Algo sobre la injusticia

¿Has ido al cementerio para hablar con tus muertos? A veces lo hago, sobre todo cuando estoy agobiado y necesito otra perspectiva de las cosas. En medio de tumbas y flores me obligo a recordar que la vida es corta, que siempre es demasiado tarde para todo y que no vale la pena llorar por minucias diarias (parodiando a los romanos).

A veces la vida, como buena madre, nos pone experiencias adversas que nos llenan de contrariedad y dañan la armonía cotidiana. Asuntos que duelen más cuando sentimos que hay una injusticia obrando sobre nuestra humanidad.

Hace poco alguien atentó contra mi vida quitándome lo que más amo y aprecio: tiempo para escribir imponiéndome un horario laboral absurdo por puras ganas de saberse el jefe. Sentía que la afrenta limitaba mi libertad de pensamiento, expresión, derechos vitales, patrimoniales y creativos; que restringir mi espíritu era como enviarme a una cárcel o pegarme dos tiros saliendo de casa. (En fin… la imaginación ante la ofensa).

Entonces fui al cementerio, le di tres golpes a la lápida de Marco Antonio y le conté lo que me pasaba. Confieso que lo hice llorando como un niño lleno de rabia. Mi papá, con el que compartimos el mismo nombre, me escuchó en silencio desde el otro lado de la existencia. Luego conversamos largo y tendido hasta que aliviané mis incertidumbres:

—La realidad es como es. Sufrirla o gozarla depende de la actitud mental que asumas frente a ella. Si quieres ser víctima lo serás. No le des chico al instinto primario de quejarse y llorar frente a los problemas.

—¡Es que siento que hay una injusticia! —casi le grité.

—Si lo ves así, así será, pero tienes la opción de limpiar las gafas e interpretar la realidad de otra manera.

—Estoy dolido.

—Es tu ego perturbado. Eso genera dolor y rabia, es normal, pero sufrir no es la única opción. En la vida siempre vamos a vivir agresiones de otros que nos van a dañar la tranquilidad. El mundo está plagado de gente lamentable, de abusadores y aprovechados.

—El asunto, papá, es que estoy tan contrariado que no sé cómo asumir este problema.

—La rabia ciega. El emperador Marco Aurelio decía que cuando alguien nos hace daño hay que preguntarse qué beneficio obtiene esa persona. Los que obran mal son infelices al manchar su conciencia dañando a otros.

—No sé qué pensar.

—La injusticia también es un tema de leyes. No hay que callar, hay que denunciar, mirar qué ley nos defiende. Las leyes buscan devolver la armonía a lo dañado por el ego de los más fuertes.

Y entonces, para que lo entendiera mejor, mi padre me explicó algo complejo con palabras sencillas:

—Mira, desde la filosofía, la injusticia se da cuando una voluntad se impone sobre otra invocando el derecho a hacerlo. El otro, el afectado, en un acto de autoconciencia rompe el contrato de someterse e invoca lo justo, que, a veces, no necesariamente es la ley caprichosamente invocada.

»Hegel decía que hay tres formas generales de injusticia: la de buena fe, el fraude y el delito.

»Con la injusticia de buena fe se daña al otro, pero se respeta el derecho; la injusticia del fraude es cuando se finge respetar el derecho, trayendo a cuento normas y leyes que no existen para engañar a sus víctimas; y la injusticia como delito es cuando existe la voluntad de violentar los derechos del otro. Revisa tu caso; pero, además, entiende de una buena vez que en la vida siempre habrá injusticias.

Salí del cementerio más tranquilo. Hablar con un papá… aterriza el alma.

Comentarios

Comentarios