Venezuela y el reordenamiento del mundo. Cuando el territorio precede al botín.

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Las expresiones inmediatas que intentaron brindar explicación sobre la acción militar y política de Estados Unidos en Venezuela han oscilado entre dos afirmaciones. La primera, de carácter más emotiva e inmediata, sostiene que se trata de derrocar un régimen dictatorial señalado de narcotráfico y autoritarismo. El segundo, más analítico, pero aún insuficiente, afirma que el verdadero objetivo es el control del petróleo. Ambas nociones contienen elementos de verdad, pero ninguna explica el fenómeno en su profundidad. La una no niega a la otra, pero tampoco juntas constituyen el centro del problema.

Estas lecturas ampliamente difundidas nos llevan a confundir 3 nociones claves para entender el momento: justificación, interés y estrategia. En política internacional, los discursos morales suelen funcionar como legitimaciones de decisiones tomadas, es decir, “vamos a derrocar al dictador”. Sin embargo, en la teoría política, el orden internacional no se organiza alrededor de valores universales, sino en torno a la distinción concreta entre aliado y adversario y a la disputa real por el espacio (Carl Schmitt). El petróleo si tiene importancia, pero no como causa primera ni como objetivo inmediato.

Por eso el punto del análisis debe hacer un desplazamiento del recurso al territorio, del botín al orden. Para entenderlo en términos de geopolítica, el control de los recursos no es el punto de partida, es más bien una consecuencia. O sea que en este caso el petróleo no constituye la ganancia estratégica inmediata. Lo verdaderamente decisivo es el dominio político y geográfico, es decir, la capacidad de ordenar el y en el espacio, tener la capacidad amplia de condicionar las decisiones y fijar lealtades. La hegemonía no se ejerce primero sobre las cosas, sino sobre los espacios y las voluntades; no sobre lo que se extrae, sino sobre quién decide, desde dónde y bajo qué condiciones. Esta es la verdadera fuerza ganada. Por eso Trump abre un discurso como mandante del territorio.

La acción contra Venezuela no constituye una operación aislada, su creación se dirige a componer el reordenamiento hegemónico de Estados Unidos. Gabriel Iriarte Núñez en “El gran desorden mundial”, plantea que no asistimos a una crisis pasajera del sistema internacional, sino a su descomposición estructural en un mundo sin árbitro legítimo, con potencias en disputa abierta y reglas cada vez más frágiles, por eso el escenario de la ONU se queda limitado sin ir más allá de que los países puedan expresar sus posturas. En ese marco de acción, las intervenciones no buscan estabilidad, sino reposicionamiento. Estados Unidos actúa no desde la fortaleza incuestionada que heredó del fin de la guerra fría, lo hace desde la ansiedad de una potencia que esta percibiendo el desgaste de su liderazgo y tiene la necesidad de hacerlo valer con las condiciones y herramientas que posee. No puede permitir que su influencia se vea cuestionada o disminuida y para mantenerla el desorden del arbitraje y su posición le permite ir hasta en contra de los acuerdos internacionales entre naciones.

¿A qué se debe este desgaste? se explica, en buena medida, por el avance sostenido de China, que ha logrado establecer relaciones comerciales, financieras e infraestructurales a escala global, condición que hace 20 años no poseía. Que estas relaciones no adopten la forma clásica de la ocupación militar no las vuelve inocentes. Como mostró Giovanni Arrighi en “El largo siglo XX”, toda potencia que va en ascenso impone sus condiciones, lo puede hacer mediante la deuda, la dependencia tecnológica o el control logístico. Estamos al frente de un cambio en los métodos, pero no de la lógica del poder. El dominio no siempre se ejerce con ejércitos, a veces se ejerce con puertos, cables, corredores y contratos, y en esa lectura China ha sido acertada. Pero siempre los ejércitos juegan un papel preponderante en el dominio, sin ejercito tampoco hay hegemonía.

En este contexto, los conflictos armados no son anomalías, ni errores de cálculo, tampoco son producto de lo espontaneo o de un momento delirante. Estos son mecanismos de fijación del poder en el espacio. Por ejemplo: Ucrania es el punto de tensión entre la expansión de la OTAN y la resistencia rusa a perder su zona de influencia estratégica que además es histórica. Gaza no es solo una tragedia humanitaria – que lo es -, sino que es una pieza central en la disputa por el control geográfico y político del mundo árabe, región clave para el flujo energético global. China y Corea del Norte, por su parte, practican una contención calculada; entiende que, en el actual desorden mundial, precipitar la confrontación puede ser más costoso que acumular poder en silencio. Corea del Norte, desde su particularidad, entiende que su poderío nuclear es su mayor movida.

Describiendo este tablero, América Latina no es un escenario secundario. Al contrario, se convierte en uno de los espacios donde Estados Unidos no puede permitirse retrocesos. Desde la Doctrina Monroe (1823) hasta hoy, la región ha sido concebida como área de influencia prioritaria. El avance de gobiernos progresistas, la diversificación de alianzas internacionales y la presencia creciente de China y Rusia han erosionado ese control. Venezuela, por su posición geográfica, sus recursos y su peso simbólico (socialismo del siglo XXI), se convierte entonces en un punto de inflexión, permitir su autonomía estratégica implicaría aceptar la fractura del dominio hemisférico. De ahí que se entienda afirmaciones de Trump como: “nuestro dominio occidental nunca más será cuestionado”.

Por otro lado, para entender mayores matices del lenguaje político, resulta clave la lectura de Juan Carlos Monedero en “Los disfraces del Leviatán”. En este texto se expone que el poderío imperialista aparte de la ocupación directa, debe adoptar formas más sofisticadas como: “defensa de la democracia”, “lucha contra el narcotráfico”, “protección de los derechos humanos” o “garantía de la seguridad regional” aunque nada de eso sea real, y se más bien sea una narrativa mediática y hasta cínica. Son disfraces que buscan ocultar lo esencial, la necesidad de mantener el control político del territorio cuando el consenso se erosiona. El Leviatán, entonces ha aprendido a hablar el lenguaje de la legalidad mientras actúa por fuera de ella.

Desde otra perspectiva para entender el escenario, Halford Mackinder, manifiesta que quien controla regiones estratégicas, tiene la posibilidad de condicionar el orden global o regional. El manejo directo de los recursos exige costos elevados y resistencias persistentes. Por eso, en el corto plazo, lo prioritario no será extraer petróleo en Venezuela, sino alinear políticamente el territorio, de esa manera se puede entender el mensaje que ha sido lanzado a Petro en Colombia y a Sheinbaum en México. Una vez asegurado el dominio geográfico y la subordinación política, los recursos se administran con mayor previsibilidad y menor conflicto. El objetivo entonces es disminuir las resistencias.

A termino de conclusión, reducir lo que sucede en Venezuela a una cruzada en contra de Maduro o a la apropiación energética es no poner la vista y la atención a la fase histórica que atravesamos. Estamos ante una disputa abierta por la hegemonía mundial, en un escenario de gran desorden, donde las potencias actúan no por virtud ni por maldad, sino por supervivencia sistémica. Cuando un orden entra en crisis, la violencia deja de ser excepcional y se convierte en lenguaje. Este es el síntoma de la crisis civilizatoria.

Venezuela, por lo tanto, no es el fin. Es un mensaje. Y América Latina, se encuentra ante la disyuntiva de seguir siendo objeto de la geopolítica global o de comenzar, por fin, a pensarse como sujeto histórico, capaz de decidir sobre su territorio, su política y su destino.

Referencias

  • Arrighi, G. (1999). El largo siglo XX: Dinero, poder y los orígenes de nuestro tiempo. Madrid: Akal.
  • Iriarte Núñez, G. (2023). El gran desorden mundial: Geopolítica, crisis del orden internacional y disputa por la hegemonía. Buenos Aires: CLACSO.
  • Monedero, J. C. (2012). Los disfraces del Leviatán: El papel del Estado en la globalización neoliberal. Madrid: Akal.
  • Schmitt, C. (1932). El concepto de lo político. Madrid: Alianza.
  • Wallerstein, I. (2005). Análisis de sistemas-mundo: Una introducción. Madrid: Siglo XXI.

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