Los estratos del perdón y la reconciliación

Por estos días ando leyendo, por recomendación de mi psicóloga, un apasionante relato sobre perdón, reconciliación y supervivencia, y en todo ello, una gran lección sobre humanidad: La bailarina de Auschwitz de Edith Eger, psicóloga húngara que relata su paso por los campos de exterminio nazi y su determinación de vivir a diario, su vida con intensidad. Por estos días escuche también a algunas de las víctimas de secuestro y a los antiguos jefes de las extintas FARC-EP reconociendo su responsabilidad. Por estos días me he preguntado si realmente estamos a un llanto colectivo de la reconciliación, si la ausencia de llanto es motivo para valorar como insuficiente el reconocimiento de responsabilidades, si el Estado realmente está interesado en la reconstrucción del tejido social luego de más de cincuenta años de conflicto armado y si como sociedad civil hemos realizado algo en esa vía.

Comprender no es lo mismo que compartir. Sé bien que jamás podré comprender en su insondable dimensión el dolor experimentado por las víctimas de secuestro, tanto aquellas que fueron en su momento privadas de la libertad como sus familias, que tuvieron que padecer su ausencia forzada. Sé también que jamás podría compartir los móviles que han conducido a distintos grupos armados al margen de la ley a recurrir al secuestro como arma de guerra, especialmente en aquellos casos con fines económicos. Siendo claro que comprender no es lo mismo que compartir, y a la luz de los tres objetivos fundamentales de la Comisión de la Verdad: contribuir al esclarecimiento de lo ocurrido; promover y contribuir al reconocimiento; y promover la convivencia en los territorios, me queda el sinsabor del sentido en el que devino el evento titulado Encuentro con la verdad: reconocimiento de responsabilidades de secuestro por parte de FARC.

 

Esto es así, porque si bien se aporta al cumplimiento de los dos primeros objetivos, tanto por las víctimas de secuestro como por los excombatientes de las FARC-EP, me llevé la impresión de que todo, incluso la puesta en escena (escenario oscuro, sillas vacías dispuestas en la penumbra y atriles ocupados por múltiples actos entrecruzados) y no sé si también la tras-escena (la preparación del evento), parecía dispuesto para hacer de este evento uno de carácter controversial que terminó por poner en tela de juicio la honestidad o no del reconocimiento hecho, con lo cual, creo, poco se contribuye al objetivo de promover la convivencia en los territorios en tanto se abren las heridas y se contribuye en el consabido espiral de polarización en el cual estamos sumidos hace ya muchos años.

Creo que en el perdón y la reconciliación existen, en un sentido geológico, unos estratos o capas que como sociedad debemos transitar, en el mejor de los casos con el apoyo de las Comisiones de la Verdad, que en papel están pensadas para brindar elementos que permitan comprender lo ocurrido, aunque no compartamos las razones o motivaciones. No obstante, como lo ha documentado Jefferson Jaramillo en su texto Pasados y presentes de la violencia en Colombia, anteriores experiencias de comisiones de la verdad en el país han dejado en evidencia que como sociedad no tenemos los suficientes elementos para una comprensión de lo sucedido, ni para analizar el momento actual en sus justas proporciones.

Señalo esto porque pareciese que la ausencia de llanto o la seriedad de quienes no han recibido en su proceso de reincorporación a la vida civil la más mínima atención psicosocial por parte del Gobierno Nacional, pesara más que el acontecimiento político, social, cultural, emocional e histórico que condujo al reconocimiento de la máxima dirección de las extintas FARC-EP de un hecho atroz que se extendió en tiempo y espacio, que no se atajó a tiempo como lo advirtió uno de sus históricos comandantes, que carcomió hasta los cimientos la legitimidad de la insurgencia más antigua del continente. Los estratos del perdón y la reconciliación, esas capas que debemos transitar como sociedad para acercarnos cada vez más al núcleo de la paz con justicia social, me hacen quedar con este reconocimiento en su más cruda presentación. Sin llanto, en una eterna búsqueda de adjetivos superlativos ante la imposibilidad de encontrar la palabra precisa para denotar el arrepentimiento y la vergüenza.

Me temo que no estamos a un llanto colectivo de la reconciliación en Colombia, porque hace mucho nos olvidamos cómo hacerlo. Me temo que dada la correlación directa entre los ataques de la derecha a la Jurisdicción Especial para la Paz y la Comisión de la Verdad, la búsqueda de estas dos instituciones por legitimarse concentrando sus acciones en torno a las extintas FARC-EP puede conllevar a que

en los próximos meses no tengamos un relato que trascienda la dimensión armada del conflicto, para lograr reconocer la existencia de una estructura y cultura patológica que nos condujo hasta los limites de la deshumanización, porque si popularmente se advierte que todos hemos sido víctimas, dicha absolutización debería también llevar a pensarnos a todos como agresores, pues como sociedad callamos ante el secuestro, el desplazamiento forzado, la desaparición, el homicidio y las ejecuciones extrajudiciales. Me temo que estaremos un poco más cerca de la reconciliación cuando no demandemos el llanto ajeno y reparemos más en el compromiso de que a la guerra ¡Nunca Más!.

 

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