Rueda la vida.

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Sentía mucho vértigo cuando descendíamos con mi padre a través de unas empinadas calles que lo único que atinaba a hacer era cerrar los ojos y agarrarme fuerte. Mi estatura no era la adecuada para que nos dieran la autonomía como tripulantes, pero soñábamos con el viento en la cara, y poder hacerlo solos. Eran tiempos de nuestra infancia en los que enloquecíamos porque nos den permiso para un ratico más de aventura, pero a regañadientes teníamos que obedecer la orden de ponerle fin a la diversión. Nos parecía que no existía felicidad completa.

Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.

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