Compartir artículo en:

Pablo Emilio Obando A.
C.N.P
“Las palabras chillan por encima del espacio, el tiempo y el destino”.
A OMICRON, por supuesto.
La existencia no es más que una ironía donde se entrecruzan la vida y la muerte (lo irónico está en que no hemos aprendido a diferenciarlas); todo silencio es inútil cuando la vida canta: después del sol seguirá amaneciendo y caerá la luna; será el anochecer más puro: con olor a espiga seca; página sin flor.
En junio de 1966 la Revista Cromos publica la carta de un joven nariñense relatando las peripecias de su existencia y su anhelo de “ser alguien en la vida”. Al leer aquella carta, angustiante y desesperada, no puede el espíritu humano ser indiferente ante el clamor de un hombre al que lo condenan al fracaso negándole una oportunidad. Menos mal que a este hombre no lo mató el fracaso porque supo anteponerse a la adversidad de su destino; y que no se tiró con sus miserias al cráter profundo del Volcán Galeras.
Muy seguramente su cabeza hace falta en el Museo del Oro del Banco de la República; desde ahí podrías gritar a todo pulmón, sin riesgo alguno, a toda esa caterva de vanidosos y superfluos, que la vida es algo más que respirar.
Pero ese no era tu sistema. Aunque alguna vez dijiste “que sí no se está fletado al “sistema”, éste mismo se encarga de matarlo”; bajaste la guardia pero unicamente para despistar al enemigo. Tus dardos no eran frecuentes; y ya ves, aún hay muchos dando tumbos en el fango; y tal ves maldiciendote porque tú los hiciste caer de su pedestal; tu rebeldía era de espanto. No creí eso de que “en últimas, opté por el silencio”, a tí no te podía hacer callar ni el “patas”, aunque sí algunos dueños de los medios escritos donde frecuentemente eras tachado de niño malo. Pero todo eso qué importa si al fin te saliste con la tuya y sí los pocos amigos que pudiste tener te quisimos con berraquera.
Ciertamente que no fuiste un ‘autor consagrado’: tus obras más que de un virtuosismo literario están hechas de un virtuosismo a tu manera: con la irreverencia de quien no acepta la injusticia o la desigualdad. Tampoco fuiste prolífico en tus letras; pero dijiste todo cuanto tenias que decir: antepusiste el mensaje a la metáfora, es decir la vida a la muerte.
Y con que maestría Aliocha en su ‘Ultima página’ recogió tus angustias para golpear de frente y en el rostro -sin compasión alguna-, a los bandidos del poder que enlutan y cubren de terror al cielo colombiano.
Él, como tú, yace ahora quien sabe donde ya que toda nuestra ciencia aún es incapaz de darnos una respuesta a la pregunta más elemental.
Digamos que están en el cielo… o muy cerquita de él, porque si existe y alguien lo puede merecer es unicamente el ser que se consagró a una causa: la Libertad. Pero no la libertad de cadenas sino la libertad del alma. Desde allá echenme una manito para merecer el santo nombre de su amistad…
Esperemos -y ese va a ser su primer milagro-, que por estos dias los escritores estén de vacaciones; así tendremos espacio para ésta nostalgia: Lupercio podrá seguir jugando con la muerte; Aliocha con su nada y, yo; con mis engaños.
Un Cristo en Galeras
Gonzalo, lo saluda un colombiano. Antes de todo quiero identificarme como lo que soy: uno más de los nacidos en las montañas, un “montañero”. Cuando era todavía un chico, o mejor dicho, un gamín del monte salí al pueblo a conocer los carros, la banda de músicos, la luz eléctrica, etc. Ingresé a la escuela, a recibir “conocimientos de mi patria”, con los pantalones remendados y los pies descalzos. Terminé la primaria, habiendo obtenido un cartón y el primer puesto. Perdí luego a mis padres y aprendí a trabajar. Trabajé como dizque manda Dios, dedicado también a estudiar como un buen ciudadano. El bachillerato lo hice nocturno, en la capital de Nariño. Viajé después a Bogotá, -aquí estoy de paso- amargamente destrozado, sin empleo y sin un dolar. Mis buenos amigos me invitan a cenar de vez en cuando, aunque yo más bién pienso que me harían un gran favor dejándome morir de hambre. Con unos ahorros que me quedaban entré a la Universidad, inicié una carrera, me sobró cabeza pero me faltaron los libros. Hoy he dejado de estudiar por falta de todo. Soy uno más de los miles de estudiantes colombianos sin futuro. Hacemos cola para encontrar trabajo, pero el trabajo es encontrarlo.
Aparte de todo, quiero vivir, estoy en los 27 años. Quisiera ser un escritor empedernido, encerrarme nuevamente en mi montaña que me vió nacer. Entregar mi cabeza, no al Museo de Oro del Banco de la República, sino al cráter profundo del Volcán Galeras, con todos mis fracasos, mi alma y mis cenizas.
Me queda todavía un poco de tiempo para leer su “Ultima página”, en que si es posible, como bien creo, publique y comente ésta humilde reseña.
Gonzalo, se despide su asiduo lector,
Lupercio Obando Sotelo.
Este jóven me escribe una carta desolada para hablarme de su vida, sus sueños, sus fracasos, su desesperación. Quién sera? En qué rincón de su patria se lo habrá tragado la tierra? De él sólo sé que existe, que tiene unas ganas violentas de ser, de realizar sus sueños de hombre. Veo también por el tono y la angustia de su carta, que le sobra coraje, inteligencia, y que ha peleado su batalla valientemente, triunfando sobre la adversidad y la miseria.
Espero que éste jóven no se haya matado, pues no merece un fin tan abyecto, aunque su terca estrella siga arrojando absurdas sombras en sus sueños, oscureciendo su porvenir, debilitando su coraje.
Su relato me ha conmovido por auténtico, por su desamparo, porque en algunos episodios de su ventura de hombre he reconocido mi propia ventura. El no es, ciertamente una excepción. “Lo que soy se lo debo a los fracasos que me preceden, pues un hombre en lo más esencial de sí mismo no es mas que la suma de sus derrotas, de sus muertes y resurrecciones”. El triunfo es secundario. Al triunfo he preferido siempre el fracaso, por ser creador, por ser lo que a la larga nos hace invencibles. Mi destino es pues, semejante a ese rascacielo que se pierde en el horizonte. Pero a él me dirijo con cada uno de mis fracasos recortando las distancias. Y vengo de muy lejos, de muy bajo, de los abismos. A los 25 años fundé una rebeldía para no matarme, para que no se matara mi generación, pues habriamos perdido nuestros idealismos, la razón de la lucha, y el gusto por la vida.
Esa rebelión nos libró de opresiones y pesadumbres; nos devolvió la alegría del sol, el honor de tener un cuerpo y la dicha de un corazón que latía con la furia de la sangre.
El nadaismo fue el espejo de nuestra idolatría. En él nos miramos y encontramos que la vida era bella. En él nos miramos y nos apreciamos en lo que valíamos; en un precio de hombres. Tanto, que nuestra locura hizo tambalear el Empire State de la razón, y más alto aún, el imperio de los dioses, la roca de Prometeo al oprimido.
Evoco esta aventura espiritual, la más bella de la juventud de Colombia, la más heroica, para decirle a este compañero, que no hay sino una derrota: esa que consiste en consentirla; que la derrota misma puede ser un camino cuando se parte de ella hacia nuevas conquistas; que la derrota también tiene su dignidad si conduce a la lucha. Y que el triunfo no es, en ultima instancia, sino la suma de todas las derrotas.
Esta es mi solidaridad con este joven que hoy está mordiendo el polvo y cruzando un negro desierto. Pero no hay que olvidar que el desierto termina donde empieza el mar, y que la derrota termina donde empieza la lucha. No tengo más que ofrecerle a mi amigo, salvo mi propia verdad: lo que importa en esta vida no es ser feliz, sino darle un sentido creador al sufrimiento.
Cuando pienso en la impotencia de este joven guerrero, en su lucha estéril, en la desigualdad de su combate me siento abrumado de privilegios y casi indigno de ellos. Entonces quisiera despojarme de lo poco que soy para compartir mi plena desnudez con la magnitud de su desdicha.
Pero esta deserción en mí mismo sería romántica,
y además inutil. Un gesto así ni siquiera sería solidaridad, a lo sumo, estúpida auto-compasión. Sí, es inutil exaltar a mi amigo a costa de degradarme. No ganaremos un ascenso a los valores del mundo si todos nos empeñamos en arrastrarnos, eso sería indigno del espíritu.
Pero yo protesto con toda mi furia y acepto en nombre de la Justicia y de la sociedad la terrible acusación de este joven que nos ofrece en su patetica confesión, la frustración de su vida y de sus sueños. Que una vida plena de promesas se anule en las sordidas contingencias de la necesidad, ante el desprecio o la indiferencia de una sociedad opulenta, y el nihilismo inhumano del estado capitalista, me parece el peor de los crímenes que, sin duda alguna, será vengado por la víctima, tarde o temprano. Pues un hombre dotado de inteligencia y posibilidades no se dejará matar impunemente cuando la sociedad en que vive le niega sus derechos de hombre. La venganza está impresa en la sangre, en las leyes de la naturaleza, que son más implacables que los códigos humanos.
“Entre a la Universidad, me sobró cabeza, pero me faltaron los libros”. Esta frase que hoy me turba por la injusticia que conlleva, resonará como una amenaza de terror bajo el cielo de Colombia. La escribió un joven desesperado que vino de sus montañas a la ciudad con el ideal de hacerse hombre util. Su lucha fue épica. Hizo con mil sacrificios un bachillerato nocturno; trabajó de día para estudiar de noche. No tenía a nadie más en el mundo, solo su voluntad de ser y de ascender. Ingresó a la Universidad para culminar una carrera, y a los pocos meses la abandona porque “me sobró cabeza y me faltaron libros”. Abrumado de miseria y de angustia no sabe hoy que hacer ni en que sentido dirigir sus pasos. Ya no espera nada de nadie. Quizás se mate o se vuelva un asesino. Eso nadie lo sabe, ni siquiera él.
Alguna noche desesperado, en un trozo de papel, me escribe ocho lineas desde la mesa de un bar, y me pide, antes de abandonar a Bogotá, derrotado y exhausto, que comente su “humilde carta”. Quizás para colmo de mis responsabilidades, espera de mí una razón de existir antes de arrojarse con “todos mis fracasos, mi alma y mis cenizas en el cráter profundo del Volcán Galeras”.
Pues bien, querido Lupercio, espero que aún estes vivo. Es mal negocio matarse antes de haber vivido. A tu edad no es honesto coquetear con el suicidio, y ni siquiera eres cobarde. Incluso, trata de ser un “empedernido escritor” antes de echarte de cabeza en el cráter. El solo hecho de querer un volcán por tumba, revela que tu alma no cabe en una fosa común. No claudiques. Un día de estos, quizás vere tu nombre flamenado mucho más alto que tu volcán, sobre el recuerdo de tus abismos y tus actuales infortunios. Y si es así bendeciré tus derrotas.
Estas palabras que te escribo es todo lo que tengo, y te las ofrezco con amistad. No soy tan pobre como tú, pero casi. En todo caso, mi riqueza no es de chequera. Soy aún más rico: amo la vida, el arte y soy libre. No exijo más, porque lo demás me crearía servidumbres. Y si quieres que te diga la verdad, hela aquí: el próximo mes pagaré el arriendo de mi cuarto con lo que gano por este mensaje que te escribo. Lo demás es literatura y frenesí.
Así es que no te preocupes, compañero, Para tipos como tú y yo vale mas SER que tener.
Adios, compañero, y no te suicides en verano ni en GALERAS.
Gonzalo Arango.
Tengo mucho que decirte amigo Omicron, hay demasiado que decir… Gracias por tu respuesta a “Los consejos de un loco al amanecer”, en cuanto al escrito sobre Gonzalo, ya casi estoy por terminarlo. Me alegro que te gustara el de Fernando***. Tu libro “Contrasigno”**** es para pensar, la segunda edición tendrá que salir algún día. Besos a Luis Ernesto y que se cuide para que no lo atropelle un arcangel.
Santa Fe de Bogotá, abril de 1992.
NOTAS
* “Un Cristo en Galeras” Revista Cromos. Junio 26 de 1966.
Aliocha.
“Consejos de Un Loco al Amanecer”. Diario del Sur. Nuevo Correo del Sur.
Omicron – Pablo Emilio.
*** “Fernando Gonzalez: Más que un filosofo”. Revista Cultural Reto.
Pablo Emilio Obando.
**** “Contrasigno”. Lupercio Obando Sotelo. 1970

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES