Colombia con P: No futuro.

Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica, afirmaba hace muchos años el presidente de Chile Salvador Allende antes de defender con su vida la democracia de su patria. Hoy, mayo de 2021, luego de más de un año de restricciones y precariedades agudizadas producto de la pandemia desatada por la COVID-19, pareciese que ello cobra más sentido, porque así como en Chile hace dos años, hoy los protagonistas de la protesta social más extendida y multitudinaria que ha conocido Colombia son los y las jóvenes.

Sin embargo, creo que hoy, como nunca antes, la rebeldía juvenil no responde a su desarrollo biológico y/o psicológico, sino a una fractura estructural que hace incluso tambalear la democracia liberal: la crisis cultural del capitalismo que prometía, generación tras generación, mayor bienestar social y económico. Dicho de otra manera, hoy los y las jóvenes, no solamente en Colombia, pero especialmente en nuestro país, no encontramos en el futuro un bienestar mayor al que gozaron nuestros padres.

En mi caso personal, hijo de padres profesionales que disfrutaron de una amplia estabilidad laboral que les permitió ahorrar para una vivienda propia, dar estudio a sus dos hijos, tener carro propio para eludir el precario transporte público y de vez en cuando visitar por su cuenta una pequeña finca en las goteras de Pasto, me resulta recurrente tener que explicarle a mi padre que mis contratos en el mejor de los casos no pasan de un año, que el trabajo en estos días está profundamente precarizado y flexibilizado y que el ahorro se alcanza con dificultad y tener carro y finca son realmente un lujo.

Los tiempos han cambiado dramáticamente y hoy, para la mayoría de los y las jóvenes, la estrofa profética de Los Prisioneros en El baile de los que sobran se ha hecho realidad: ¡Hey!, conozco los cuentos / sobre el futuro / ¡Hey! El tiempo en que los aprendí / fue más seguro. Los cuentos en que la salud, la pensión, la educación, el trabajo y la vivienda, para no ir más allá, eran parte de nuestro catalogo de derechos, hoy no son más que eso. Hoy, el baile de los que sobran está colmado de jóvenes sin acceso a la educación básica y menos a la educación superior, de jóvenes que son vistos como mano de obra barata y por ello sus condiciones laborales son aun más precarias, de jóvenes que difícilmente accederemos a una pensión pero que nos obligan a cotizarla, de jóvenes a quienes la guerra les resulta más promisoria que la vida misma.

Esta crisis cultural del capitalismo tiene su punto de inflexión, a nivel mundial, desde inicios de la década de 1970 con el ascenso del neoliberalismo como ideología dominante, precisamente, en el país de Los Prisioneros, luego de un sanguinario golpe militar auspiciado por los Estados Unidos que miraba con malos ojos que en su “patio trasero” un pueblo tomara las riendas de su historia. Con el neoliberalismo se rompería el de por sí frágil equilibrio entre democracia y capitalismo, dado que la creciente acumulación de riqueza en unos pocos, sobre todo en los países de América Latina, el continente más desigual del mundo, restringiría mucho la participación libre en elecciones y el Estado, en otros tiempos garante de los intereses generales, pasaría a ser capturado por un puñado de empresarios enriquecidos a costa del erario con dudosos vínculos con el narcotráfico, pasando, en el caso de Colombia, de una democracia restringida a una verdadera cleptocracia.

En ese contexto crecimos quienes tenemos casi la misma edad que la Constitución Política de 1991, quienes nos politizamos en el marco de la seguridad democrática y soñamos en años recientes con ser la generación que construiría la paz. Ese es el relato de fondo para quienes hoy colmamos las calles de Pasto, Cali, Medellín, Bogotá y Cartagena, las caminos agrestes de Samaniego, Policarpa, Argelia, Sevilla, Segovia y Caño Indio, porque pese a que nos han arrebatado el horizonte seguimos empeñados en dotar de dignidad el presente, porque sabemos bien que la democracia no debe ser sacrificada para salvar el capitalismo, sino que debe profundizarse para hacer causa común por una Colombia soberana, porque nos han quitado tanto que hasta el miedo hemos perdido, porque tenemos la certeza de que no se construye país con odio, sino con esperanza.

Coda: en memoria de todos los y las jóvenes asesinados y desaparecidos en el marco del paro nacional. Por ellos, ni un minuto de silencio, toda una vida de dignidad.

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