Por Tirso Benavides Benavides
A veces la literatura no busca darnos una brújula, sino mostrarnos el fondo del abismo para ver si allí, en la oscuridad, todavía queda algo de nosotros. Esto es lo que sucede con Mi año de descanso y relajación, la corrosiva novela de Ottessa Moshfegh. Situada en Nueva York, en tiempos de los ataques del 11 de septiembre, la obra no es solo el diario de una claudicación, sino una bofetada al estilo de vida gringo, al sueño americano, a través de un experimento radical, una mujer decide ejercer el derecho a no estar, para eso se propone dormir un año entero para ver si, al despertar, el alma se ha regenerado por fin.
La autora de esta perturbadora calma es Ottessa Moshfegh, una de las voces más singulares y descarnadas de la narrativa estadounidense actual. De ascendencia croata e iraní, Moshfegh se ha especializado en diseccionar la el aislamiento de sus personajes, como ya lo hizo en su aclamada ópera prima Eileen o en la colección de relatos Nostalgia de otro mundo. Con un estilo que algunos llaman realismo sucio de alta sociedad, la autora utiliza su origen multicultural para observar con extrañeza las neurosis de una clase media-alta que lo tiene todo, excepto una razón para seguir despierta.
La trama nos presenta a una protagonista sin nombre, joven, rubia y de una belleza que ella misma desprecia por ser su único vínculo con un mundo que odia. Tras trabajar en una galería de arte que es más un mercado de vanidades que un centro cultural, decide que la única forma de sobrevivir a la vacuidad existencial es la hibernación. Por fortuna, cuenta con el privilegio que el sistema más respeta: una herencia generosa. El dinero, es al parecer lo único bueno que le dejaron sus padres antes de morir y es lo que le permite pagar el alquiler de su lujoso apartamento mientras se dedica a ingerir un cóctel de psicotrópicos que harían palidecer a un elefante.
En este retiro químico, casi no se relaciona con el exterior. Mantiene contacto con Reva, una amiga de la Universidad que encarna la tragedia de una mediocridad envidiosa. Reva no es una compañera, es un parásito que gravita alrededor de la protagonista para alimentarse de su estatus y, al mismo tiempo, recordar sus propias carencias. Es una relación compleja, tejida con los hilos de la bulimia, la inseguridad y ese egoísmo que aflora cuando se obtiene lo que se busca. La supuesta “mejor amiga” la deja sola en el momento exacto en que sus propias ambiciones se ven satisfechas, demostrando que en la era del narcisismo, la lealtad es un concepto que hace tiempo salió de circulación.
Otro personaje, indispensable para los planes de hibernar, es la Dra. Tuttle. Moshfegh nos regala aquí una denuncia soterrada y brillante sobre el narcotráfico de bata blanca. Ella es una psiquiatra con título, una dealer con estetoscopio. Una médica que a cambio de un cheque, firma recetas como quien firma autógrafos. Una crítica al consumo de drogas de farmacia. La Dra. Tuttle representa a ese cartel de médicos que mercantilizan el dolor humano, recetando psicoactivos legales para acallar la angustia existencial.
La novela también contiene una sátira al “arte” moderno. Retrata un mundo donde el talento ha sido sustituido por la capacidad de escandalizar. Así la autora crea a Ping Xi, un artista plástico que diseca perros y cuya obra es el epítome de lo vacuo, es el estereotipo del creador contemporáneo que ve el arte no como expresión, sino como un producto mercantil. En la etapa final del encierro él utiliza a la protagonista, tras un consentimiento previo, como modelo de un proyecto fotográfico que hará mientras ella duerme. Es la cosificación absoluta: ella es una obra de arte solo cuando está ausente de sí misma, un objeto inerte bajo el lente de quien solo sabe vender el vacío.
Mi año de descanso y relajación es una novela incómoda que cuestiona nuestro consumo cultural.
La protagonista en medio de sus “viajes” desde el encierro, se refugia en su colección de cintas formato VHS, buscando la inercia en típicas películas de Hollywood que, al seguir un molde predecible, le evitan el esfuerzo de pensar. Su fijación con Whoopi Goldberg en cintas como Jumpin’ Jack Flash o Ghost es el único cable a tierra en sus periodos de vigilia, una compañía que no exige nada.
Moshfegh nos invita a preguntarnos si nuestra necesidad de estar “productivos” no es otra forma de somnolencia. Para la protagonista el sueño es la última trinchera de la supervivencia. Un libro que lleva a reflexionar al lector sobre si a veces la mejor forma de renovarse es la ausencia.




