Adiós al periodismo. (Da miedo Opinar)

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Pablo Emilio Obando Acosta
En otros tiempos —no muy lejanos— opinar era un ejercicio natural del periodismo. Era casi su esencia. El periodista investigaba, contrastaba, reflexionaba y luego escribía con la tranquilidad de saber que su palabra entraría al debate público como un aporte, como una provocación intelectual, como una invitación a pensar. Hoy no. Hoy, en Colombia, da miedo opinar.
Y no es una frase retórica ni un recurso literario. Es una realidad que se siente en la piel, en la conciencia y en la responsabilidad que implica firmar una columna con nombre propio como siempre lo hice.
Quienes llevamos décadas transitando por los medios de comunicación —observando gobiernos de derecha, de centro y de izquierda— sabemos que la crítica siempre ha incomodado. Eso es natural en la democracia. Lo que ya no es natural es la virulencia con la que hoy se responde a una opinión. La reacción ya no es el debate. Es el ataque.
Vivimos una época en la que cualquier columna, cualquier análisis, cualquier reflexión pública termina convertida en una especie de juicio sumario. Si el columnista señala un error del gobierno, inmediatamente es etiquetado como enemigo político, como opositor, como conspirador. Si critica a la oposición, entonces pasa a ser señalado como servil del poder.
No existe el matiz. No existe la independencia.
No existe el derecho a pensar desde el criterio propio.
El periodista de opinión —que debería ser una de las voces más libres del periodismo— termina arrinconado por una presión feroz: la de tomar partido. Como si el análisis tuviera que someterse obligatoriamente a una bandera ideológica.
Y cuando el columnista se resiste a esa lógica, cuando intenta mantenerse en la difícil pero digna posición de la independencia, entonces se convierte en blanco.
Los aplausos suelen ser tímidos, simbólicos, casi silenciosos. Los ataques, en cambio, son estruendosos y reales.
Porque hoy no se ataca solo la idea. Se ataca a la persona. Se busca desacreditar al periodista, deslegitimar su trayectoria, sembrar sospechas sobre su integridad. Y lo más grave: muchas veces esa persecución no se queda en el espacio público. Se extiende hacia su familia, hacia su hogar, hacia su tranquilidad personal.
En un país donde opinar puede convertirse en una amenaza para la seguridad emocional —y en ocasiones incluso física— del periodista y de los suyos, inevitablemente comienza a aparecer el silencio. Y ese silencio ya se está notando.
Las buenas plumas han comenzado a guardarse. Las voces independientes se han ido apagando. El buen periodismo, ese que se atreve a incomodar a todos los poderes por igual, parece haberse refugiado en discretas trincheras. No porque haya renunciado a su vocación, sino porque el ambiente se ha vuelto peligrosamente hostil.
La opinión pública colombiana se ha ido dividiendo hasta el punto de parecer dos países distintos, dos Colombias que se miran con desconfianza y que interpretan la realidad únicamente desde el prisma de su propia ideología. Cada acto del adversario se analiza con prejuicio; cada palabra se convierte en munición para la confrontación.
Y en medio de esa batalla absurda, el periodista independiente termina siendo —como suele decirse— el algodón entre dos vidrios. Recibe el golpe de ambos lados.
Lo más triste es que así resulta imposible construir una Colombia distinta. Una sociedad democrática necesita precisamente lo contrario: voces críticas, análisis libres, periodistas capaces de señalar aciertos y errores sin tener que pedir permiso a ningún poder político ni ideológico.
Pero cuando la opinión se castiga, cuando el pensamiento independiente se estigmatiza y cuando el debate se sustituye por el linchamiento público, lo que se está debilitando no es solo el periodismo. Se está debilitando la democracia.
Por eso hoy, con una mezcla de preocupación y de franqueza, hay que decirlo sin rodeos: en Colombia cada vez da más miedo opinar.
Y tal vez por eso, después de más de cuatro décadas de ejercicio periodístico, llega el momento de aceptar una realidad dolorosa. No se trata de renunciar a las convicciones ni a los principios que han orientado toda una vida dedicada a observar, analizar y escribir sobre lo público. Se trata, más bien, de reconocer que el clima que hoy rodea a la opinión libre se ha vuelto demasiado hostil para el pensamiento independiente.
Por prudencia, por responsabilidad y también por serenidad personal, llega la hora de guardar la pluma.
Quizá sea el momento de que otras voces, otras generaciones, otros pensadores asuman la tarea de orientar el debate público en medio de estas aguas turbulentas. Desde esta trinchera, que durante tantos años fue también un espacio de reflexión ciudadana, solo queda decirlo con la tranquilidad de quien siente que ha cumplido un ciclo. Guardo mi pluma. Y con ella, por ahora, guardo también la palabra pública.
No porque falten ideas, ni porque se haya agotado el compromiso con el país, sino porque hoy, tristemente, en Colombia cada vez resulta más difícil ejercer el derecho —y también el deber— de pensar en voz alta.
Por eso, con la nostalgia inevitable que deja toda despedida, llega también el momento de decirlo sin dramatismos, pero con profunda honestidad:
Adiós al periodismo de opinión. Adiós a las columnas que durante tantos años acompañaron la vida pública de esta región.
Porque en un país donde opinar se convierte en un riesgo, guardar la pluma puede ser, paradójicamente, el último acto de libertad.

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