Por: Tirso Benavides Benavides
Hay algo de justicia poética en que el nuevo libro de Pedro Juan Gutiérrez se titule Mecánica Popular. No solo porque rescata el nombre de aquella mítica revista técnica que circulaba en la Cuba de su juventud, sino porque el autor parece estar haciendo precisamente eso: abriendo el capó de su propia literatura para enseñarnos que el motor ya no ruge con la furia del alcohol y el hambre de los años noventa, sino con la precisión de quien ha aprendido a observar el pasado, sin quedarse en el.
Empecemos por lo que el establishment literario se empeña en dar por sentado: la etiqueta del “Bukowski caribeño”. En sus entrevistas, Pedro Juan siempre se ha mostrado inconforme con el apelativo, dice, casi con desdén, que ni siquiera conocía al viejo Hank, el alter ego del norteamericano y protagonista de sus libros, cuando escribió la Trilogía sucia de La Habana.
Para entender a Gutiérrez hay que entender que su escuela no fue la de los “malditos” estadounidenses, sino la de la calle y la oficina de redacción. Antes de ser el autor traducido a veinte idiomas, Pedro Juan fue periodista por 26 años, en medios como la revista Bohemia y la agencia Prensa Latina. Fue allí, en el ejercicio de buscar temas “complicados” como el suicidio, el racismo o la prostitución, temas que eran tabú en la Cuba oficial, donde aprendió a correr la cortina del silencio. Esa formación periodística le dio el bisturí para cortar la realidad sin que le tiemble el pulso.
En Mecánica Popular, esa comparación con Bukowski se cae por su propio peso. Mientras sus personajes se regodean en la derrota, los de Pedro Juan —como Carlitos , que aparece en la mayoría de los 17 relatos de este libro— conservan esa alegría caribeña con la que, incluso hundiéndose, mantienen una vitalidad rítmica.
Gutiérrez nos recuerda que él viene de una estirpe de sobrevivientes: fue vendedor de helados, soldado, instructor de natación y locutor de radio. Cada uno de esos oficios le ha dado una densidad de mundo que el realismo sucio de escritorio no puede imitar. Lo que encontramos en estos cuentos es un giro hacia la introspección y el sosiego de quien ya no necesita gritar para ser escuchado. Es el autor distanciándose de ese personaje salvaje que muchos lectores confunden con su persona real.
El escritor ha confesado abiertamente que la furia que lo habitaba, aquella que lo llevaba a bajarse una botella de ron diaria en su terraza de Centro Habana mientras veía cómo el proyecto político de su generación hacía agua, ha mutado. Con más de 75 años abraza el estoicismo, entregándose a una visión más tranquila de la vida cotidiana.
Mecánica Popular no es la crónica del desastre del Periodo Especial, como otros de sus textos, es una novela de formación fragmentaria que nos lleva a las décadas de los 50, 60 y 70. Es la Cuba de su adolescencia en Matanzas y Pinar del Río, una isla donde todavía palpitaba la esperanza antes de que las familias empezaran a fracturarse por la emigración masiva.
El estilo sigue siendo el mismo: frases breve, diálogo de calle y una capacidad envidiable para meter al lector en el fango en apenas tres líneas. Pero ahora hay una sedimentación de la experiencia. Pedro Juan nos enseña que no se puede escribir sobre una vivencia a los dos días de haberla tenido, hay que dejarla dormir veinte años para que se convierta en literatura. En relatos como “El corazón palpitante”, se siente esa calma después de la tormenta, una madurez que solo llega cuando se comprende que el límite, esa “línea oscura” que separa la creación de la locura, ya no necesita ser cruzado.
Este libro nos ayuda a entender que Gutiérrez es mucho más que un cronista de la sordidez. Es un autor que ha sabido guardar la memoria íntima de los cubanos, no desde los héroes de mármol, sino desde los antihéroes que intentan, simplemente, seguir adelante un día más. Al final, después de tantos baches y carreteras oscuras, comprendemos que la madurez no es llegar primero, sino haber rodado lo suficiente para saber qué piezas del motor sobran. Porque, como bien anota el autor en el cierre de esta obra: la vida no es un asunto de cronología sino de kilometraje.




