Una simple carta

Hace 20 años me preguntaba yo porqué era tan caro enviar una carta a Europa. Los precios de aquel entonces no eran proporcionados para nuestro poder adquisitivo, y no era de extrañar que todos los interesados buscásemos conocidos que viajaran para “enchutarle” la cartica. Porque hablo de una simple carta, no de un paquete especial.

Hace 10 años se preguntaba un articulista de la BBC ¿cómo hacen los colombianos para mandar sus postales de navidad si en Bogotá no hay buzones y las oficinas oficiales están muy lejos para la mayoría de las personas? Postales venden en todas las papelerías, pero para enviarlas toca ir a un servicio de mensajería privado, remitirlas “como documentos” y un precio prohibitivo.

Hace un año escribía yo sobre como nos ha cambiado la vida con esto. Mi padre me envía las tarjetas de cumpleaños escaneadas y por email. El no tiene una cuenta de email, pero da el mío en una office del centro de Pasto y allí le prestan el servicio. Es una buena alternativa para una persona mayor, sin conocimientos del mundo digital, para que no se gaste la plata en un envío postal.

En el mundo hay muchas empresas dedicadas al rescate de las cartas. Por ejemplo Penpal World, donde se puede enviar una carta de amor de puño y letra. O Postcrossing, o Wanderful, o alguna que te ofrece una redactora con una letra muy bonita para que escriba lo que le dictes. Lo malo es que para acceder a estas empresas, hay que bucear primero en internet y contactarlas.

Sin embargo, también anotaba hace un año que en un solo trimestre se enviaron en Colombia 23,683 millones de cartas, las cuales 3 millones eran cartas personales. Por mucho que todo lleve a pensar que el correo postal ha muerto y que ahora todo es internet, no es verdad. Aunque pensemos en términos digitales, le seguimos diciendo a nuestros hijos que le escriban una carta al Niño Dios, a los Reyes Magos o a Papá Noel, según el lugar donde vivan.

Y luego están las otras 20 millones de cartas, que son las de empresa, las publicitarias, las facturas, las oficiales, los comunicados. En fin. Eso sigue existiendo y esto pasa en todos los países.

Pero resulta que en Colombia sucede algo más problemático: las cartas y postales se pierden. Nuestros sistemas de correspondencia son ineficientes. Hace poco me pasó. Envié una desde Correos de España a Bogotá. La carta llegó a Colombia, pero allí pasó a manos de la empresa estatal y nunca llegó a su destino.

Esta empresa, todos lo sabemos, es 4-72, que reemplazó a ADPostal en 2006 y cuyo nombre representa la ubicación de Colombia: 4° grados latitud norte y 72° grados longitud oeste. El ingenioso nombre, sin embargo, nadie lo retiene, a todo el mundo se le olvida, su web es confusa, no reconoce determinadas direcciones, te habla de imposiciones y rangos sin venir a cuento y, lo que es peor, ofrece un servicio de seguimiento que es una tortura. Tienes que llamar, pasas por varias voces y estás obligado a llenar un formulario de voz antes que te respondan.

En el caso de los envíos desde otros países o para otros países, cuyos códigos de referencia suelen cambiar, ubicar una carta o un paquete que no llega, es prácticamente imposible. La web tecnologiamediaynerdos.com tiene un artículo sobre un caso en particular de un ciudadano francés y un acta de nacimiento, que es absolutamente marciano. No le dieron una respuesta adecuada y no le pasaron con ninguna persona que le pudiera responder.

En otros países no se pierden los correos, aunque es verdad que tardan demasiado. Pero es como si las empresas estatales de correo estuvieran haciendo todo lo posible para sepultar la correspondencia en papel. No parece haber un esfuerzo por mantener viva una línea de comunicación a par de su desarrollo tecnológico. Adaptarse a la modernidad no implica sólo cambiar de software, sino ofrecer servicios y ayudas.

No es de extrañar que la competencia privada los sepulte a ellos antes que ellos al papel.

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