Tipos de votantes

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Dice Daniel Eskibel, consultor político uruguayo, que es un fallo que en las campañas segmentemos el mercado electoral por sexo, edad, educación o nivel socio-económico pero no por personalidad. Eskibel, al igual que otros politólogos, parte del famoso modelo Big Five del psicólogo estadounidense Lewis Goldberg, que identifica cinco grandes rasgos de la personalidad, para establecer cinco tipos psicológicos de votantes: el votante emocional, el social, el amable, el metódico y el abierto.

El votante emocional es, como dice su nombre, aquel que está más en contacto que los demás con sus propias emociones y que en los acontecimientos políticos se deja llevar por estas. Es un votante impulsivo que elige al candidato que le emociona porque éste se expresa con el sentimiento a flor de piel. Sintoniza con el populismo, desde luego, y estadísticamente tiende a apoyar a liberales, progresistas, de centro-izquierda o de izquierda.

El votante social está marcado por los estímulos externos. Es extrovertido, por supuesto, y va según los estímulos físicos y sociales que recibe. Es una persona enérgica, sociable, dinámica, asertiva y muchas veces dominante, y estos rasgos hacen que tienda a ser más participativo políticamente que los demás. Las discusiones políticas lo recargan de energía y le estimulan. Está dispuesto a la acción y cuando canaliza eso se convierte en militante, activista o evangelista de una causa. Estadísticamente suele ser conservador.

El votante amable busca la armonía interpersonal. Sus pensamientos, sus palabras y sus acciones políticas tienen su centro de gravedad en la concordia y la conciliación. Es una persona empática, propensa a apoyar políticas que desde su punto de vista ayuden a otras personas y solucionen sus problemas. Es cordial, comprensivo, amable y tolerante. Nunca adopta actitudes radicales. En tiempos de polarización política trata de suavizar los polos antagónicos. Por eso, estadísticamente es de centro, pues tiende a ser moderadamente progresista en lo económico y moderadamente conservador en lo social.

El votante metódico no expresa ni emociones, ni estímulos, ni armonía. Para él lo que prevalece es el orden. Es perseverante, tenaz, escrupuloso y organizado. Vive, piensa y trabaja con método, es reflexivo y se enfoca en lo que hace o piensa. Necesita ver en el mensaje político elementos de minuciosidad, precisión y rigor intelectual. No es presa fácil de rumores ni se guía por sus primeras impresiones ni por impulsos. Por eso, tiende a compartir la información en forma ordenada y clara. Estadísticamente es conservador en políticas sociales y económicas.

El votante abierto es el símbolo de una apertura mental. Su sello de identificación es la curiosidad, pues quiere explorarlo todo en busca de novedades. Es una persona abierta, imaginativa, creativa y original. Es un votante no conformista y que siempre trata de ir más allá de lo que hay y de lo que conoce. Le gusta pensar por sí mismo y la comunicación política tradicional le parece trillada y no lo estimula en absoluto. Más bien huye ante ella. Estadísticamente tiende a votar a partidos progresistas y de izquierda. Pero si hay un nuevo programa que vaya en contra de la izquierda, lo votará porque ve allí alguna novedad.

De todas maneras la teoría de Eskibel (refrendada por estudios en la Universidad de Santiago de Compostela y la Universidad Argentina de la Empresa), por muy válida que sea, es desdeñada en Colombia y en cualquier país donde la polarización es el pan de cada día. Despreciamos a los electores contrarios a nuestras ideas. Un amigo me dijo un día: “por fin nos reunimos los ex-alumnos del colegio después de tantos años y ¿sabes qué fue lo bueno? Que no había ningún uribista”. Fantástico para su tranquilidad, pero qué pena que lo más importante de un reencuentro sea la filiación política.

Somos emocionales a la hora de votar y tenemos una fijación en lo que haga o deje de hacer el candidato contrario a nuestros intereses. Me recuerda mucho la fijación que tienen los fanáticos del Fútbol Club Barcelona con el Real Madrid. Para la gran mayoría de ellos es más importante una mala noticia del Madrid que una buena noticia del Barcelona. Dirán ustedes que eso pasa en todas las rivalidades futbolísticas, pero en España eso los alimentan los medios de comunicación catalanes, alimentados a su vez por la idea del independentismo.

Y eso nos deja con otro perfil de votante: el antivotante, descrito con mucho acierto por Sebastián Rivas, en el diario chileno La Tercera.

Su frase preferida es “cualquiera menos él”. El antivotante es hijo de la polarización y se pasa el día pensando en la forma en que puede compartir en WhatsApp sus estrategias para evitar el triunfo de aquel candidato que le disgusta tanto. Rivas recuerda como en las elecciones presidenciales de Francia de 2002, los socialistas se volcaron en masa a apoyar a quien había sido una de sus némesis históricas, el derechista Jacques Chirac, porque la otra opción les parecía inaceptable: el líder del Frente Nacional Jean-Marie Le Pen, de extrema derecha.

Mauricio Morales, politógolo de la Universidad de Talca, dice que una de las tareas del antivotante es tratar de convencer a alguien para que cambie su voto en beneficio de una estrategia. Es la semilla del llamado voto estratégico que Morales resume así: “me gusta A, pero voto B para que no gane C”. Desde luego esto es manipulación política y éticamente acerca al antivotante a aquellos defectos históricos de los que posiblemente huye en su discurso.

Hay más perfiles, por supuesto, aunque son variaciones de las anteriores.

El votante útil, que es el que se guía por las encuestas y el ambiente de los comicios, que en casos extremos, sus motivaciones lo llevan a votar por un candidato que va tercero para intentar que éste pase a segunda vuelta, simplemente porque lo ve como un mejor duelo para el candidato que va líder con cierta ventaja. “Es una persona qno tiene problema de cambiar de color político en la medida que tenga beneficios personales”, dice Morales en La Tercera.

El votante ideológico, para quien no importa quien llegue al poder, sino a que partido representa. “Aunque mi gobierno y mi partido lo haga mal, yo voy a seguir votando por ellos”, dice Morales, advirtiendo que esta forma de pensar se da en los dos extremos de las políticas cuando hay polarización.

El votante tímido, que es aquel habla siempre de lo importante que es votar para que otros no decidan por uno, que comparte el vídeo de los huevos de colores en todos sus grupos, pero no decide su voto sino hasta el último minuto, porque sencillamente desconoce las propuestas de los candidatos.

El votante protesta, para quien votar es como ir de manifestación. “Protestemos, ¿contra quién? Contra el que toque”. Keneth Búnker, de The London School of Economics, dice que quien opta por esta estrategia entiende que lo más importante es el gesto en sí mismo. En suma, es quien acaba apoyando a los anti-sistema o a aquellos que hacen propuestas exóticas.

El votante a ganador, quien según Bunker es todo aquel que “se sube al carro de la victoria”. Vota por el que va a ganar y se ufana de haberlo seguido siempre. Pero si las cosas se tuercen durante el mandato, evitará tocar el tema para que no se saquen en cara.

El no votante, que dados los altísimos índices de abstención en los últimos años, merece un análisis psicológico aparte. “Miramos mucho los votantes, pero no tanto a quienes no votan. Y nadie se levanta un día y dice: ya, no me va a interesar más la política”, afirma Bunker.

Quien más ha estudiado el tema de los no votantes es Héctor Gutiérrez Sánchez, de la Universidad Autónoma de Querétaro, quien hizo un estudio de campo bajo la pregunta ¿Los políticos son malos? Los que dijeron “si”, se podrían definir como confiados, que son quienes votan sin reparo por quienes creen que le harán bien al país. Y los que dijeron “no” se definen como desencantados, quienes deben evitar la culpa de apoyar a quienes le harán mal al país.

De los desencantados, nacen a su vez: los derrotistas, que no votan y así no tienen responsabilidad en los males que traerán los políticos; y los atomistas, que cumplen con su deber al elegir al menos malo y si al país le va mal es porque otros no cumplieron con su parte.

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