condena toda masacre, venga del lugar que venga, entendiendo, por demás, la histórica y desigual forma como Occidente -particularmente los EE.UU- ha tratado a los judíos en detrimento del pueblo palestino.

Condenan los trinos del presidente Petro, pero no condenan los exabruptos históricos de un mundo blanqueado al que le importan más los muertos ojiazules que los cobrizos o negros, un mundo al que le molestan las guerras de su frente porque afean el panorama, y se desentiende de las guerras del patio trasero de un mundo creado a su imagen y semejanza.

Toda muerte debería dolernos por igual. Tenemos una guerra fratricida que nos merma como nación cada vez que hay un asesinato, así mismo, esas guerras que parecen tan lejanas, pero que nos tocan no solamente en lo económico, sino en lo pulsional, también deberían ser consideradas por los medios tradicionales más allá del mero dato y la acostumbrada desinformación. Holocaustos han existido muchos, el que empezó en 1492 para citar uno, o el exterminio gitano por mencionar otro, sin embargo los dolientes no tienen ni el dinero ni el poder para comprar a Hollywood.

Por lo pronto, seguiremos viendo a los descendientes de uno de esos terribles holocaustos por las calles de La Candelaria, en finos hoteles disfrazados de hostales signados por la estrella de David, incursionando en lo que llaman el “Turismo de los paraísos artificiales”,  o en el turismo sexual por el cual se sienten también atraídos, mientras en el Medio Oriente sus poderosas familias construyen armas para seguir exportando a otros países y alimentando guerras. Que los dioses nos libren de su dios.

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