Ser el otro

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En Estambul hay una mujer como mi mujer que mira a su marido que es como yo pero no soy yo. Lo mira observando la televisión donde un presentador de noticias lo mira mientras le cuenta las noticias de Colombia. Y yo, aquí en Colombia, miro en el noticiero de la televisión que una mujer en Estambul asesinó a su marido por ignorarla mientras veía la televisión.

Es muy posible también que en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, una mamá como mi mamá esté mirando por la ventana de un teleférico, mientras que la mamá que se parece a mi mamá, en Bogotá, lo hace subiendo en el teleférico a Monserrate. Ocurre en diferentes continentes, en el mismo momento, y las dos tienen un vestido idéntico y piensan que cuando lleguen a la cima comprarán una botella de agua y luego llamarán a su hijo por teléfono. Ambas mujeres tienen la misma edad y un hijo como yo, pero tal vez ninguna sea mi madre.

Sentado en el pasto a las afueras de mi cabaña puedo imaginar que en Lemuria (ese continente que se hundió antes de la Atlántida miles de años antes de la aparición de Cristo) hay un hombre, igual que yo, dispuesto a matar a todas las hormigas rojas y gigantes que se atrevieron a comerse las hojas del arbolito de aguacate que sembré con tanto entusiasmo en mi jardín. Imagino a ese lemuriano furioso, rezongando y tomando aire como lo hago yo ahora. Luego, lo veo presionando la pistola de la bomba con el insecticida sin piedad alguna y sin pensar en que estamos cometiendo un genocidio al matar a cientos y cientos de seres vivos. Y tal vez, claro, existan hormigas lemúricas pensando —como podrían pensar las hormigas de mi realidad ahora— que esa guerra contra el hombre no será eterna y que algún día ellas lograrán comerse el mundo por completo.

Pero ni el lemuriano ni las hormigas saben lo que yo sé, porque imagino como ellos no imaginan. Pero… ¿qué tal que sí? ¿Que todos ellos también imaginen lo mismo que yo imagino (y hasta crean que yo no alcanzo a imaginar lo que ellos imaginan)?

En Osaka, Japón, un muchacho de quince años como yo —cuando tenía quince— lee libros pensando que los escritores deben ser videntes al imaginar la vida de personajes que, a la postre, tienen vidas parecidas a la vida de todos los habitantes de la tierra. Entonces, el chico, en un arrebato de pasión, decide ser escritor ante la furia de su padre, quien piensa que escribir es asunto para vagos e inútiles. El joven lo hace sin saber siquiera que en Australia y Suramérica hay otros muchachos iguales a él pensando lo mismo y escuchando la misma cantinela de sus padres.

Anoche mismo, tirado en la hierba y mirando las estrellas, pensaba en lo grandioso que sería que alguien, al otro lado del universo, se imaginara a un escritor como yo imaginando un cuento como este.

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