¿Vándalos o rebeldes con causa?

En mayó de 2015 escribí y publiqué una nota titulada “El futuro que reclaman los jóvenes de Pasto”, en ella expresaba lo siguiente: “Estos jóvenes se destacan por su inteligencia y laboriosidad, por su rebeldía desbordada debida, quizá, a ese panorama desolador que vislumbran para su futuro. Jóvenes y adolescentes a quienes la vida los ha tratado con rudeza y dureza; madurados a punta de golpes, hambre y abandono estatal, social y familiar. Es muy fácil verlos a su temprana edad tirados en cualquier potrero consumiendo drogas, alucinantes que quizás los transportan a otros y nuevos mundos donde la realidad no es tan cruel ni tan dramática”.  Más adelante escribía: “En los alrededores de sus barrios no existe una entidad que los oriente y les permita salir de sus angustias, que les facilite prevenir caer en ese mundo sin salida que se pinta en sus ojos y que araña continuamente su alma. Ahí parece no estar el Estado, ni las entidades juveniles, únicamente la policía o el ejercito que ya llega para castigar al hombre y no para prevenir la caída inevitable de los cientos de Alicias en ese túnel oscuro que los conducirá al encuentro de un nuevo mundo donde los golpes, los ultrajes, las violaciones y las condenas serán la única realidad posible. En ese mundo donde la ira se enciende cada día como la única manera de cobrarle al mundo ese abandono y ese letargo social”.

No sé si fue una sentencia o una premonición, pero aún me sorprendo al leer este párrafo: “Mientras los dejemos solos continuarán su camino extraviado y doloroso; construirán y repartirán los mismos males que recibieron y se perpetuarán en ese infierno que son para sus familias y su sociedad”. Pues los dejamos solos, sin cultura, sin oportunidades laborales, sin educación técnica o universitaria, sin esperanza alguna de que su panorama cambie o tan solo mejore.

Hoy, seis años después, los vemos en la calle protestando por todo este ostracismo social al que fueron sometidos.  Es lamentable conocer las estadísticas que nos permiten saber que de cada 100 bachilleres únicamente siete ingresan a una universidad. El resto se queda en las calles, deambulando, rumiando su no futuro.

Durante las últimas décadas el presupuesto dedicado a los jóvenes ha sido pírrico. Los hemos dejado solos, a la deriva de su existencia.   Es prioritario redireccionar el presupuesto hacia esta franja poblacional. Para unos son vándalos, para otros unas victimas que hoy levantan su voz para reclamar lo que en derecho les pertenece.

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