Un tejido ancestral

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Por: José Arteaga

(X-Twitter: @jdjarteaga)

La web Arkano, que es una plataforma para comercializar productos artesanales tiene la buena costumbre de dejar que sean los propios artesanos quienes cuenten su vida y obra. El último que leí se titula Bitácora de la artesana Flor Imbacuan. Y lo hice porque esta mujer de Carlosama representará a Nariño en el Premio Mujer CAFAM 2024 en marzo en Bogotá.

La bitácora dice así: “Mi nombre es Flor Imbacuán Pantoja, soy del resguardo indígena de Carlosama, Nariño, de la etnia de los Pastos. De profesión, soy diseñadora de modas, trabajo como directora creativa en Hajsu, desde el año 2013. Hajsu, quiere decir vestuario indígena. He podido, a partir de lo que es el diseño, hacer una mezcla, una mezcla de la sabiduría del tejido, porque el tejido no es sólo tejer por tejer, sino que tiene su esencia, su espiritualidad, su sacralidad”.

“Y, a partir de mi profesión, yo he podido agrupar a mi gente, he podido crear cosas hermosas, he podido empoderarlos muchísimo más y he podido crear fuentes de empleo, logrando un tejido social, un tejido que no existía, que se estaba quedando en el olvido, nadie tejía ya.  De pronto hacían ruanas o cobijas, pero muy poquito”.

Es verdad que la labor artesanal es sacrificada, dispendiosa y mal pagada. La tecnología moderna puede replicar cualquier modelo a partir de un original y esas réplicas son las que abundan en las tiendas. Eso ha relegado la artesanía de telar a sectores pobres, pues se venden a precios mínimos comparados con el trabajo que conlleva.

En fin, esto no es ninguna novedad. Así ha sido siempre. Pero Flor Imbacuán dice más cosas:

“Amo tejer y creo en los procesos comunitarios, entonces para mí es completamente placentero hacer minga… Usamos la guanga, que es el telar precolombino. Tejemos con lana de oveja como materia prima principal y se adquiere en Ecuador, nosotras mismas la hilamos y procesamos. Otros materiales que usamos son la seda de capullo de gusano, algodón, algodón orgánico y algodón en mezcla, que es poliéster y algodón; estos sí son colombianos”.

Que se sepa el primer panel telar andino tejido a mano surgió en Checacupe, cerca de Cuzco. Desde entonces las tejedoras trabajan con lana de oveja como principal materia prima. Ellas la extraen del vellón, la limpian con una infusión fría de plantas, le quitan las “espinas” naturales y la hilan. Luego hacen uso de la pushka, una rueca que sirve para torcerla y reforzarla.

El proceso final final consiste en teñirla usando tintes vegetales y animales. Sin embargo aquí entra uno de los principales problemas, que es el mismo que tiene el Barniz de Pasto. Los tintes naturales han sido reemplazados por industriales. Mientras no exista un un Plan Especial de Salvaguardia que sea de verdad efectivo y no se quede en un simple papel sin supervisión, es imposible volver a la materia prima natural. Y es que los colores son vitales porque desde siempre hacen parte de una simbología andina.

Dice Flor: “La energía que el tejido tiene en sí es poderosa, es una prenda que es tan atractiva por sus colores, por sus formas, por la simbología que tiene, porque, como te digo, nada es ser por ser, sino que todo tiene su espiritualidad, su esencia, su sacralidad. nosotros lo que hacemos es diversificar formas y darle un poquito de innovación, para volverla más, digamos, más actualizada, para un mercado más moderno, pero sin dejar de lado su esencia, su tradición, la sabiduría que hay detrás”.

Dicho lo anterior, que es muy loable, le queda a uno sonando aquello de que la lana de oveja se adquiere en Ecuador.

Desde 2019 Ecuador se ha convertido en el principal exportador de lana de oveja. La historia salió a la luz porque en ese año exportó 12 toneladas de lana esquilada de oveja a Uruguay; un producto principalmente procesado en Colta y Guamote, provincia de Chimborazo. Y no ha parado, desde luego, sino que ha ido a más.

Dependemos de Ecuador en muchas cosas. Ya lo decíamos en esta columna al hablar de la cerveza artesanal y la importación de insumos. Traemos de fuera porque nosotros mismos no somos capaces de dar. Es posible que Colombia genera más lana de oveja que nuestro país vecino, pero no hay desarrollo empresarial que piense en grande. La lana de Boyacá se queda para productos boyacenses. ¿Y la de Nariño? Pues no lo sabemos, y así como no sabemos eso, tampoco sabemos nada del arte maravilloso de personas como Flor Imbacuán.

Nuestro desconocimiento en nuestro arte típico es atroz. No sabemos diferenciar entre estos tejidos y los tan coloridos hechos de algodón de los indios inga y kamsá, sólo por citar un caso. Y con una visita a Bombona guiada por un experto bastaría (otra forma de hacer turismo, entre otras cosas).

¿Enseñamos esto en las escuelas? No me refiero a los detalles técnicos, sino a la importancia artesanal, a su valor histórico y sobre todo a su preservación. ¿Tienen nuestros gobernantes locales una pequeña idea del significado de estas tradiciones y de como se pueden ayudar con mayores posibilidades de encontrar materia prima? ¿Les interesa? Incluso comercialmente, ¿le ven potencial? O ni eso.

Ellos sabrán.

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