Por: Tirso Benavides Benavides
“Schweblin destaca por plasmar en un volumen de relatos nuevos mundos turbadores, fascinantes y complejos. La autora recorre magistralmente la frontera entre lo posible y lo imposible con una prosa hipnótica. Es un libro de belleza inquietante que sitúa la tradición del cuento en su punto más alto”. Con estas palabras, el jurado presidido por Rosa Montero dio a conocer el fallo del primer Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, consolidando a la escritora argentina como una de las figuras de las letras actuales.
La noticia ha sacudido el panorama editorial por la suma del premio, la argentina se alza con este galardón dotado con un millón de euros, por libro de relatos titulado El Buen Mal. El premio no solo celebra la calidad de la obra, sino que posiciona a la autora en la cima de la literatura en castellano, reafirmando un éxito que ya venía gestándose en ámbitos internacionales.
Nacida en Buenos Aires en 1978, Schweblin es egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA. Su trayectoria es una sucesión de reconocimientos. Desde su debut con El núcleo del disturbio (Premio Fondo Nacional de las Artes), pasando por Pájaros en la boca (Premio Casa de las Américas) y su célebre Distancia de rescate, que la llevó a ser finalista del prestigioso Booker International Prize. Traducida a más de veinticinco idiomas, su obra incluye también la novela Kentukis y el volumen de cuentos Siete casas vacías, una carrera donde el reconocimiento crítico y el fervor de los lectores han ido de la mano.
En El Buen Mal, Schweblin presenta un conjunto de piezas donde lo cotidiano se ve asaltado por lo imprevisto. Son seis cuentos que exploran situaciones límite: desde vínculos familiares que se tensan hasta la ruptura total, hasta escenarios donde objetos o gestos mínimos desencadenan transformaciones irreversibles. Relatos precisos, donde cada palabra está puesta para sostener un ambiente de extrañeza que nunca termina de disiparse.
El estilo de la narradora se caracteriza por una economía del lenguaje que resulta, paradójicamente, expansiva en la mente del lector. No necesita de grandes descripciones para instalar el desasosiego, le basta con un diálogo seco o una atmósfera sugerida. Es una prosa que juega con el silencio y con lo que no se dice, obligando a quien lee a completar el vacío con sus propios temores.
Este reconocimiento tiene, además, un valor simbólico fundamental para el mundo literario, la reivindicación del cuento. En un mundillo y un mercado editorial donde casi siempre las novelas acaparan los grandes premios y las mesas de novedades, que un volumen de relatos gane un galardón de esta magnitud demuestra que el cuento no es, bajo ninguna circunstancia, un género menor. Por el contrario, exige un rigor y una capacidad de síntesis que pocos alcanzan.
En las páginas de Schweblin, el paso de lo real a lo inexplicable no es un salto brusco, sino un deslizamiento que no se nota. Sus cuentos nos llevan a pensar que la realidad es un velo extremadamente delgado, que lo que llamamos “normalidad” es apenas una frontera frágil y que, al final, siempre estamos a un solo paso o a un solo párrafo de distancia de lo desconocido.




