Boicot a la primavera

Hace ya casi seis años que inicio la reacción conservadora a la transformación estructural de Colombia. Este proceso en gran medida fue desencadenado por los diálogos de paz entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las extintas FARC-EP y su consiguiente concreción en el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, el cual compromete desde su firma al Estado colombiano a realizar una serie de reformas históricamente aplazadas, entre ellas, quizás la que contenga el mayor sustrato ético, filosófico y político, aquella que destierra del ejercicio político a la violencia, venga de donde provenga.

 

La constatación de la reacción conservadora deja el fatídico saldo a la fecha de 1.306 líderes, lideresas y defensores de derechos humanos asesinados, 310 masacres y 320 firmantes del Acuerdo de Paz asesinados desde la firma del mismo, de acuerdo a los datos recolectados por Indepaz. Esta arremetida reaccionaria se complementa con la oposición gubernamental y de los partidos políticos oficialistas al trabajo de dos de los tres pilares del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y Garantías de No Repetición: la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la Comisión de la Verdad (CV), la cooptación de todos los organismos de control: fiscalía, contraloría, procuraduría y defensoría y más recientemente con la suspensión de la Ley de Garantías en plena contienda electoral y como no se había visto desde mediados del siglo pasado -y veladamente durante la década de 1980- la participación abierta en política de la fuerza pública.

 

Desde mi punto de vista, uno de las últimas piezas en este empresa reaccionaria fue el reciente paro armado de las autodenominadas Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) quienes, con acción u omisión de las élites, paralizaron parcialmente once departamentos, cinco más que cuando decretaron un paro similar hace ya diez años. Al respecto cabe señalar que de acuerdo a la Teoría del Estado desarrollada por Max Weber, uno de los elementos constitutivos de cualquier Estado moderno es el monopolio de la fuerza o más precisamente, el anspruch del monopolio de la fuerza, es decir, la pretensión del ejercicio de la fuerza de manera exclusiva. En Colombia hace muchos años se abandono conscientemente a ese anspruch.

 

Traigo estos elementos a la reflexión porque estimo que hay una alta probabilidad de que de llegar a la presidencia Gustavo Petro y Francia Marquez, no pase mucho tiempo en que los elementos anotados en las lineas anteriores se alineen. Espero que como sociedad no nos toque vivir un 11 de septiembre chileno, pero la situación actual del uribismo, el grado de simbiosis al que han llegado las élites económicas con el narcotráfico y el nivel de corrupción que corroe muchas instituciones, entre ellas y de manera especial la fuerza pública, me llevan a pensar lo peor. Como solamente lo sabe enseñar la historia, una salida democrática o autoritaria a una coyuntura de este tipo se dirime con la organización y movilización de los pueblos.

 

Pd. En memoria de todas y todos los detenidos desaparecidos. ¡Los desaparecidos nos faltan a todos!

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