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Pablo Emilio Obando A.
(Una región olvidada puede convertirse en una región estratégica si aprende a mirar hacia el horizonte).
Hay territorios que parecen condenados por la distancia y otros que, precisamente por su ubicación geográfica, están llamados a convertirse en protagonistas. Nariño pertenece a esta segunda categoría.
Durante décadas hemos mirado hacia las montañas y muy poco hacia el mar. Hemos aprendido a hablar de nuestras dificultades, de la pobreza, del abandono, de la falta de infraestructura, de las brechas sociales y de la distancia con los grandes centros económicos del país. Pero quizá ha llegado el momento de cambiar la pregunta.
No preguntarnos únicamente por qué Nariño es pobre, sino qué debemos hacer para convertir sus extraordinarias ventajas geográficas, productivas y humanas en riqueza, empleo, inversión y oportunidades. Y una de las respuestas puede estar frente a nuestros propios ojos: el océano Pacífico.
Colombia tiene una condición geográfica excepcional: es un país de dos océanos. Según la Dirección General Marítima, posee 928.660 kilómetros cuadrados de territorio marítimo, equivalentes al 44,85 % del territorio nacional. De esa extensión, el océano Pacífico representa aproximadamente el 36,6 % del territorio marítimo colombiano, con una línea costera de 1.589 kilómetros.
Son cifras que deberían producir una verdadera revolución en nuestra manera de entender el desarrollo.
Porque el mar no puede continuar siendo considerado una frontera. El mar es una carretera.
Una carretera azul que conecta continentes, mercados, culturas, empresas y oportunidades.
Mientras buena parte de las economías más dinámicas del planeta han aprendido a convertir sus océanos en plataformas de comercio, logística, turismo, pesca, innovación y desarrollo, Colombia todavía tiene pendiente una gran tarea: aprender a mirar hacia sus mares.
Y dentro de esa inmensa geografía marítima colombiana aparece Nariño con una condición particularmente privilegiada.
El litoral nariñense se extiende aproximadamente por 210 kilómetros, en el sector comprendido entre el área de Tumaco y El Charco, una franja que representa cerca de una quinta parte de la costa Pacífica colombiana.
No estamos hablando de una pequeña ventana al océano. Estamos hablando de una auténtica plataforma territorial, marítima, ambiental y económica. Y en el corazón de ella está Tumaco.
Tumaco no debería ser entendido como el último rincón de Colombia. Debe ser entendido como uno de los primeros territorios estratégicos de Colombia frente al mundo.
La paradoja resulta evidente. Nariño tiene tierra fértil, diversidad climática, producción agrícola y pecuaria, café de reconocimiento internacional, cacao, palma, pesca, frutas tropicales, biodiversidad, cultura, gastronomía, talento humano, frontera internacional y océano. Sin embargo, continúa enfrentando enormes dificultades económicas y sociales.
En 2024, el 39,2 % de la población nariñense se encontraba en situación de pobreza monetaria, frente al 38,8 % registrado en 2023.
Esta realidad debería obligarnos a una reflexión profunda. Porque el problema de Nariño no puede explicarse exclusivamente por la geografía. También debemos hablar de falta de inversión estratégica, ausencia de visión de largo plazo, debilidades de infraestructura, dificultades de conectividad y, por qué no decirlo, una insuficiente cultura empresarial.
Nariño no necesita solamente más recursos. Necesita más visión. Necesita dirigentes capaces de pensar en veinte o treinta años. Necesita empresarios dispuestos a arriesgar. Necesita universidades conectadas con las necesidades reales del territorio. Necesita innovación, infraestructura y una política pública que comprenda que producir no es suficiente.
Hay que transformar, agregar valor, comercializar y exportar. Y es justamente allí donde aparece la dimensión verdaderamente estratégica del Pacífico nariñense.
El mundo está cambiando. Asia-Pacífico constituye uno de los grandes centros económicos del planeta. Allí están algunas de las economías más dinámicas, enormes mercados consumidores, centros industriales de primer nivel y una creciente demanda de alimentos, productos agroindustriales y bienes con valor agregado.
¿Qué tiene Nariño para ofrecer?
Muchísimo: café especial, cacao, frutas tropicales, productos agrícolas y pecuarios, pesca, alimentos transformados, agroindustria, turismo de naturaleza, gastronomía, biodiversidad y cultura.
Y, sobre todo, una ventana directa al océano Pacífico. Aquí se produce una circunstancia geográfica que Colombia debería convertir en estrategia nacional: América y Asia se encuentran frente a frente a través del océano Pacífico. Nariño puede ser uno de los territorios llamados a aprovechar ese encuentro.
No se trata de afirmar ingenuamente que Asia está esperando exclusivamente los productos nariñenses. Se trata de algo mucho más serio: crear las condiciones para que Nariño pueda competir en esos mercados. Para ello debemos comenzar por Tumaco.
El futuro de Tumaco no puede reducirse a discutir periódicamente sobre dragados, carreteras u obras aisladas. Necesitamos una visión mucho más ambiciosa.
Tumaco debe convertirse en una plataforma integral de desarrollo económico, portuario, logístico, agroindustrial, turístico y empresarial.
Necesita infraestructura portuaria competitiva, mejores condiciones de navegabilidad, centros de almacenamiento, cadena de frío, parques industriales, plantas de transformación, conectividad terrestre y digital, seguridad, formación de talento humano, inversión nacional y extranjera, turismo internacional y, sobre todo, empresarios.
Porque invertir en Tumaco no significa solamente invertir en Tumaco. Significa invertir en la posibilidad de conectar la producción de Nariño y del suroccidente colombiano con los mercados internacionales del Pacífico.
Por eso decidí que un acto de profundo significado simbólico tuviera como escenario precisamente a Tumaco.
Como expresión de mi confianza en el futuro de Colombia y de mi convicción de que las grandes transformaciones nacionales también deben comenzar desde las regiones, decidí recibir desde Tumaco la posesión del doctor Abelardo de la Espriella.
No quise que fuera simplemente un acto protocolario. Quise convertirlo en un acto simbólico. Un mensaje. Una declaración.
Una manera de decirle a Colombia que las regiones también tienen voz y que existen territorios desde los cuales puede comenzar una nueva conversación sobre el futuro nacional.
Recibir esa posesión desde Tumaco significó, para mí, poner al Pacífico nariñense en el centro de la reflexión nacional. Fue decir que Colombia no puede seguir mirando exclusivamente hacia el centro del país. Fue decir que también desde la periferia geográfica puede construirse el centro de una nueva estrategia económica. Fue decir que desde Tumaco Colombia puede mirar hacia Asia.
Y fue, sobre todo, plantear una pregunta: ¿Por qué no convertir este mar en uno de los grandes motores del desarrollo colombiano?
Nariño no necesita que solamente hablemos de su pobreza. Necesita que construyamos una estrategia para superarla. Y esa estrategia debe comenzar por reconocer nuestras ventajas.
Tenemos tierra. Tenemos agua. Tenemos biodiversidad. Tenemos producción. Tenemos talento. Tenemos frontera. Tenemos océano. Tenemos ubicación.
Lo que nos ha faltado, en buena medida, es articular todas esas ventajas dentro de una verdadera visión de desarrollo.
Por eso el Gobierno nacional debería asumir el Pacífico nariñense como un proyecto estratégico de Estado. No como una obra de cuatro años. No como una promesa electoral. No como un anuncio pasajero.
Necesitamos un gran Plan Maestro del Pacífico Nariñense, construido entre el Gobierno nacional, la Gobernación, los municipios, empresarios, universidades, comunidades, organizaciones sociales y cooperación internacional.
Un plan que contemple infraestructura portuaria para modernizar y fortalecer la capacidad de Tumaco; conectividad para reducir los costos logísticos y acercar el interior del departamento al litoral; agroindustria para transformar nuestras materias primas y generar mayor valor agregado; comercio exterior para abrir nuevos mercados y fortalecer la oferta exportadora; parques industriales y zonas logísticas capaces de atraer inversión; cadena de frío para pesca, alimentos y productos perecederos; turismo internacional aprovechando playas, manglares, biodiversidad, cultura y gastronomía; educación y formación empresarial para preparar una nueva generación para el comercio internacional, la logística, los idiomas, el turismo y la economía marítima.
Y algo fundamental: seguridad y condiciones de confianza para la inversión.
Existe otro desafío que debemos asumir. Nariño no puede continuar produciendo materias primas mientras buena parte del valor agregado se genera en otros lugares.
Si producimos café, debemos fortalecer la industria cafetera. Si producimos cacao, debemos avanzar hacia chocolates y productos derivados. Si tenemos pesca, debemos desarrollar cadenas de frío, transformación y comercialización. Si tenemos frutas, debemos impulsar procesamiento, conservación y exportación. Si tenemos producción pecuaria, debemos incorporar tecnología, transformación y estándares internacionales.
Porque hay una verdad económica elemental: La riqueza no está solamente en producir. La riqueza está en transformar. Y allí aparece una extraordinaria oportunidad para los empresarios nariñenses, colombianos y extranjeros.
Pero el mar milagro tampoco debe ser solamente comercial. Debe ser turístico. El litoral nariñense posee playas, manglares, biodiversidad, gastronomía, cultura afrodescendiente, naturaleza y experiencias que podrían atraer visitantes nacionales e internacionales.
El avistamiento de ballenas, los ecosistemas costeros, las playas, la gastronomía y la cultura del Pacífico pueden convertirse en pilares de una verdadera economía turística.
Pero para eso necesitamos infraestructura, conectividad, promoción, capacitación, seguridad y una visión empresarial.
No basta con tener belleza. Hay que convertir esa belleza en una experiencia turística sostenible, organizada y competitiva. Durante demasiado tiempo Nariño ha sido presentado como una región periférica.
Yo propongo que comencemos a mirarlo de otra manera: Nariño no es una periferia. Nariño es un territorio estratégico. La diferencia es enorme. Periferia significa distancia. Estrategia significa oportunidad.
El Pacífico nariñense puede convertirse en el punto de encuentro entre la producción agrícola de nuestras montañas, la economía del litoral, Ecuador, Colombia y los grandes mercados internacionales.
Puede ser ruta de exportación. Puede ser plataforma logística. Puede ser polo agroindustrial. Puede ser destino turístico. Puede atraer inversión. Puede generar empleo. Puede transformar comunidades.Puede transformar ciudades. Puede transformar la historia económica de Nariño. Por eso hablo del mar milagro.
No porque los milagros económicos ocurran por generación espontánea. Todo lo contrario. Los grandes milagros económicos se construyen con visión, inversión, infraestructura, empresa, educación, innovación, seguridad y voluntad política.
Esta es, entonces, una invitación respetuosa, pero firme, al Gobierno nacional:
Mire hacia Nariño. Mire hacia Tumaco. Mire hacia el Pacífico. Mire hacia Asia. No para descubrir simplemente una región pobre, sino para descubrir una región llena de posibilidades.
Invierta en infraestructura. Fortalezca el puerto. Mejore la conectividad. Promueva la agroindustria.
Facilite la inversión. Impulse el comercio exterior.Fortalezca el turismo. Apoye al empresario.Forme talento humano.
Y permita que las comunidades sean protagonistas de su propio desarrollo. Colombia necesita construir regiones milagro. Y Nariño puede ser una de ellas.
Porque las regiones milagro no nacen de la casualidad. Se construyen paso a paso. Con decisiones. Con inversión. Con visión. Con empresarios.
Con gobernantes que entiendan que el desarrollo no puede seguir concentrado en unos cuantos territorios.
Y con ciudadanos capaces de creer nuevamente en las posibilidades de su propia tierra.
Desde Tumaco, frente al inmenso océano, esa posibilidad adquiere una dimensión extraordinaria. Allí están América y Asia frente a frente. Allí está una de las grandes oportunidades económicas de Colombia. Allí está Nariño.
Y allí, mirando hacia el horizonte, puede comenzar una nueva historia. El mar no es la frontera de Nariño. El mar puede ser su puerta.
Y esa puerta puede conducir a una verdadera región milagro.



