Cuestión de tiempo

Por: José Arteaga

(Twitter: @jdjarteaga)

Cada vez tengo menos tiempo. ¿Te pasa lo mismo? Las 24 horas se han vuelto insuficientes para realizar el trabajo y el espacio del día que le dedicas a tu vida personal se agota en un plis plas. La ansiedad y el stress son el pan de cada día, y los casos de hipertensión prescritos con lorazepan, diuréticos y eliminación de sal son cada vez más frecuentes. ¿Qué pasa?, ¿en qué momento nos volvimos así?

Es evidente que la sociedad de hoy ha convertido la vieja frase de Benjamin Franklin, «the time is money», en una dictadura en la que los dos conceptos se mimetizan. Si tiempo es igual a dinero, cada minuto de nuestro tiempo tiene un precio; de manera que somos lo que valemos y eso nos impulsa a tener como propósito en la vida, ganar más. Entre más valioso sea nuestro tiempo, más realizados nos sentiremos, aunque hayamos hecho un sacrificio irreversible.

Aunque resulte difícil de creer para un chico de hoy, hubo un tiempo en que esto no fue así. El jefe, que ganaba más, trabajaba menos; y el empleado, que ganaba menos, trabajaba más. Hoy, el CEO de una compañía llega al extremo de sacrificar su vida personal y vive solamente para su trabajo. Lo vimos en la película El Lobo de Wall Street, donde Jordan Belfort explicaba la razón de su entrega total al trabajo: «Tomo Quaaludes de 10 a 15 veces al día para el dolor de espalda, Adderall para concentrarme, Xanax para amortiguar, hierba para relajar, coca para despertar, y morfina porque es fabulosa».

¿Qué eso sólo pasa en Wall Street? Para nada. Conozco varios casos de adicción al Red-Bull porque necesitaban aguantar trabajando hasta el amanecer o porque buscaban cumplir con todas las tareas a las que se habían comprometido.

El sistema de vida moderna funciona como un mecanismo donde el descanso se convierte en un problema. Un día festivo durante la semana, obliga a trabajar el doble el día anterior porque ese mecanismo no puede darse el lujo de parar. Y si te olvidas de todo, apagas y vuelves a encender el computador el día siguiente al festivo, te encontrarás con tantos mensajes (todos urgentes) que exigirán alargar tu día laboral.

Lo vimos durante el confinamiento. La pandemia parecía haber detenido el tiempo, pero el teletrabajo se disparó y todos nos vimos abocados a una tensión diferente, pero tensión al fin y al cabo: ¿cómo demuestro que estoy trabajando sin haber ido a la oficina y marcar tarjeta? Sencillo: estar disponible a cualquier hora, en cualquier momento. Así, de paso, acabo congraciado con mi jefe.

Gary Becker, Premio Nobel de Economía en 1992, decía que nuestro sistema mental y nuestra educación laboral ha hecho del «tiempo y dinero» ha generado una falsa obligación frente a nuestra empresa. Si nos aumentan el sueldo, nos sentimos obligados a trabajar más ya que nuestro tiempo es más valioso.

En un excelente artículo en el diario El Confidencial, Héctor García Barnés, argumentaba que la inestabilidad laboral generada por las crisis económicas, las recesiones, las devaluaciones monetarias y otras circunstancias financieras, derivan en un empobrecimiento de nuestra existencia. El viejo axioma de «vivir para trabajar».

Pero lo más curioso de todo este funcionamiento social es que lo negamos. Cuando pones un argumento criticando el tiempo y el dinero en redes sociales, proliferan los corazones y las recomendaciones, pero nadie dice: a mi me pasa y sufro por ello.

Eso si, hay quien dirá que «eso no me toca a mi, porque yo a las cinco me voy aunque se acabe el mundo. Que se jodan». Pero eso, desde luego, no es honesto ni con el cliente, ni con la empresa, ni con uno mismo. Y esa actitud destila en si misma, amargura y resentimiento, que luego deriva en la educación de los hijos. Aunque eso es otro tema.

Y luego están las críticas políticas: «esto es fruto de la sociedad capitalista; en el socialismo no pasa». Pero si pasa. Todas las sociedades necesitan generar recursos que pasan por obligaciones laborales y una cosa lleva a la otra. No hay escapatoria, ¿o si?

Aunque hay centros especializados en el tratamiento para la adicción al trabajo que escarban en aspectos como los citados anteriormente, deberían ser las empresas las que fomenten mejoras desde una perspectiva psico-bio-social. Por supuesto, el manejo del stress debería estar allí como premisa, así como la eliminación de adicciones y la recomendación de métodos saludables de vida.

Sonará idealista, pero los Gobiernos podrían ayudar en el fomento de estas alternativas. Por ahora no lo hacen porque las prioridades inmediatas (economía, delincuencia…) consumen el mayor porcentaje de los presupuestos estatales y esto suena a problema de cada individuo. Pero este es un caso de salud mental generalizado que más pronto que tarde incidirá directamente sobre la economía, la educación y otros focos inmediatos de atención.

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