Urge una transformación cultural

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Son muchas las emociones, los sentimientos, y las formas de interpretar y ver la realidad en nuestra región. Las decisiones que tomamos siguen siendo motivadas por la emoción. Poco pensamos en las consecuencias o impactos que puedan tener sobre nuestro futuro. Y con esto me refiero a las decisiones de ciudad, de departamento, apuestas que nos hacen estar mejor, o en su defecto, peor.

No, no es un cuento filosófico e irreal. La cultura, todo aquello que se enmarca entre nuestros símbolos, costumbres, códigos, y conductas, es lo que nos hace ser nariñenses. Y podemos hacer muy largo el listado de todo lo que nos convierte en genios, creativos, inspiradores, inteligentes y destacados, pero con aplaudirnos no ganamos nada. Esto es un llamado a la acción.

Por ahí dicen que el camino al fracaso empieza cuando creemos que todo está bien.

Para nuestro caso en particular, sí debemos reflexionar sobre qué cultura tenemos y qué cultura queremos tener. La transformación y la evolución urge en una sociedad que quiere crecer, progresar y salir hacia adelante.

La cultura de una sociedad influye en su desarrollo desde su identidad hasta la política, la economía, la educación, y las maneras de relacionarnos. Es el acuerdo al que llegamos como miembros de una comunidad para organizarnos, interactuar y progresar.

Necesitamos desde ya establecer una hoja de ruta concreta, inamovible, de educación para el cambio cultural, educación ciudadana, escolar y universitaria. Es imperativo gestionar la vocación del territorio, preguntarnos cuáles son las apuestas, qué nos hace fuertes, y qué podemos potenciar. Desde lo político, garantizar que el plan de gobierno esté orientado a ese propósito común, con recursos y diálogo social permanente y definido.

En lo económico, qué sectores serán los dinamizadores del crecimiento en el presente y hacia el futuro. Cómo implementamos medidas para derribar el rezago de la conectividad, dejar de pensar que solo es cuestión de un aeropuerto y vías, también conectarnos con una cultura digital (personas competentes, bilingües, ágiles, eficientes) con visión global. Siempre la inclusión y la diversidad serán un detonante de una cultura justa y equitativa.

Son muchos los casos de éxito de sociedades que decidieron ponerse de acuerdo, por encima del gobierno de turno, en cómo querían definir su futuro, su estabilidad, su construcción de progreso. Necesitamos armonizar las conductas que queremos promover y las que queremos erradicar.

Japón es un ejemplo de sociedades que han experimentado avances en su transformación cultural y que han logrado un desarrollo sostenible importante. Después de la Segunda Guerra Mundial, el “milagro japonés” fue el nombre que posicionó su apuesta por el cambio cultural y su propósito superior fue la calidad, trabajo duro, disciplina, con énfasis en una mejora competitiva, lo que los llevó a liderar en el mundo varias industrias como la automotriz y la electrónica.

En el continente europeo, Finlandia decidió enfocar las fuerzas hacia la educación y el bienestar social. Con ese acuerdo como sociedad, destinaron los presupuestos más importantes hacia la política pública que tenía como propósito cumplir con su transformación pensada. Se lo propusieron y lo lograron. Y sin ir muy lejos, el caso de Costa Rica muestra como su cultura se propuso como inamovibles la democracia, la educación, la paz, y la protección del medio ambiente.

El desarrollo de una sociedad hace rato dejó de ser producto del azar, el asunto que unos pocos políticos van a resolver.

¿Tenemos que condenar a nuestra región a una cultura politizada, desindustrializada, dependiente y desconectada? Que tal si pensamos en avanzar hacia una cultura multi-diversa orientada a la innovación, las industrias creativas, la conectividad, la ingeniería, al agroexportador ¿Suena a cuento? ¿Es imposible? ¿Es cuento chino? No lo sabremos si no lo intentamos.

Por lo pronto, la invitación está abierta para que empecemos por erradicar comportamientos como el “pastuso come pastuso”, el chisme, la difamación, las pasiones descontroladas por la política. Ese, sería un buen comienzo.

Fin.

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