Transparencia conductual: Hacia la cultura de la honestidad y el bienestar común

En estos días en los que la raza humana ha sido puesta a prueba con un virus sin precedentes en la historia reciente, que ha confinado a gran porcentaje de la población, con lo cual, paralelamente a la crisis sanitaria ha surgido una crisis económica sin parangón, también ha salido a la luz en muchas esferas de la sociedad una crisis tal vez aún mayor a estas dos, que ha estado enquistada en todos los niveles sociales y de manera importante en nuestra región latinoamericana: la crisis social de la opacidad, entendida como la falta de transparencia principalmente de nuestras administraciones públicas, con lo que podemos vislumbrar la punta del iceberg que es la corrupción, pero que lamentablemente trasciende a todos los sectores socio-económicos.

Es por esto que una propuesta ante este flagelo que va en detrimento del buen vivir o calidad de vida que todos y todas queremos, es fortalecer el concepto de “transparencia conductual”. El enfoque conductual es un matrimonio que por muchos años pasó prácticamente desapercibido: la economía y la sicología. Si bien esta dupla ha tomado fuerza con en el nuevo siglo y de forma especial en la década vigente, es algo que se ha estudiado y trabajado desde hace más de medio siglo, con el propósito de utilizar pequeños “empujones” o nudges (término en inglés acuñado por el nobel de economía de 2017, Richard Thaler) para que los ciudadanos actuemos en beneficio propio y de la sociedad. Es decir, a partir de lo que Thaler llama la “arquitectura de las decisiones”, los Estados puedan implementar políticas públicas que generen incentivos, muchas veces imperceptibles, para que la sociedad alcance mejores niveles en su calidad de vida.

En este sentido, la transparencia conductual apunta a corregir el hecho de que algunas personas a veces podrían no darse cuenta cuando su comportamiento se desvía de los estándares éticos, y esto muchas veces sucede porque más allá de lo que creen y aceptan las personas, el contexto ejerce una influencia preponderante en el comportamiento. Es así que existen varios mitos que derribar para apuntar a una transparencia conductual: 1. No existen personas buenas ni malas, sino circunstancias éticas y anti-éticas; 2. La intención no rige el comportamiento, ya que se pueden hacer cosas malas con buenas intenciones (lo que se conoce como “ceguera ética”); 3. Si bien las acciones éticas se rigen por el razonamiento ético, generalmente el razonamiento viene después de la acción para justificarla, explicarla o racionalizarla y; 4. Que cada persona es diferente no justifica acciones anti-éticas, porque las sociedades generan estándares éticos reconocidos por todos.

Teniendo en cuenta esto, fomentar la transparencia conductual definitivamente ayudará a combatir, en primera instancia, la corrupción. El Índice de Percepción de la Corrupción que todos los años publica la ONG Transparencia Internacional, en su versión más reciente (2019) sigue colocando a Latinoamérica como la segunda región más corrupta del mundo, sólo superada por África. No es casualidad que, de los 180 países evaluados, tengamos a Venezuela entre los 5 más corruptos del mundo (puesto 176), y esto definitivamente atenta contra los menos favorecidos al arrebatarles parte de los recursos que irían dirigidos a su bienestar. Pero al mismo tiempo, fomenta lo que se conoce como la “transparencia colaborativa” que hace parte de la tercera generación de concepciones acerca de la transparencia, luego de la activa (que  es una obligación positiva de los Estados de publicar información) y la pasiva (que es el derecho de la ciudadanía de recibir  la información que solicite), entendiendo la colaborativa como uno de los objetivos de la filosofía del Gobierno Abierto que fomenta la corresponsabilidad de la ciudadanía a partir de la rendición de cuentas de sus gobernantes.

De esta manera, llegaremos a consolidar lo que podríamos llamar la “transparencia colectiva”, que no es más que la consolidación de la cultura anticorrupción multinivel, que va desde aquel político que roba millones de dólares de un plumazo en la contratación de obras de infraestructura, pasando por el cliente del banco que se salta la fila porque “no tiene tiempo”, o el vecino que en la tienda le dan cambio demás y no lo devuelve, hasta ese estudiante de colegio que copia del examen de su compañero en un acto de deshonestidad con su plantel educativo y con él mismo.

Desde ningún punto de vista se trata de un tema carismático, popular o fácil de digerir, precisamente porque en nuestros países nos encontramos inmersos en la cultura de la impunidad a todo nivel, pero precisamente luchar contra ella también desde todas las trincheras es lo que finalmente coadyuvará a cristalizar la transparencia colectiva y, con ella, sumar hacia el bienestar de todos y todas, especialmente de las futuras generaciones que nacerán y crecerán en medio de una cultura de la transparencia y la integridad pública generalizada.

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