Nariño: el olvido que nos resistimos a ser

El pasado 2 de octubre de 2016, cuando el Gobierno Nacional llamó a toda la ciudadania a refrendar el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera (Acuerdo de Paz), más del 60% de los nariñenses dijeron SI. Tumaco, Roberto Payán, El Charco, Olaya Herrera, Mosquera, Barbacoas, Samaniego y Pasto, mayoritariamente se inclinaron por abrir la ventana que nos permitía ver una Colombia que pensase en la reconstrucción y la reconciliación luego de más de 60 años de conflicto armado.

Sin embargo, sometidos al peso de un Estado centralista como lo es Colombia, pese a nuestra opción por la paz, se nos impuso el NO y con ello una mirada restringida de lo que puede ser La paz en los territorios. Sugiero iniciar a auscultar esta realidad a partir de hechos concretos, tales como la implementación (o no) de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), punta de lanza de la reforma rural integral pactada en el primer punto del Acuerdo de La Habana, por medio de los cuales se busca, en papel, palabras más palabras menos, cerrar las brechas entre campo y ciudad y en últimas garantizar unos derechos mínimos a las regiones más golpeadas por el conflicto armado, las cuales, en nuestro departamento se restringieron a los municipios de El Charco, La Tola, Magüi, Mosquera, Francisco Pizarro, Ricaurte, Santa Bárbara, Barbacoas, Olaya Herrera, Roberto Payan y Tumaco, todos ellos, elocuentemente, municipios donde ganó el SÍ a la paz.

De acuerdo a los datos de conocimiento público en la página web de la Alta Consejería para la Estabilización y Consolidación, para el PDET Pacífico y Frontera Nariñense, habrá una inversión estimada de $109.222 millones (aproximadamente 5 días de guerra en Colombia según datos de INDEPAZ para el año de 2016). No obstante, de acuerdo al Segundo Informe al Congreso Sobre el Estado de Avance de la Implementación del Acuerdo de Paz de la Procuraduría General de la Nación (2020), el PDET Pacífico y Frontera Nariñense presentaba, hasta hace un año, un porcentaje de cumplimiento tan sólo del 5.1% de las iniciativas acordadas, encontrándose entre las últimas regiones PDET con porcentaje de cumplimiento.

Cuando escribo estas líneas, recibo el reporte de un nuevo desplazamiento masivo (2.019 personas) y confinamiento (1.440 personas) en el municipio de El Charco, viéndose afectadas 8 veredas, corroborando con ello que Nariño es uno de los departamentos más afectados por el recrudecimiento del conflicto en el país, al reportar a la fecha 17 emergencias atendidas por el Mecanismo Intersectorial de Respuesta de Emergencias (MIRE).

Sin animo de caer en el pesimismo inmovilizador, este panorama de victimización a los habitantes de Nariño no pareciese menguarse, mucho menos ahora que se abre paso mediante el Decreto 330 del 12 de abril de 2021 el retorno de las aspersiones aéreas con glifosato, tristemente recordado por los nariñenses y nuestros hermanos y hermanas del Putumayo. ¿En qué quedaran, de hacerse, las obras del PDET Pacífico y Frontera Nariñense? ¿Quienes las disfrutaran si el campo Nariñense vuelve a quedar despoblado producto del desplazamiento forzado?

Hoy, pese a que el recurso a la inteligencia para argumentar que la sustitución de cultivos es el camino más idóneo para superar el flagelo del narcotrafico, y que el suspenso del goce efectivo de derechos para gran parte de la población Nariñense puede llegar a su fin de implementarse, guardando coherencia e invirtiendo los recursos suficientes, el Acuerdo de Paz, con una barrera casi infranqueable, recuerdo que aun podemos apelar al optimismo de la voluntad, sobre todo en una tierra donde crecimos sabiendo que, ante las adversidades, ¡Nariño responde vencer!

Coda: con esta introducción general, busco presentar el propósito de esta columna, reflexionar sobre el conflicto y La Paz en nuestro departamento y las posibilidades que tenemos para ser el modelo de departamento que quiso, hace ya más de un siglo Don Julian Bucheli.

Comentarios

Comentarios