Por Tirso Benavides Benavides
Estos días de Semana Santa resultan propicios para la reflexión, o al menos para una lectura que nos sacuda del letargo que puede producir el olor del incienso. Una oportunidad para sumergirnos en las páginas de Lluvia de frailes en la selva, la más reciente novela de Evelio José Rosero Diago, una obra donde el autor, bogotano de nacimiento con raíces nariñenses que evidencian sus apellidos, lanza una crítica feroz tras un tono de parodia, una embestida frontal, contra los poderes civiles, militares, económicos y -con especial saña- los religiosos. Una historia protagonizada por una fauna de clérigos tan extraños como su propio destino, embarcados en una expedición delirante hacia el corazón de una selva cuya manigua parece ser un obstáculo natural a la Fe y la “civilización”.
La misión a emprender es en apariencia altruista y muy acorde al deber ser eclesiástico, sin embargo, esconde en realidad los intereses de los poderosos de siempre. Bajo el camuflaje de la “salvación de almas”, se mueven los hilos de una multinacional petrolera japonesa, un gigante corporativo que ya explota las entrañas de la selva y busca expandirse sin que le tiemble el pulso ante el sacrificio de culturas ancestrales o de cualquier ser viviente que ose estorbar el paso del “progreso” extractivo.
Estos frailes llegan en helicóptero a distintos puntos de la jungla, descienden desde las alturas, confundidos, asustados, con el fin de evangelizar a la esquiva tribu de los Uao, cuatro pelotones de sotana, apoyados cada uno por un guía lugareño y una monja. Una suerte de “Plan A” destinado a un fracaso que los militares, el alcalde y el millonario nipón ya han previsto, pues se encargan de provocarlo. Para ellos, la fe es solo el preludio necesario para ejecutar el Plan B, el verdadero plan, el de siempre: una guerra de exterminio y ocupación que empieza a rodar bajo la premisa de que los expedicionarios ya son historia, meros mártires olvidados en la verde inmensidad de esa selva.
Rosero despliega en este libro su maestría para lo absurdo.
Mientras el estamento militar y civil da por muertos a los religiosos, algunos de estos expedicionarios sobreviven a punta de situaciones inverosímiles, manteniendo un protagonismo incómodo hasta el final. En este escenario, la obra alcanza su punto más alto de originalidad con una prosa desbordante, una estética del exceso donde los personajes poseen fisionomías casi inhumanas o por decir lo menos peculiares, que hacen juego con sus nombres.
El autor ha dejado volar libre su imaginación para bautizar a esta corte de personajes pantagruélicos: los curas Mardoqueo Vanín, Torcuato Sanpedro, el juvenil Remolino Santángel, Augusto de Jesús Recto Pacífico, Pelagio Sincara, hacen parte del elenco. Complementados con las singulares sor Teodora, la envenenadora y conocedora de serpientes; la madre Inmaculada, llamada la Deliciosa por su buena conversación, Dídima la Pura y la esbelta pero renca hermana Púrpura. Los militares como Jacob Malvenido, Conrado Esturión y su líder, el general Máximo Agrícola. La Nena Madagascar, “Santa Patrona de la Alegría” y algunas de sus nativas meretrices como Mariana Rajado o Amadora Perroverde. Todos piezas de un ajedrez que habitan un mundo donde lo sagrado se mezcla con lo carnal, con la lujuria, la violencia, las ambiciones, en fin, con lo humano.
El libro es una gran metáfora de la colonización original y de todas las que han operado después sobre el continente americano. No es gratuito que sean exactamente 1492 los religiosos que arriban, ni que 13 de ellos —un número que rima con la última cena y sus traiciones— sean los destinados a la misión selvática, representando a órdenes tan conocidas como franciscanos, dominicos y jesuitas. Entre ellos, sobresale Mardoqueo que se cree “el señalado” y quien va reclutando seguidores a punta de aparentes milagros y floridos sermones sin contenido.
Al haber una guerra de por medio la violencia es omnipresente, aunque su mejor encarnación es el ejército disímil destinado a acabar con los indígenas, la peor calaña imaginable: la Legión Estambul, un nido de analfabetas homicidas; los Canarios Blancos “gente bien” con alguno que otro muerto encima, que prefieren las filas a la cárcel; los Condenados Libres, expresidiarios, además de otros apoyos extranjeros de mercenarios y hasta de historiadores que a la vez son expertos dinamiteros.
Así aparece la figura del alemán Alexander von Geier, “doctorado en Leipzing”, quien encarna el cinismo de la academia cuando se pone al servicio del mejor postor. Es el encargado de redactar la versión oficial de los hechos, deformando sistemáticamente la realidad para que encaje con los intereses de su patrocinador. Una versión ajena a los sucesos reales que conoce el lector, pero que pocos podrían creer por inverosímiles. A través de la pluma, el despojo se vuelve epopeya y el exterminio se traduce en progreso.
En esta novela Rosero retoma temas recurrentes en su obra como la crítica a la religión católica, una sombra de la infancia que le dejó su educación en colegios de curas y la crueldad de nuestras absurdas guerras, temas que ya retrató en publicaciones como Los ejércitos o Plegaria por un Papa envenenado.
Aunque el autor afirma que esa jungla bien podría ser el Amazonas, la selva por antonomasia, es mas bien su propia selva interior, las referencias geográficas terminan por anclarse en nuestra propia tierra. En sus páginas resuenan nombres que nos pertenecen, como los ríos Mayo, Telembí y Ñambí, ubicando la trama en ese pacífico nariñense que Rosero conoce por herencia y vivencia.
Lluvia de frailes en la selva es una sátira total que nos obliga a entender que la conquista de América no fue un evento que ocurrió solo una vez, sino una tragedia que se reitera infinitamente con distintos personajes pero idéntico desenlace. Han pasado años, solo cambian los uniformes y los acentos, una simple variación del vestuario, solo para seguir el mismo guion de despojo.




