Por: Tirso Benavides Benavides
A finales de los años 80 y principios de los 90, el mapa de México, y de casi toda América Latina, carecía de una palabra que hoy nos resulta dolorosamente familiar: feminicidio. En aquel entonces, el sistema judicial y la prensa preferían el velo del “crimen pasional”. Estos casos se juzgaban bajo el atenuante de la “ira e intenso dolor”, una pirueta legal que transformaba al agresor en una víctima de sus propios impulsos. Era una época de sospecha sistemática contra la mujer: el juicio social no recaía en el victimario, sino en la falda demasiado corta, en la hora de llegada o en el no saber escoger bien una pareja.
Esa normalización del patriarcado no necesitaba manifiestos, se respiraba en el aire, se validaba en las letras de las rancheras que elogiaban el sentido de posesión y se asentaba en una sociedad que miraba hacia otro lado mientras el control masculino se ejercía como un derecho natural.
El invencible verano de Liliana surge, tres décadas después del crimen del que trata este libro, no solo como una obra literaria, sino como la resolución de un duelo que se mantuvo en un silencio privado y asfixiante.
La obtención del Premio Pulitzer en la categoría de Memorias no es casualidad; es el reconocimiento a una exigencia de justicia que se niega al olvido. Cristina Rivera Garza no escribió este libro en soledad, como lo ha expresado es para ella es un texto escrito a cuatro manos con su hermana. Lo hizo armando un rompecabezas de recuerdos que reposaron en cajas amontonadas y olvidadas inconscientemente con tal de no revivir el dolor. Los cuadernos académicos de Liliana, estudiante de arquitectura, llenos de notas al margen, sus cartas de amor, de amistad, adornadas con dibujitos además de las entrevistas con quienes la conocieron son la materia prima con que se va reconstruyendo la historia.
También es un diálogo íntimo y devastador de la autora consigo misma, donde explora la relación con su hermana y procesa los sentimientos que el asesinato dejó congelados en el tiempo.
Un detalle técnico interesante es la inclusión de una tipografía única, El libro una fuente diseñada específicamente a partir de la caligrafía manuscrita de Liliana. Cada vez que leemos sus palabras, no estamos ante una cita fría, sino ante el rastro físico de su mano sobre el papel. Es una decisión estética que permite que la víctima esté presente, a pesar de su ausencia.
Para dar a entender que cualquier podría ser víctima o victimario de un crimen de este tipo, la autora disecciona con precisión quirúrgica el perfil de Ángel, el exnovio asesino, quien desde el colegio fue una presencia dominante. Un predador mimetizado en la normalidad. Hubo rasgos que presagiaban la tragedia pero de los que nadie se percató: un control asfixiante disfrazado de perseverancia romántica y una incapacidad patológica para aceptar la autonomía y el hecho de que Liliana quería ser una mujer libre.
Ángel no era un extraño, era el “novio de toda la vida” que ejercía un acecho intermitente, reapareciendo mediante manipulaciones emocionales cada vez que ella lograba avanzar en su independencia. Su lógica era la de la propiedad absoluta, una fragilidad narcisista que no soportaba ver el gozo de Liliana en sus estudios ni mucho menos en su nuevo círculo social. Él encarna esa sentencia de muerte cultural que dicta: “Si no eres mía, no serás de nadie”.
Rivera Garza refleja en sus líneas la lucha feminista contemporánea, citando movimientos como el #MeToo o trayendo al texto el himno global “Un violador en tu camino”, con su sentencia de que la culpa nunca fue de la mujer, ni de dónde estaba, ni de cómo vestía. La escritora cita constantemente textos sobre los riesgos invisibles de la violencia doméstica, como el influyente No visible bruises de Rachel Louise Snyder, recordándonos que siempre existen señales de alerta que la sociedad de los 90, ciega por costumbre, simplemente no quiso ver.
La tesis es clara y dolorosa: estas muertes eran evitables. Los tiempos han cambiado, pero el costo de ese aprendizaje ha sido demasiado alto.
Tras leer el libro, queda en el aire esa pregunta que nos persigue: ¿Cuántas Lilianas se han perdido en el ruido de un sistema que no supo nombrarlas? Liliana Rivera Garza fue una mujer que pagó un precio caro por ejercer su libertad.
Sin embargo, como señala el título que la autora rescató de una nota de su hermana, citando a Albert Camus: “En lo más profundo del invierno, aprendí al fin que había en mí un invencible verano”. Ese verano, que como un homenaje a su memoria, hoy es finalmente invencible, el caso de Liliana ha dejado de ser un expediente muerto en un juzgado para convertirse en testimonio grupal, en un grito colectivo contra la impunidad.
La mexicana Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964), historiadora de formación y escritora por vocación reside en los Estados Unidos, donde se desempeña como catedrática en la Universidad de Houston y dirige el doctorado en Escritura Creativa en Español, labor que compagina con su incansable activismo contra el olvido que, en casos que como el de su hermana, estuvieron por años abandonados en anaqueles judiciales, al borde del olvido, con el silencio cómplice de una sociedad en la que la violencia doméstica se veía como algo propio de la esfera íntima y lo peor, como algo normal.




