Ante el abismo de la perplejidad

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No hace mucho tiempo, quienes nos ubicamos a la izquierda del espectro político, teníamos más certezas que dudas. El epítome de dicha condición lo podemos encontrar en el continuum Acuerdo Final de Paz – ciclo de protestas de 2019, 2020 y 2021 – victoria electoral de Gustavo Petro y Francia Márquez. La firma del Acuerdo Final de Paz y con ello la culminación del conflicto armado entre el Estado y la insurgencia de mayor impacto bélico y político -ademas de las reformas transformadoras que plantea-, disipó cualquier velo que impedía observar en su verdadera dimensión la oprobiosa desigualdad que reina en nuestro país y la escandalosa pobreza que padecen millones de colombianos y colombianas. Sumado a esto, las grietas al desnudo del pacto político de 1991 condujo a miles de ciudadanos y ciudadanas, especialmente jóvenes y mujeres, a movilizarse como nunca antes: por fin el Pais Nacional había despertado. Y por fin, ese malestar social del Pais Nacional, seria debidamente interpretado y canalizado a las urnas donde siempre los sueños de los y las más habían sido derrotados.

Poco más de ocho meses al frente del Gobierno Nacional han bastado para que, sin no pocos tropiezos, la administración encabezada por Gustavo Petro le plantease al país reformas que vistas a la luz de la configuración socioeconómica del país, especialmente en su desarrollo y profundización de las ultimas tres décadas, suponen de manera individual profundas transformaciones y en conjunto un parte aguas en la forma Estado en Colombia visto desde una perspectiva histórica. Esto es así porque la política de Paz Total y las reformas a la salud, trabajo y pensiones plantean de manera individual un giro de 180º frente a lo que habitualmente se ha hecho: privilegiar el capital sobre el trabajo; y en conjunto, iniciar a romper con el capitalismo en su fase neoliberal, procurando por esta vía gestar nuevas formas de relacionamiento entre el Gobierno Nacional y los y las ciudadanas, lo cual podría entenderse como un asomo del posneoliberalismo.

Todo esto, que pareciese ser positivo, lo es, sí y solo sí, las izquierdas logran de manera acertada, primero, materializar las reformas que se han propuesto realizar, lo cual supone despabilarse y movilizarse tanto en lo institucional como extrainstitucional; y segundo, encadenar a éstas nuevas reformas que impacten en el corto plazo la vida de las mayorías -particularmente de aquellos y aquellas en el litoral pacífico y la Amazonia-, adoptar con mayor decisión y concreción la agenda feminista y ambientalista e involucrar en su quehacer nuevas formas de sentir/pensar/actuar la política que permitan a la frágil democracia Colombiana dar un salto cualitativo a expresiones participativas a todos los niveles de decisión.  El cambio difícilmente se puede gestar en cuatro años. Esta verdad de a puño pareciese aun no calar en las formaciones políticas que configuran las izquierdas en Colombia. La más aventajada, por su larga trayectoria e histórica resistencia, ocupa lugares claves en el Gobierno Nacional, ocupando incluso un ministerio estratégico para las transformaciones. Su lema es: apoyar y profundizar las transformaciones. La más pasiva, por su reciente incursión en la vida política legal, funge como mera espectadora. Y la más radical, principalmente por su forma de lucha -más que por sus reivindicaciones-, aún está a varias frecuencias de sintonizarse con el momento histórico que vive el país.

Mientras esto ocurre por esta acera, en la del frente, la de la derecha, se empieza a gestar una nueva derecha a nivel nacional y continental. Su faceta más decantada se evidenciará en las próximas elecciones para autoridades locales a finales del año en curso, las cuales representarán el gran pulso político del Gobierno del Cambio: la reafirmación a nivel territorial del proyecto político propuesto por Gustavo Petro o su reprobación. El primer escenario, más allá de la oxigenación política, permitirá avanzar en aquellas reformas de segundo nivel, especialmente las ambientales, las cuales reclaman un profundo enfoque y tratamiento territorial. El segundo escenario, más allá del golpe político a la quijada, puede suponer un conato de ingobernabilidad hasta que en el solio de Bolívar vuelva alguien que se alinee con sus intereses y los del capital.

Daniel Innerarity, filósofo vasco, nos recuerda que “La perplejidad es una situación propia de sociedades en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos”. Ante el abismo de la perplejidad que nos ha abierto el cambio, resulta esencial llenar este significante de significado, es decir, elaborar con mayor detalle qué es aquello de la Paz Total, y no desde un lenguaje técnico y jurídico, sino en el sentido más humano: la Paz Total es el esfuerzo más claro de gobierno nacional alguno por llevar dignidad a los territorios más golpeados por el conflicto armado y olvidados por el Estado, poniendo en el centro de su quehacer la vida misma. No hacer este esfuerzo de reflexión y comunicación nos acercará más a la perplejidad y en la perplejidad el “malo conocido” tendrá todas las de ganar.

@Pablo_TorresH

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