Locos y cuerdos en el puerto

Hay muchos momentos en los que el ser humano se enfrenta a la locura, tanto a la de otros como a sus propios demonios. Todos tenemos un poco de locura, y muchas veces nos contagiamos de la demencia por el entorno en que vivimos. En épocas como la actual de la pandemia del Coronavirus, donde todos queremos tener razón para curar la enfermedad contagiosa sin medir las consecuencias, como aquel personaje que lo tildan de loquito por recomendar el tratamiento con el mata-ratón y buches de agua del mar. También a alguien que sabe mucho le dicen en el pueblo que está loco, porque suele admirar todo aquello que se sale de lo normal.

Pues bien, a través de la historia, en el puerto de Tumaco ha existido infinidad de cuerdos-locos de diferentes matices: los que tiraron piedras a la luna; algunos políticos que tenían menos corriente que un aljibe; aquéllos enamorados que no fueron correspondidos por su amor platónico y trataron de suicidarse ahogándose en un charco callejero, y hasta aviadores por correspondencia que practicaron las clases en aviones de madera de balso. He aquí una muestra selectiva:

Tomás Alfonso Hurtado “Compadre loco”

Fue boxeador, panadero, músico y político. Vestía de manera sobria y calzaba babuchas bien limpias y de diferentes estilos; no era agresivo, pero tampoco se dejaba joder de nadie. Vivió en Tumaco hacia la mitad del siglo XX, y la necesidad lo volvió boxeador. Tuvo que eliminarse con el boxeador más temible del puerto “La Hucha”, para enfrentarse al “Tigre esmeraldeño, el fornido boxeador del país ecuatoriano. Fue tanto el golpe recibido en la pelea eliminatoria que, “Compadre loco” no quiso seguir peleando, y en un acto de dignidad, tiró los guantes, y agarró la mano victoriosa del contrincante, gritando: ¡Viva la Hucha ¡

Puso luego una panadería, negocio que cerró a los meses porque su generosidad era tan grande que daba el vendaje más grande que el pan vendido. Su ejercicio como músico lo desarrolló con la guitarra que le ayudaba a cantar música antillana, y como todo músico que se respete lo hacía entonado de charuco, que al final de la botella le despertaba la locura, y sacaba corriendo a los contertulios. Fue el compositor de los estribillos musicales en el puerto para recibir a los políticos liberales: “Viva López, viva Lleras y también viva Turbay”. Pero el que lo inmortalizo fue el estribillo que se convirtió en himno dentro del liberalismo tumaqueño: “Que viva Beto y Maruja, y el partido liberal”, canción tan pegajosa que hasta la lora que tenía una de mis cuñadas lo cantaba.

Con el tiempo, viajó a Bogotá a hacer efectiva la promesa del puesto en la Contraloría General de la Republica, cargo que le habían ofrecido por sus valiosos servicios de levantar votos. Todas las semanas, hacia presencia en el edificio de la Contraloría y nadie lo atendía.

Hasta que llegó el día de su suerte, cuando el Contralor General que era paisano del Pacifico, entró de manera equivocada por el despacho del recibo al público, y “Compadre loco” al verlo se le abalanzó, y con su voz de parlante le dijo: “! ¡A ve mi puesto! Yo no sé, yo no sé. ¡A ve mi puesto, yo quiero mi puesto! ¡Mi puesto para jubilarme! El Contralor quedó asombrado y, sólo atinó a responder: “Tranquilo compadre, deje su dirección para enviarle mañana el nombramiento” Pero, el tiempo pasó, y nada del tal nombramiento. Tomas Alfonso Hurtado murió en Bogotá, esperando lo que nunca llegó.

Luis “El peludo Magín”

Los nombres de los locos tienen que sonar cuando se trata del currulao que se bailaba en “La cueva del sapo”; no solo lo bailaba la “loca Carmen”, sino, otro demente apodado Lucho “El peludo Magín”. quién para ello no era loco sino un verdadero cuerdo para tocar la marimba de chonta.

Era violento cuando le gritaban “peludo Magín”, y entonces acababa medio Tumaco a punta de piedras que lanzaba con gran puntería. Sólo, se calmaba cuando mi tío Paco Morales lo invitaba a tomar cerveza Águila, ocasión propicia para que se juntaran dos locos cuerdos: El tío Paco, quien con sus tragos decía que sabía manejar aviones, y que por leer la revista cubana Bohemia había quedado alucinado, y manifestaba que había peleado en la Sierra de Escambray en Cuba al lado de Fidel Castro.

El origen del “peludo magín” es incierto para los historiadores del Pacifico. Hemos extraído  alguna información de la novela “El dulce olor de Puerto Perla” en donde figura como uno de los coprotagonistas junto a la “loca Ñoca”: Hace un tiempo no muy lejano, y mucho antes de que sucediera la peste del mal olor, se oyó una voz varonil en la oscuridad del parque Colón:

— Ñoca ¿sos vos?

La Ñoca supuso que era Magín, a quien hacía tiempo no veía. Magín la condujo despacio por las largas filas de bancas y árboles, y ella se dejó llevar hasta finalmente llegar al lugar. Era un árbol de ficus, muy grande y frondoso; decían los historiadores que sus semillas las trajeron de África. El sitio estaba solitario, y únicamente ellos dos compartían en aquella noche.
— ¿Recuerdas cuando a los dos nos trajeron del campo? A mi dejaron de sirvienta en la casa del magnate de la tagua, y a ti, primo hermano, te puso a pelar la tagua en su muelle.
—Sí, lo recuerdo.
—Yo venía a este lugar con la señora del magnate de la tagua, que le gustaba caminar todas las tardes. Después que quedé embarazada del joven de la casa, mi hijo fue desaparecido, y me botaron del empleo. Entonces decidí venir a vivir aquí a esta banca, al frente de la casa de mis antiguos patronos, porque yo quería que me devolvieran a mi hijo. Por más que el Alcalde, el Personero, el Jefe de la Sanidad y la Policía trataron de sacarme de mi banca, primo hermano, no pudieron desalojarme por el escándalo que les hice, y por el olor que despedía. Busqué tu ayuda, primo hermano, pero tú ya estabas loco por el brebaje del pildè que te dieron esos indios del país vecino, que venían a vender tagua por quintales. Te me perdiste, hasta ayer en que nos encontramos aquí. Para colmo de mi locura, una noche me violó un negro retinto como vos, infectado con el pián. En su arrechera sudaba como un caballo, y el exudado de su infección me contagió. A los pocos días, se me engrosaron las plantas de los pies y las palmas de la mano, esto me trajo problemas para caminar, y por eso no volví a levantarme de la banca de este parque. Lo más grave de todo es que la infección me deformó la nariz, y por eso me apodaron Ñoca.

—Ya veo. Este parque tiene parte de tu historia, ha presenciado tus llantos y locuras. Ven, encaramémonos aquí.

— Ja, ja, jà, estás más loco que yo.
— ¡No te rías! Este lugar para mí significa mucho.

—Te entiendo. Esto es la locura.

          —Antes que te aloques más, cuéntame, Ñoquita, ¿cómo fue que ese blanquito te preñó?  Te juro que el día que lo vea, lo pelo.

—Ve, Magín, deja tu violencia, que a nuestro abuelo lo mataron en la guerra de los “Mil Días” porque en el Pacifico a los negros les dio por ser liberales o conservadores, y ellos eran negros nada más. Tan pendejos, se mataban a machete por unos políticos de la capital que ni siquiera conocían. No le haces honor a tu nombre, o sea, un muchacho tierno y simpático. ¡Carajo, si eres puro sentimiento!   Dicen que todas las noches Magín iba al muelle a ver si aparecía el joven, que le había quitado la virginidad a su amada, para tomar venganza. Una noche lo encontraron ahogado debajo del muelle donde despulpaba la tagua, debido a una sobredosis de pildè. Murió esperando al blanquito.

Pedro Felipe Cortés “Pepe loco”

Pertenece al clan de los Cuchampas, familia de músicos de origen barbacuano. Goza de una estruendosa carcajada que la acompasa con estrofas de canciones. Parece que no estudió en el Liceo Nacional Max Seidel porque nadie recuerda haberlo visto con un cuaderno en la mano. Era un navegante marítimo que con su canoa de motor de gasolina hacia viajes a Bocagrande y por la costa nariñense. También fue arquero de equipos aficionados cuando se jugaba futbol en la vieja cancha de El Potrero.

De “Pepe loco” tengo tres anécdotas familiares: La primera anécdota, fue la que jugando futbol le metí un gol olímpico. Yo jugaba con el equipo de la selección del Instituto Max Seidel y, Pepe era el arquero del equipo de los hermanos Rodríguez, unos pastusos afincados en el puerto. Al momento de yo cobrar un tiro córner, el balón se fue de chanfle a la portería de Pepe y este saltó atrapando la esférica, con tan mala fortuna que al pisar el suelo de la cancha se resbaló y se metió con balón y todo dentro del arco. El árbitro no dudo en señalar el gol olímpico, y cuando se dirigía al centro de la cancha, sintió que Pepe en un ataque de locura venía a pegarle, teniendo el réferi que buscar escondederos.

El partido se reanudó sólo cuando Pepe se calmó y le hicieron calzar unos guayos porque las babuchas que portaba lo habían hecho resbalar.

La segunda anécdota, tiene que ver con el velorio de una tía. En la primera noche, el cadáver se veló en la casa de la difunta como era la tradición en Tumaco. Hubo aguardiente venteado, y cuentos y carcajadas hasta el amanecer, cuando a Pepe lo dominó el sueño. Lo hicieron dormir en la cama de un primo porque al otro día era el entierro. Al amanecer, estaban recogiendo las sillas y los envases vacíos del licor ingerido, cuando se escuchó dentro de la casa de la difunta un fuerte alarido: “Voló la golondrinaaaa”. Los pocos asistentes que quedaban de la noche anterior, asustados, corrieron a ver de dónde salía ese grito infernal.

Era “Pepe loco”, quien se levantaba de dormir y, con una risotada los calmó. Como era obvio, fue despedido a los empujones por mis primos, por no respetar el ataúd de su difunta madre. Para terminar, narraré otra locura de Pedro Felipe Cortés que soportó mi hermano Johnny.

En el año del 2002, el ingeniero Seidel tuvo que pernoctar en Mosquera. Nariño, junto con el motorista “Pepe loco” y otros ingenieros que andaban reclamando los anticipos para iniciar unas obras civiles en Salahonda y El Charco. Antes de arribar a Mosquera, venían todos borrachos, y pasaron por la casa del secretario de gobierno quien era amigo de mi hermano. Al verlo, “Pepe loco” comenzó a cantar de una manera sonora: “Cunanito, cunanito, cunanito y muy formal”, acompañado del coro de la ebria comitiva. Mi hermano, muerto de la vergüenza, saludó al secretario de gobierno, quien era de corta estatura. El ofendido, preguntó sobre la caterva de guaches que lo acompañaban, y el ingeniero Seidel solo atinó a decir que conocía únicamente al motorista Pedro Felipe Cortés. El secretario muerto de la rabia, le sugirió que se fueran a dormir al único hotel de Mosquera porque estaba que los metía a todos a la cárcel.

Estando en el hotel, y como la luz se iba a las 10.00 p.m., aprovecharon para agotar toda la provisión de licor que les quedaba, acompañados de la voz estridente de “Pepe Loco” que cantaba la infaltable tonada: “Los aretes que le faltan a la luna”. Se fueron todos a dormir. A las dos de la madrugada se escuchó un sonido estruendoso. Cuando mi hermano bajó al primer piso a averiguar por ese sonido bestial, alumbrado con una vela pudo encontrar a “Pepe loco” gateando en la arena, porque con el alarido que dio se le desprendió la caja de dientes. Ante tamaño incidente, todo el grupo se despertó a buscar el dispositivo dental, el cual finalmente encontraron hecho pedazos.

Tuvieron que regresar a Tumaco con carácter urgente porque el infortunado loquero no podía llegar desmuelado a su casa. Cuando el odontólogo del pueblo le refaccionó la caja dental, “Pepe loco” juró no volver a cantar jamás “Cunanito, cunanito, cunanito y muy formal” porque en el ataque demencial decía que le había caído la maldición de la caja de dientes, que le quedó floja desde entonces con chiflido propio incorporado.

Sobre las locuras de Pepe hay muchos relatos, entre los que se distinguen los escritos por el abogado Gustavo Escrucería Delgado en el libro Divertimento: “El Rompido” y “Achique don Sabulón”. Vive en la actualidad en Tumaco.

 

Referencias

-Escruceria Delgado, Gustavo. Libro “Divertimento”. 2010.

-Seidel, Oscar. Novela “El dulce olor de Puerto Perla”. 2.018.

-Seidel Morales, Johnny. Relato. 2.017.

 

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