Por: Tirso Benavides Benavides
¿Alguna vez se ha preguntado qué ocurre en el silencio de una biblioteca cuando las luces se apagan y los lectores nos retiramos a dormir? ¿Será que los libros, lejos de ser objetos inertes, guardan secretos que solo se revelan a quienes tienen la audacia de mirar tras la mirilla como el autor de este libro?
Santiago Posteguillo, escritor español nacido en Valencia, ese cronista de imperios y experto del rigor histórico, famoso por sus libros sobre Roma, nos entrega en La noche en que Frankenstein leyó el Quijote algo más que un libro: una llave maestra que abre la puerta a la trastienda de algunas obras maestras de la literatura.
El autor, profesor titular de Literatura Inglesa en la Universitat Jaume I, investigador incansable y, ante todo, un lector voraz que ha hecho de la palabra su mundo, nos entrega un artefacto literario inusual. Lo que él nos propone no es un ensayo académico denso o cargado de aridez, sino una sucesión de piezas breves, de una claridad diáfana y con un estilo entendible para todos los públicos.
El texto despliega un catálogo de curiosidades que interesarían a cualquier bibliófilo.
Nos adentra en la angustia de Kafka, quien intentó —sin éxito— destruir su obra antes de morir, y nos muestra cómo los totalitarismos temen a la palabra escrita. Posteguillo documenta con precisión cómo el KGB puso en su punto de mira el devastador Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn. El recorrido es vertiginoso: desde el Quijote de Cervantes, fraguado en la soledad de una prisión, hasta la asombrosa velocidad con la que Dostoievski redactó El jugador en apenas 26 días para saldar una deuda apremiante.
No hay tregua para el próximo asombro. Posteguillo narra la frustración de Arthur Conan Doyle, quien intentó asesinar a Sherlock Holmes en las cataratas de Reichenbach para dedicarse a «cosas serias», y nos revela el rechazo inicial que sufrió la segunda novela de Julio Verne. Nos habla de libros escritos en las trincheras, de la trágica historia tras El Principito de Saint-Exupéry, o el inmenso valor de las obras póstumas que definen legados literarios. Incluso pone el foco en el eterno enigma shakespeariano sobre la verdadera autoría de sus piezas, la controversia detrás de los éxitos masivos de El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien o Harry Potter de J.K. Rowling, y el origen práctico de nuestra forma de organizar cualquier base de datos: el orden alfabético.
Es interesante el relato sobre la influencia del Quijote, al que se debe el título del libro, y que aparece como un fantasma que recorre otras creaciones, alguien que dejó una marca indeleble en el ADN de toda la literatura posterior.
Uno de los capítulos más perturbadores y cautivadores es aquel que aborda la figura de los escritores que cruzaron la línea de la moralidad. Posteguillo narra su encuentro personal con la escritora Anne Perry, un episodio que le sirve como punto de partida para reflexionar sobre los límites del arte y el peso de la biografía en la obra literaria. Es una aproximación audaz que desdibuja la distancia entre el creador y su creación, obligando al lector a interrogarse sobre la redención y la memoria tras el crimen.
La noche en que Frankenstein leyó el Quijote es, en última instancia, una celebración de la literatura como organismo vivo. Es un libro que ríe, que sufre, que habla de textos y creadores censurados y que nos muestra que las letras sobreviven. Este libro no solo nos cuenta anécdotas, nos cuenta que la literatura es el único refugio frente a la finitud del tiempo.
Esta publicación representa la tabla de salvación para quien se siente huérfano de historias. El lector debe prepararse, pues tras cerrar la última página, su lista de lecturas pendientes habrá crecido de forma desmedida y su percepción de lo que significa leer y escribir habrá cambiado para siempre. Detrás de cada lomo en nuestra estantería, aguarda una historia que merece ser contada, tal como nos enseña Posteguillo.




