Rueda la vida.

Sentía mucho vértigo cuando descendíamos con mi padre a través de unas empinadas calles que lo único que atinaba a hacer era cerrar los ojos y agarrarme fuerte. Mi estatura no era la adecuada para que nos dieran la autonomía como tripulantes, pero soñábamos con el viento en la cara, y poder hacerlo solos. Eran tiempos de nuestra infancia en los que enloquecíamos porque nos den permiso para un ratico más de aventura, pero a regañadientes teníamos que obedecer la orden de ponerle fin a la diversión. Nos parecía que no existía felicidad completa.

Como inspirada en la rotación de los planetas, se inmiscuye en nuestras intimidades y ocupa un espacio especial. Algunos dirán que la vida es rodar, que por eso se asemeja al trasegar del día y la noche. La semejanza cuasi perfecta con el sol y la luna en sus circunferencias rodantes nos indican el viaje imperecedero sin paradas ni estaciones.

¡Oh, viaje cósmico! Jamás quisiéramos llegar a nuestro destino, aplázanos la meta porque la mayor dicha está en andar el camino, mas no en la llegada. Condúcenos por donde haya manantiales de agua fresca, donde haya robles y ceibas que nos brinden un poco de sombra. Danos tiempos de sol para calentar los huesos en las mañanas frías, amaneceres con tonalidades rojas para alimentar nuestro espíritu y hermosos paisajes para fotografiar la memoria.

Lo que no alcanzamos a entender es por qué algunas subidas se convierten en penitencias de pecados que nunca hemos cometido. Miramos la cima y nos volvemos humildes; por lo tanto nuestras pulsaciones aumentan tanto que nuestro corazón parece que fuera a estallar.

Somos de una vida rodante. Navegantes de tierra firme,  recorremos la ciudad y los montes, somos protectores del medio ambiente. Quien vive este espíritu ama los animales y ama las plantas, porque el mundo es redondo, y volvemos al mismo punto después de dar un giro en un día o en un año; volvemos a comer lo que desechamos y a beber el agua que ensuciamos. Porque la vida es rodante.

Todo es cíclico: las estaciones, los aniversarios, las despedidas, los sueños, los viajes, las ilusiones, las cometas, el amor. Todo es cíclico: la redondez del vientre de una madre, los frutos que penden de los árboles, el mundo es redondo. Todo gira para no anquilosarse o atrofiarse, y desafiar la ley de la inercia.

Los rosales y cardos pasan raudos ante nuestra mirada, quedando atrás en la distancia como señal de las estelas hacia el infinito. Somos devoradores de caminos y sendas, sembradores de sueños, almas rodantes.

En las ciudades nos deslizamos con la habilidad que lo hacen los trineos en la nieve, con la sapiencia del salto ecuestre, la precisión del bolichero, la emoción del fútbol y el esfuerzo del atleta. Cada bocanada de aire es sentir la vida en su plenitud; valorar los momentos de la vida en cada sorbo de agua, es lo ecológicamente mejor pensado.

Todos los días un nuevo desafío, asumir las cosas con disciplina. Las responsabilidades son grandes, pero el placer y la conciencia son los mejores aliados. Tengo una compañera inseparable que me lleva a todas partes, es romántica por naturaleza, y por naturaleza respeta el aire puro. Es compañera del obrero, del estudiante, del profesional,  del deportista y de todo aquel que quiera tener una aventura.

Desde nuestra niñez empezamos a quererla, y con el paso de los años empieza a convertirse en la respuesta inteligente ante la polución. Mi padre me dejó hace mucho tiempo, gracias a él tengo un buen legado. Hoy, ante el apremio es una necesidad urgente, se convierte en la mejor aliada del aire limpio.

Bienaventurados sean todos los ciclistas.

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