Cada cuatro años la escena se repite. Las caravanas llegan, las plazas se llenan de afiches, las emisoras abren micrófonos y los candidatos al Senado descubren, de repente, que Nariño sí existe. Aparecen en Pasto, recorren Ipiales, saludan en Túquerres, prometen en Tumaco y se dejan ver en cuanto corregimiento les permita una foto, un video o una multitud. Pero pasa la elección y muchos de ellos se van. Y no vuelven.
Por eso, en esta campaña legislativa del domingo 8 de marzo de 2026, cuando los colombianos elegirán Congreso para el periodo 2026-2030, en Nariño vuelve a tomar fuerza una consigna sencilla, pero poderosa: nariñense vota nariñense.
No se trata de un llamado cerrado ni parroquial. Se trata, más bien, de una defensa legítima del territorio. Porque si algo ha aprendido este departamento es que la política nacional suele acordarse de Nariño en campaña, pero no siempre en la hora de tramitar proyectos, defender presupuestos o elevar la voz cuando el sur del país necesita interlocutores firmes en Bogotá.
El Senado, por su naturaleza, se elige en una circunscripción nacional, es decir, los partidos inscribieron listas para buscar votos en todo el país. Para 2026 fueron postulados 1.124 candidatos al Senado, repartidos en 27 listas, dentro de un total de 3.231 aspirantes al Congreso entre Senado y Cámara. Esa amplitud explica por qué departamentos como Nariño se convierten, en cada elección, en un terreno apetecido para campañas foráneas que buscan sumar sin necesidad de construir raíces.
Y ahí está el fondo del debate.
Porque una cosa es venir a pedir el voto, y otra muy distinta es representar de verdad a la región. Representar a Nariño no es solo tomarse una foto con el Galeras de fondo ni pronunciar discursos sobre el abandono histórico. Representar a Nariño implica conocer sus heridas y sus urgencias: la crisis en la costa pacífica, la infraestructura rezagada, la situación de la frontera, la economía campesina, la conectividad vial, la educación rural y la necesidad permanente de que el departamento tenga peso político real en las decisiones nacionales.
En esa discusión, el voto al Senado adquiere un valor especial. Mientras en la Cámara de Representantes el ciudadano elige por circunscripción territorial, en el Senado puede terminar favoreciendo a campañas con enorme músculo nacional, pero con escasa o nula relación con el departamento. La propia Registraduría recuerda que para Senado el elector debe escoger entre la tarjeta de la circunscripción nacional o la de la circunscripción indígena, y para Cámara entre la territorial u otras especiales, según corresponda.
Por eso la frase “nariñense vota nariñense” no suena a eslogan vacío, sino a advertencia política: si el departamento no fortalece liderazgos propios, otros seguirán entrando a recoger votos como quien levanta cosecha ajena, sin compromiso duradero con la tierra que los recibió.
La discusión tampoco pasa únicamente por el origen geográfico del candidato. Ser de Nariño no garantiza, por sí solo, una defensa efectiva del departamento. Pero sí marca una diferencia importante cuando existe conocimiento del territorio, trabajo político sostenido y una relación real con las comunidades. En otras palabras: no basta con haber nacido aquí; hay que responder aquí.
Ese es, justamente, el reclamo que se escucha en muchos sectores ciudadanos: que el voto de Nariño deje de ser prestado. Que no se entregue tan fácilmente a figuras nacionales que aterrizan en época electoral, se llevan un caudal importante de sufragios y luego desaparecen del debate regional. Que el departamento no siga siendo solo una estación de campaña, sino una prioridad de representación.
A pocos días de las elecciones, el mensaje toma fuerza en calles, reuniones políticas y conversaciones cotidianas: si el sur quiere hacerse sentir en Bogotá, necesita congresistas que no tengan que mirar el mapa para acordarse dónde queda Nariño.
Porque al final, en política, la memoria también cuenta. Y en Nariño muchos electores parecen estar cansados de votar por visitantes que llegan con promesas de temporada y se marchan antes de que termine el eco de los aplausos.




